Don Alberto Arévalo y el infinito


Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalRecorriendo el interminable pasillo verde del cementerio mientras el sol brillaba con armonía encima de los mausoleos, apenas tuve tiempo de decirle adiós a mi abuelo. Una sensación extraña se apoderó de alguna manera de mí, como si estuviera flotando entre la paz y el limbo. A las personas nos cuestan mucho los absolutos porque no están dentro de nuestra naturaleza. De esa manera la absoluta felicidad o la absoluta calma, la paz, la muerte, decir adiós para siempre. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar ante los absolutos.

Por ello cuando el enterrador dijo «se van a despedir» las palabras se me aglomeraron entre la mente y la garganta, pero no lograron salir. Quería decirle tantas cosas; tantas, de una manera tan determinada, que me quedé callada. Hoy se las digo por aquí para que él sepa, donde quiera que esté, que haberlo encontrado en esta vida fue un regalo.

Siempre que iba a su casa mi abuelo hablaba de Dios y del infinito. «Todos somos Dios», me decía y yo no entendía. ¿Qué iba a entender yo a los quince años? Hasta que el año pasado, más de quince años después, encontré un escrito de Jorge Luis Borges llamado «La esfera de Pascal» (1951). En él, Borges hace un pequeño recorrido que une la concepción de Dios y del universo desde los clásicos hasta Pascal. Entonces el autor, con cierta sorna, reconoce que existen «unas cuantas metáforas en la historia universal».

Lo que más llamó mi atención fue la concepción de infinito que encontré por todos lados en el texto de Borges, o sea, ese infinito del que tanto hablaba mi abuelo cuando lo visitaba. Pero fue cuando leí la cita de Giordano Bruno —el astrónomo y teólogo que superó las teorías de Copérnico al establecer que el sol solo era una estrella— que algo hizo verdaderamente clic en mí. Bruno proclamó en su obra Cena de las cenizas que «el mundo es en efecto infinito de una causa infinita y la divinidad está cerca, pues está dentro de nosotros más aún de lo que nosotros estamos dentro de nosotros mismos».

Cuando terminé de leer lo anterior instantáneamente pensé en todas esas cosas que oía cuando era niña. Pensé en el tiempo, pensé en que, como dice Cortázar, una mente filosófica no puede dejarse de cuestionar la existencia del tiempo. ¿Qué es el tiempo? ¿Somos en efecto parte de una causa infinita?

Mientras introducían a mi abuelo a su lugar de descanso no hace ni diez días solo podía sentir agradecimiento por haberme permitido ver el tiempo de otra manera. Por haberme enseñado a creer en el infinito. Por haberme dicho que somos más de lo que creemos que somos en realidad. Mi abuelo me enseñó a cuestionarme que la vida no es la linealidad que dicta el reloj, y por el contrario, tiene el orden que tiene el mundo cuando soñamos. Por ello, la verdadera ilusión es el almanaque, los días de la semana y el compás.

Mi abuelo Alberto supo lo que también supieron otros pensadores en la antigüedad: que verdaderamente somos parte de un plan infinito, que todo está conectado y que es un error disociar ciencia, tiempo, universo, Dios, hombre y mente. «Somos un todo».

Entonces sus enseñanzas me llevaron hasta mi tesis de maestría en donde me cuestiono el verdadero significado del tiempo en la literatura; porque muchas veces se piensa que todo lo que no parece temporalmente coherente es parte de algo fantástico, sin embargo, los seres humanos viajamos en el tiempo solo con distraernos diez segundos dentro del bus.

Mi búsqueda me llevó  incluso hasta la teoría del desdoblamiento del tiempo de un científico francés llamado Jean Pierre Garnier Malet. Este último descubrió y comprobó que el ser humano vive en dos tiempos al mismo tiempo: el tiempo real y el cuántico. Según Garnier, los pensamientos crean realidades potenciales que pueden ser recogidas por otros —porque los pensamientos no nos pertenecen—, un pensamiento entonces, según él, puede modificar la humanidad. De esta manera todos estamos conectados infinitamente, como una red, mientras convivimos con nuestro presente, pasado y futuro al mismo tiempo.

No sé si mi abuelo llegó a saber de la teoría científica de Garnier, pero estoy segura de que le habría fascinado tanto como a mí. La última vez que lo vi y le platiqué me dijo: «Fuiste la única que me entendió» y estaba encantado de hablar sobre el tiempo, sobre Dios y sobre la divinidad que, según él, todos poseemos.

Ojalá tuviera más tiempo para contarle todo esto, pero estoy segura de que ya lo sabe porque ahora es parte de ese infinito al que iremos todos algún día.

Gracias por haberme encontrado en este tiempo y ser mi abuelo. Te amo.

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