Obsesión por una vejez anticipada


Elizabeth Jiménez Núñez_ perfil Casi literalTengo la impresión de que mi vejez acelerada es el conjunto de obsesiones amplificadas y anticipadas con las que mi memoria desea repasar las escenas más emblemáticas de mi vida. Lo cierto es que a través mi vejez anticipada las rutinas me han ayudado a sentirme medianamente equilibrada y, aun cuando regularmente olvido citas, reuniones y compromisos, no se me va ni por un segundo el llamado ulterior de mi conciencia de ponerle agua a mis plantas. Eso me da la calma de saber que mi memoria es selectiva y mi vejez lo sabe.

También es cierto que después de los años de encierro, lo que más anhelaba mi estomago era precisamente una buena experiencia gastronómica. Para ser franca yo soñaba con estar bien sentada en el mercado de Coyoacán comiendo chilaquiles en salsa verde con cerveza, y quizá también soñaba con cruzar mis manos en un ademán característico de aquellos individuos que visitamos museos cuando ciertas paradas estratégicas nos obligan a hacer ese descanso involuntario. Una especie de mercadito laberintico centroamericano.

No había estado tan presente en mí la connotación del paso de mi tiempo, quizá porque la vida durante la década de mis treinta me dio a mis cuatro hijos: dos biológicos y dos de tinta y papel. Y recordar esos partos no solo es motivo de alegría, sino también de dolor; el dolor de lo que nace con fuerza y desgarra el universo cual se había imaginado.

Pero volvamos a los caminos de la vejez, a las piyamas rotas y suaves con las que la vida me ha hecho inmensamente elegante en la comodidad de mi casa, y a veces en un silencio sepulcral al que llego con absoluta parsimonia y un té de manzanilla para sentirme agradecida. La vejez me ha llevado a usar anteojos para ver de cerca, a preguntarle a mi hijo cómo cerrar una aplicación en un teléfono que no logro dominar al cien por ciento aun cuando tengo ya un año de haberlo comprado y a rechazar categóricamente el ruido de cierta gente que se empeña en vivir con la sensación agridulce de lo que siempre estará más mal que bien. Y no es que la vejez anticipada me haya convertido en un ser optimista, pero sin duda me ha permitido entender que la brevedad apura a la vida plena.

Entonces mi vejez anticipada me mueve y me traslada a la añoranza, a la torta de huevo con queso que me hace mi madre; pero, sobre todo, a esas conversaciones largas en las que ambas recordamos detalles insignificantes que nos permiten matar el tiempo y curarnos con algunas ironías, donde sin duda me siento dichosa al tenerla todavía a mi lado para preguntarle cualquier cosa, solo para oír su voz y saber que ella es capaz de aclarar mis dudas y dejarme cierta tranquilidad en el pecho.

Massimo Bottura & amigos, en el libro El pan es oro, cuenta: «Todas las mañanas, a la hora del desayuno, mis hermanos y yo nos peleábamos por los trozos de pan que habían sobrado el día anterior y los mojábamos con leche caliente y una gota de café». A ese invento lo llamaban zuppa di latte (sopa de leche). Massimo prefería rallar el pan sobre el tazón con la ayuda de su madre y le añadía después azúcar a cucharadas hasta que ella gritaba: «¡Massimo! ¡No te eches más azúcar!» A la madre le encantaba contar esa historia a todo el mundo. Al final, añadía: «¡Y míralo ahora, un cocinero famoso!»

Cuando la madre de Massimo murió, los innumerables tazones de sopa que había devorado por las mañanas se habían convertido en una obsesión. ¿Cómo podía transformar un recuerdo en algo tangible, comestible y, sobre todo, emotivo?

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