Augusto Monterroso o el estilista encantador


Alfonso Guido_ Perfil Casi literalAlguien dijo una vez —si fue Voltaire y si fue exactamente así, no lo recuerdo— que el primero que habló de la rosa es un genio, mientras que el segundo que habló de la rosa es un idiota. Este es un ejemplo metafórico que se puede aplicar perfectamente a Augusto Monterroso y a la marea de imitadores —algunos más confesos que otros— que han aparecido por ahí a lo largo de los años queriendo copiar su estilo de relato brevísimo. Se dice, incluso, que hubo un tipo demasiado osado que con un «—¿Olvida algo? —Ojalá», o algo así, quiso destronar al Dinosaurio como el relato más breve de la literatura universal. Pero una prueba de lo que decía Voltaire está precisamente en que yo no tengo ni la menor idea del nombre de este Fulano, ni de su obra, ni de dónde es, ni nada por el estilo que tenga que ver con él (y seguramente muchos de ustedes tampoco); sin embargo, por supuesto que sé quién fue Augusto Monterroso (y seguramente muchos de ustedes también).

¿Quién de los que conozca la obra literaria de Monterroso no se habrá llegado a sentir tentado de imitarlo más de alguna vez? Si su obra se pudiera resumir en una sola palabra, esta a mi parecer no sería tanto brevedad, sino más bien simplicidad; condición que, sin embargo, no le quita profundidad, genialidad y sobre todo belleza. El reconocimiento y fama universal de este autor centroamericano nacido en Tegucigalpa pero de nacionalidad guatemalteca radica sobre todo en su cuentística breve o «brevísima», pero lo que seguramente muchos desconocen de él es su faceta como ensayista, en la cual posee, a mi parecer, la estilística más encantadora que existe dentro de este género.

Con la consonancia que tiene Augusto Monterroso en las letras hispanoamericanas, pareciera mentira que su obra sea tan breve como sus relatos. Desde 1959, año en que publicó su primer libro, hasta su muerte en 2003, produjo más o menos una decena de libros, un promedio aproximado de una obra por cada cuatro años y medio, y de los cuales la mayoría a duras penas supera las cien páginas. Monterroso quizá sea junto a Juan Rulfo el escritor hispanoamericano del siglo XX con más trascendencia universal a pesar de la brevedad de su obra reunida. De ella se desprenden los libros de ensayo Movimiento perpetuo (1972), La palabra mágica (1983), La letra e (1987) y La vaca (1998); por mencionar no algunos, sino casi todos y en los que suele alternar, según sus propias palabras, «cuentos que parecen ensayos y ensayos que parecen cuentos»; como quien sin querer queriendo coloca una trampita a la astucia del lector por aquí y otra por allá; pero acaso sea eso lo que tenga que ver con la naturalidad de su encanto.

Los ensayos monterrosinos son una esperanzadora y feliz bofetada al concepto técnico y riguroso de ensayo que muchos odiamos a lo largo de nuestra vida académica. Adentrarse en ellos es una iniciación en la rebeldía y en el quebranto de las reglas y de las formas cuadradas y tediosas, pero sobre todo, es dejarse sorprender por toda la erudición que se conjetura a partir de una digresión, de la ingenuidad, de un hecho cómico y hasta de la inseguridad de su propio autor: todo esto concentrado en un juego de suspicacia y de ida y vuelta, entre el autor y el lector, por determinar quién de los dos resulta siendo más astuto que el otro.

Los ensayos de Augusto Monterroso son una exaltación a la belleza que se esconde detrás de toda simplicidad. Una invitación perpetua a seguir leyendo y releyendo. Un enorme pesar de que duren tan poco y se terminen apenas pasadas las cien páginas.

Pero ¿qué es un ensayo para Augusto Monterroso?

…ni una tesis científica ni ninguna investigación encaminada a demostrar algo con lo que su autor accederá a tal o cual grado académico; o de aclaraciones, para dejar bien establecido que se trata de un género literario y no de simples intentos (…) Ensayo, sabe usted, es un texto más o menos breve, muy libre, de preferencia en primera persona, sobre cualquier cosa o acerca de equis costumbre o extravagancia de uno mismo o de los demás, escrito en todo aparentemente serio pero idealmente en un vago y ligero humor y, de ser posible, en forma irónica, y preferible si autoirónca, sin el menor afán de afirmar nada concluyente; y si de lo expresado en él se desprende cierta melancolía o determinado escepticismo respecto del destino humano; y si una digresión se desliza aquí o allá, mejor que mejor, pues la libertad de pasar de un punto a otro sin excusas ni rebuscamientos, y de hasta interrumpirse y olvidarse (o hacer como que uno se olvida) de por dónde va, puede ser lo que venga a dar al ensayo ese encanto parecido al que se desprende de una conversación inteligente; recurriendo a citas falsas, verdaderas o equivocadas, o invocando a amigos o a señoras de sociedad que puedan existir en la realidad o no; o declarando incapacidades auténticas o fingidas; y por lo común escrito con un estilo perfecto pero que no se note o incluso que hasta parezca descuidado, o redactado por alguien que está más preocupado por otros asuntos, como quien lo hace para cumplir un requisito que no puede eludir.

Entre los libros que no mencioné más arriba existe uno póstumo, nunca vuelto a reeditar y difícil de conseguir, titulado Literatura y vida (2003); que a su vez contiene un texto titulado «Cervantes ensayista», del cual extraje el fragmento anterior. Algunos coincidirán conmigo que se trata de la definición de ensayo más deschavetada que existe en todo el universo, pero a su vez la más honesta y de simplicidad perfecta: contiene toda la sublimidad y belleza que jamás tendrá ninguna teoría de la literatura.

Y para quienes difieran conmigo y no les parezca más que una tomadera de pelo al lector —sí; de esas nada raras en Monterroso—, cuanto menos no les dejará de parecer curioso que es una definición concebida por el mismo hombre que un día cruzó la frontera entre Guatemala y México hacia la incertidumbre del exilio, pero llevando consigo bajo el brazo, como única pertenencia y como quien se aferrase a lo más valioso de su vida, los ensayos completos de Montaigne.

Y ¿una foto de la familia? ¿Un cepillo de dientes? ¿Las fábulas de Esopo? ¿Algún papelito con la dirección a la que iría a parar? ¿La sospecha de haber tenido a un dinosaurio como mascota en una vida anterior? No. Solamente los ensayos de Montaigne.

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