Tres libros de poemas para comenzar el año (III): Mirad hacia Domsaar, de Leónidas Lamborghini

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Carlos_ Perfil Casi literal

“Mirad hacia Domsaar” te pide Leónidas Lamborghini, para que tu mirada cree ese universo enrarecido construido con la violencia de tus ojos. Una mirada que crea un paisaje desolado y ruinoso; un viaje a través de un desierto calcinado por un sol parpadeante, que modula su intensidad, que pareciera apagarse por momentos y luego alumbrar con fuerzas, al igual que los signos vitales de Pijg, el viajero que atraviesa en la camilla en la que morirá, un camino que construye conforme va avanzando, acompañado de su esposa y de su amante. Las dos lo odian, pero lo aman a pesar de que el amor se haya convertido ya en ritual. En la contemplación y el registro de los signos vitales de Pijg que viajan en los monitores con él.

Intuyes ese lugar polvoriento en el que las personas se vuelven estatuas y las estatuas han sido derribadas desde hace mucho, muchísimo tiempo. Ese lugar que ante tus ojos parece desierto, en realidad ha sido el escenario de una enorme catástrofe: mucha gente se ha dado cuenta de que el lugar había muerto y lo ha abandonado. Y un grupo de sobrevivientes lo atraviesan obligados por la inminente muerte de Pijg “el gigantón que agoniza, que se nos muere, que se nos va y no se nos va” y es en este movimiento ondulatorio entre la vida y la muerte que se construye el libro.

Aparecen también esquinas, calles, casas. Un herrero decrépito y sin fuego es el único habitante de Domsaar que mira el desfile penoso. Te sorprendes ante las creaciones de la fuerza de tu propia mirada y de repente dudas si Pijg es una bestia demasiado humana o un humano que muere, capado, bestializado, zoomorfizado. Y su esposa y su amante velan sin amor el fin de su lamentable virilidad. Porque no puede haber amor cuando el sol calcina los cráneos y la sed doblega las conciencias. Porque no puede existir el amor mientras estén los monitores mostrando los signos vitales oscilantes de Pijg, igual que el sol que quema a Domsaar. Porque Domsaar es un (no) lugar seco, árido, estólido. Porque “Mucha agua ha corrido y, quizás, ha de seguir y seguirá / corriendo bajo los puentes / pero este paraje está / seco”, como el corazón de Mata, la esposa sureña de Pijg que anota los signos vitales que únicamente ella sabe interpretar para decir si está vivo o muerto.

También intuyes el odio, el rencor de los viajeros. Sus miradas acusatorias, hostiles, completamente despojadas del menor trazo de humanidad, y el miedo que nos inspiran esas miradas nos quita el sueño. Nos hace cerrar el libro, interrumpir la lectura para sentir dentro de nosotros esa triste desazón, ese desastre de acontecimientos que acompaña el viaje de Pijg hacia su muerte, hacia su vida. Intuimos esa tremenda hostilidad de la mirada porque en el libro es la mirada lo más importante, es capaz de crear, pero prefiere destruir. Es capaz de amar, pero prefiere despotricar en insultos y acusaciones. Tú de alguna manera estás destruido, medroso. Piensas, ¿qué piensas? Piensas que es un enorme libro. Pero que sería difícil leerlo de nuevo porque de alguna forma se trata de un libro que da miedo. Que apela a una parte de ti de la que no estás del todo orgulloso. A pesar de que Domsaar sea un “paraje que existe / en la medida que no existe / que es / en la medida que no es”, tú sabes bien dónde puedes encontrarlo. Basta ver a tu alrededor o cerrar los ojos. Ahí está. Estás viéndolo de nuevo.

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