Pequeña crónica de China (I)_ Casi literal

Pequeña crónica de China (I)


Por EDUARDO VILLALOBOS | NO NAME

«Lo primero que conocí de China fue la amabilidad y la honradez de su gente. Y eso en un mundo despiadado y lleno de frivolidad es ya una bandera, un tintineo en la luz, una obstinada veleta en la sombra».


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Eduardo Villalobos_ perfil Casi literalCreo que fue Frank Lloyd Wright el que prefiguró los riesgos de una humanidad viviendo en inmensas colmenas. Pienso en él, en su casa de Chicago en Oak Park, pero sobre todo en aquel edificio de 528 plantas y 1600 metros de altura que jamás llegó a construir a pesar de sus sueños, mientras observo la interminable sucesión de enormes bloques de apartamentos en la madrugada de Xi´an. Entre la niebla se asoman como monolitos gigantescos que parecen temblar en su inmovilidad prodigiosa.

El taxista no habla inglés, así que todas las dudas que en otro caso expondría deben morir mientras nacen. Me detengo en la lluvia intermitente, en los ciudadanos que a esa hora comienzan a salir, supongo que hacia sus trabajos. Es sábado y esa esperanza que aporta el fin de semana incipiente se nota en el tenue frenesí de las aceras, en la sonrisa menos amarga en las ventanas.

Lo confirmo dos horas después, cuando salimos de la boca del metro en la estación de Xiaozhai y nos enfrentamos a un complejo de tiendas muy oriental, pero que a esa hora aún está vacío. Pronto encontramos una callecita llena de comedores y le digo a Karla con un aire de extrema solemnidad: «Es hora de nuestro primer desayuno en China».

Buscamos un local que nos llame la atención. Entre los signos que no podemos descifrar y las fotografías de comidas que tampoco sabemos descifrar, elegimos un sitio donde se congregan bastantes parroquianos. Nos dan las cartas, sin ningún signo reconocible. Veo a una pareja que conversa muy animada en una esquina. La muchacha está comiendo unos baos. Coloco la palabra cerdo en el traductor de mi celular y señalo a la pareja que nos mira con mucha curiosidad. Voy al refrigerador y apunto hacia dos refrescos que parecen de naranja. Regreso con Karla y le digo que asunto arreglado.

Pronto llega la sonriente mesera con los baos y una suculenta sopa que no he pedido. Me doy cuenta de que el muchacho de la pareja que antes he señalado está degustando una igual. Como he llegado con el propósito de probarlo todo no digo nada, hasta que me acerco al potaje. No paso de ahí puesto que expele un olor que me produce una intensa reacción. Parece contener alguna especie de cecina con un aroma penetrante que no sé cómo describir. Así que mi primera intención en China ha quedado truncada en el primer intento. Me sentía aventurero con la comida y miren ustedes cómo he quedado. Tomo un bao y está exquisito. Una de dos, me digo, como sucede con la suerte.

La gente nos ve comer, parece divertirse con nosotros. Antes de pedir la cuenta voy al baño. Abro la puerta y solo hay un agujero en el suelo y un niño de unos ocho años acuclillado con el desdén de un acróbata. Cierro enseguida y espero mientras me digo un tanto preocupado: si así son todos los baños en China, ¿cómo voy a hacer para no tener algún lamentable accidente? Quienes me conocen saben muy bien que lo mío no es la acrobacia.

Sale el niño y entro yo en el baño. Afortunadamente no tengo una necesidad mayor. Me acerco al agujero y cuando pienso que probablemente tenga que balancearme alguna vez sobre uno semejante me asalta un claro vértigo. Lo mío, ya lo decía, no es el equilibrio calculado y armónico. Cuando salgo, el niño me espera con varios amiguitos con los que ha estado comiendo. Lo acompaña una señora que me enseña los dientes. Me señala su teléfono para indicarme que desea tomarme una foto. De pronto, sin que haya dado mi consentimiento, me rodean los niños, muy orondos. Por alguna razón que desconozco les parezco interesante. Sonrío y comprendo mientras varios clics se suceden frente a nosotros.

A la hora de pagar descubro que no nos han cobrado la sopa. Agradecemos y salimos de ahí, entre azorados y expectantes. Los niños nos dicen adiós con la mano. Nos dirigimos hacia una pagoda construida en el siglo VIII mientras los últimos rescoldos de la lluvia nos refrescan el rostro. De la pagoda hablaré después, pero antes quiero decir que lo primero que conocí de China fue la amabilidad y la honradez de su gente. Y eso en un mundo despiadado y lleno de frivolidad es ya una bandera, un tintineo en la luz, una obstinada veleta en la sombra.

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