Gran angular (X)

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Blanca la miseria

blanca la tristeza

blanca la sombra cubre Albuquerque

como una mancha en el pecho de un gato negro.

En el desierto la arenilla trae minúsculos granitos como pensamientos distantes que se arremolinan en el estanque. Managua es una silueta de polvo melado y en el pensamiento sus límites y posibilidades cambian a cada instante. Una quisiera retenerla en un solo ángulo pero se escurre al pasar las horas. El movimiento no es sólo real en la materia, sino en el plano de la abstracción.

La vivencia de la otra que se despega de sus raíces y aspira un aire nuevo de montaña incomoda al principio. El apego al presente es imposible por su constante movimiento. Cuando el avión sobrevuela el Xolotlán de noche y la ciudad reluce en su austeridad. Luego cada una de esas luces se agranda, pisas tierra y el vaho de un calor conocido te envuelve. La sensación de regreso queda en la memoria del cuerpo. La sensación de llegar a otro lugar, desconocido, como un niño que percibe el mundo además con su ser completo. Y lo que llamamos mundo nos va pinchando y una responde o pinchamos al mundo y él nos responde. En esa compleja tensión de fuerzas magnéticas van nuestros pasos.

Los afiches callejeros de Albuquerque en las paredes de calles pandilleriles entremezclados con el aliento de Bless me, Ultima; las infinitas últimas como cascada de río susurrando un pasado nostálgico.

Y en la memoria una fotografía de mi tierra se me incrusta. Aquel joven escritor que se toma una foto  vistiendo una bufanda, una boina y una chaqueta a 40 grados Celsius en Managua. La joven artista que piensa que “padecer una enfermedad” la hace más artista, no cree en la ética y eso le parece la panacea y vende una estética del mundo rebuscada en el insomnio de los bares. El que piensa que escribir es cabildear los escaños y la mentira piadosa del hablador que, utilizando las arteras trampas del lenguaje, es capaz de confundir. El joven violento y abusador que necesita le recuerden su oficio porque ni él mismo se lo cree. El joven lector que no ve más allá de las páginas y cree que leerlas es reproducirlas. No cuestiona, acepta sumiso porque para él está escrito en piedra. Estos y estas que ante cualquier acento extranjero (oral o escrito) se derrumban, se intimidan, como si el sol y el agua del trapecio irregular y el oxígeno de su vegetación virgen en su verdor, verdor que cultivara su forma y fondo, no valiera nada. La joven señora, el joven señor que al verse en el exilio huyen de su origen y se camuflan eliminando el sello distintivo, indisoluble, indeleble de su raíz. De la que deberían preciarse aún ante el dominio de las bestias que despojadas de todo balance consumen la sangre del país. Los que regresan y engañan. Los que niegan las ramas, las dispersiones, las múltiples hebras como tejidos de nervios que constituyen una raíz. La metáfora del árbol con su ápice de realidad. Prefieren partirse en trozos, en diminutos trozos, se desintegran, se niegan. Ante esta foto que se mueve entre realidad y pesadilla, tan cerca la una de la otra y tan distante. Como quien mira la caricatura de unos pequeños deformados que ante la mordida del deseo (extraño deseo) sucumbieron. En tiempos donde la única guerra es sobrevivir. Qué sería sobrevivir para unos y otros. Por qué. Me preguntaba dónde cabría esta foto. En qué álbum. En qué cabeza moldeada por las enceguecedoras luces de quien no sabe anclar o elevarlas cuando los cinco sentidos en armonía se preparan para descender a su centro de gravedad. Tanta sería su impotencia, quizá. Pero el despertar en tierra extraña, ver la comunidad con sus pros y sus contras, con sus cumbres y descensos, con sus altibajos, con sus oasis, propiciaba un sentido más. Tal como se construye una idea sobre otra, si habría de defender algo, sería sin dudas, la legitimidad.

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