Los que padecen de inmortalidad no se dicen adiós

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Sergio Castañeda_ Perfil Casi literalBorges, en su cuento “El inmortal”, reflexiona sobre la condición humana desde el patetismo del miedo al vernos mortales y diminutos dentro del caos de un universo en constante expansión y de igual forma nos lleva a la reflexión de la valorización de la existencia, de esa gran fortuna que guarda cada momento humano que es irrepetible.

Nos señala que aquellos que padecen de inmortalidad no tienen por qué despedirse de sus semejantes, pues a lo largo de su inacabable existencia se volverán a encontrar. Por el contrario, el ser humano, finito, pequeño y efímero reconoce que cada despedida puede tener un no-retorno; un nunca más volver a ver los ojos de esa persona, un nunca más volver a un lugar añorado y abrazar a aquel con quien tantas experiencias se han compartido. Pero esto, lejos de ser un constante martirio, es más bien lo que le da sentido y valor a cada uno de nuestros actos: la posibilidad de ser el último.

En el tercer mundo, donde volver a casa es casi un lujo, donde en cualquier esquina olvidada de cualquier barrio pueden terminar con nuestra existencia, se maximiza ese gran valor que tiene cada momento de la existencia humana. Habrá que posicionarnos desde la rebelión metafísica, jugárnosla ante una realidad que nos supera, reconocer las múltiples posibilidades que nos presenta el mundo y el infinito valor de cada instante, y así encaminarnos a agotar el campo de lo que nos es posible.

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