Jubilación fallida


Alfonso Guido_ Perfil Casi literalLa vida se va —casi literal— en un abrir y cerrar de ojos.

Un día somos, al siguiente dejamos de ser; y al siguiente ya ni somos ni seremos porque simplemente dejamos de estar. Y cuando ya no estemos también llegará el día en que nadie nos recordará. Nuestros idealismos, nuestra fe, nuestros heroísmos, nuestras virtudes, nuestra moral intachable… todo eso es tan efímero como la sospecha de haber alcanzado la felicidad absoluta. Hagamos lo que hagamos, no hay dios o inmortalidad que nos pueda salvar del olvido.

Todo lo bueno termina tarde o temprano. Y puede acabar de forma larga y agónica pero sutilmente anunciada; o bien, de golpe y sin tiempo siquiera para decir adiós. En lo que nunca estaremos de acuerdo es en decidir cuál de estas dos formas es la mejor.

Para nadie es un secreto —a menos que uno sea editor de una revista cultural y viva durante muchos años al final de una hermosa avenida, felizmente ignorante de lo que sucede fuera de ella, y su única ventana al mundo sean los artículos que edita a diario— que la palabra escrita, sobre todo en Internet, está agonizando lentamente. Más aún si se trata de un discurso que no es desechable ni sensacionalista como ese que solo se cuelga de la tendencia del momento en Twitter en busca de quince minutos de fama para luego morir.

Si ya pensábamos que Facebook era un falso, mercenario y traidor amigo, e Instagram un enemigo público declarado, el auge mediático de Tiktok, sobre todo desde el inicio de la pandemia de COVID-19, podría considerarse el principio del fin para los textos impresos y digitales que se escriben y publican en revistas como (Casi) literal, en las que ante todo prevalecen la autenticidad de ideas (antes que la repetición del discurso de moda), la curaduría del contenido (antes que el titular clickbait y sensacionalista), la autofinanciación (antes que la prostitución de la palabra escrita), el editor que muchas veces no concordará con las opiniones de sus autores (antes que la censura). Si puedo afirmar esto con autoridad es porque en (Casi) literal he editado y publicado 2,172 artículos de 50 autores a lo largo de una década.

Por lo tanto, no resulta raro que revistas como esta —sin presupuesto para producir multimedia, sin patrocinios que imponen líneas editoriales excluyentes y en medio de la peor crisis de la palabra escrita desde que existe Internet— mueran de golpe o paulatinamente, pero sin que muchos se den cuenta de ello, jubilando así a su editor y a las personas que están detrás de ella. Eso fue lo que pensé que estaba pasando con (Casi) literal porque, como dije antes, todo lo bueno termina.

Sin embargo, nunca han faltado las personas que no nos dejan morir: los autores para quienes esta revista se ha convertido en algo más que un hogar, los treinta y pico escritores mensuales de España y todo el continente americano que se postulan para ser columnistas —aunque la invitación diga claramente que solo aplica para autores centroamericanos— y, sobre todo, los lectores fieles que se extrañan cuando ven que el último artículo tiene más de una semana de antigüedad y nos escriben preguntando a dónde diablos nos fuimos.

Para que todos ellos nunca falten es porque algo hemos de estar haciendo bien. Y son la razón por la que hoy se me hace muy difícil jubilarme de (Casi) literal a pesar de que nada sea para siempre.

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