La muerte nos enseña a vivir


Michelle Juárez_ Casi literal¡Qué cansado es vivir! ¿No les parece? Entre estertores de muerte transcurren los latidos, la respiración, los calambres, los hormigueos, los duermevelas y desvelos, los malestares y también los bienestares, los… las… les…

Confieso que a veces me hastía vivir y me hastía que tantos vivan. Cuesta manejar el sinsentido de tanta porquería aventada en el vertedero de la conciencia, esa voz tecnicolor que limita los deliciosos impulsos maquiavélicos de mandar todo y a todos a la mierda.

Algunas madrugadas me han sorprendido preguntándome para qué tanta parafernalia ecologista, humanista, moralista, socialista, progresista, positivista y optimista. A veces nos cansamos de tragarnos la mentira de la vida que solo se convierte en verdad a través de los ojos de la muerte.

¿Para qué luchar por ideales? ¿Qué pretendemos al jugar a los dioses irreverentes que, cada cierto manojo de milenios, resetean el miserable remanente de lo que sobrevivió al experimento de especie que somos? Es decir, ¿realmente vale la pena? No sé y creo que ya no me importa averiguarlo. ¿Por qué el afán por lograr qué? ¿En qué momento nos creímos trascendentes? Es una expresión de absoluta arrogancia darnos aires de hegemónicos, y me chocan los arrogantes. Me chocan los demócratas. Me chocan los aristócratas. Me chocan los tecnócratas. Me chocan los burócratas.

Me fastidia la ironía existencial de buscarle sentido a todo y encontrarlo solo para buscar otro sentido que encontrar. Incluso este ejercicio es cínico porque en esencia estoy haciendo lo que odio hacer: buscar razones.

Divaguemos eternamente hasta que la muerte nos escupa a la cara cuán trágica y cruel puede ser la vida que te obliga a ser testigo de la enfermedad, la locura, la violencia, la ambición, la traición y el reggaetón.

Esas ideas te ahogan hasta cuando descubres vidas apenas emergiendo que prematuramente se rinden y buscan la forma de encontrar alivio en la muerte. Entonces de nuevo corre sangre por tus venas, tu corazón se arruga apesadumbrado y otras preguntas empujan a las reflexiones berrinchudas. ¿Qué derecho tengo de negarme el privilegio que otros no tienen? ¿Por qué no dejo de sentir lástima por respirar y hago algo para que este espacio que ocupo valga en algo la pena?

Dicen que vivir por otros no es vivir y que sentir para otros no es sentir, pero me aferro a la idea de que a través de mi ínfima existencia puedo rendir homenaje a los seres cuya muerte me enseña a vivir.

En memoria de los jóvenes suicidas.

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