Del puño al diafragma: La dama de las camelias y La Traviata

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Rubí_ Perfil Casi literal

El pasado 30 de septiembre se reunieron en el salón principal del Teatro Miguel Ángel Asturias, la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Nacional, su coro de solistas y solistas invitados, para interpretar la famosa ópera del compositor italiano Gioacchino Rossini: El barbero de Sevilla. Personalmente, ser parte del  público fue una experiencia excepcional y placentera: sopranos, barítonos, bajos y tenores jóvenes, músicos de todas las edades en la orquesta y un largo y positivo etcétera.

La función me refrescó algún que otro principio necesario para el goce estético del bel canto y de la literatura juntos; la voluptuosidad que el arte de la ópera regala a su público raya en el límite de lo indescriptible y para quienes vamos más allá de las pasiones melómanas, recordamos una extensa lista de novelas adaptadas al rigor del solfeo.

Con varios títulos en mente  advertí cómo, en ocasiones, algunos lectores perseguimos a la novela del  Romanticismo y/o Realismo francés o ruso, que ha sido históricamente propicia para la escena operática. Acerquémonos a un ejemplo: La dama de las camelias que escribió a medio siglo XIX Alejandro Dumas hijo. Novela con el potencial de sembrar instintos suicidas en más de algún enamorado desahuciado.

Inspirada en la joven cortesana Rose Alphonsine Plessis (Marie), seducida y amada por el mismo Dumas, La dama de las camelias tiene un argumento ligero y un tanto autobiográfico: el burgués Armand Duval y la cortesana Marguerite Gautier personalizan dos condiciones sociales desiguales con el amor como único denominador común tal como sucede también con Dumas y Marie. Dos idilios rotos por una peste mayor que la tuberculosis que sufrió en vida la cortesana de Alejandro: la de los prejuicios propios del escenario social coyuntural. Esta dama sacudió corazones y la novela tuvo tal éxito que Dumas decidió adaptarla al teatro.

Debido a que el arte es la sucesión de las pasiones en distintas vías de expresión, Giuseppe Verdi no tardó en cautivarse con la tragedia que envolvió a los personajes de La dama de las camelias y compuso la partitura de la ópera de tres actos La Traviata. Una pieza maestra que trata de la desventura Alfredo Germont y Violetta Valery: enamorados que padecen de los mismos males que Armand y Marguerite. Mismas acciones, mismos escenarios e incluso misma psicología de la mayoría de los personajes, con un que otro chispazo único de cada lado debido a la naturaleza necesariamente divorciada de cada arte.

Existen demasiados títulos que encajan tanto en la literatura como en la ópera. Pese a ello, no se puede esperar la misma reacción del espectador/lector de la una frente a la otra; solo se puede gozar de ambas sin hermanarlas innecesariamente. Una verdad a secas es la innegable necesidad que tiene el arte de no pertenecerse a sí mismo. Su correspondencia consiste en la germinación de una obra inspirada por una que la emula y la precede. La reafirmación es la aceptación de quien escucha, observa y lee porque es a dónde estas dos artes se dirigen como fin y no como medio; un deleite al que muchos estamos dispuestos. El caso de la novela de Dumas que propició para Verdi una ópera de renombre a nivel mundial, incluso sin llevar el mismo título —detalle que pudo ser el motivo principal del reconocimiento tanto de una como de la otra— es una de muchas muestras de la inmanencia artística.

Leer a Marguerite es leer la palma de su mano; sentir el cuerpo desnudo de una cortesana con necesidades tanto monetarias como sensuales. Escuchar a Violetta es escuchar a la enajenación misma en notas que rasgan el cielo, el descaro y los furores propios de una mujer cuyo cuerpo decide sobre su razón. Ya sea leyendo o escuchando, no puede negarse el goce supremo que se apropia de los sentidos con cualquiera de estas dos piezas magníficas que nos regalaron Verdi y Dumas.

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?


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