La bastarda: la universalidad de la literatura LGBTIQ


Javier Stanziola_ Perfil Casi literalHasta hace un par de años desconocía que el español era el idioma oficial de Guinea Ecuatorial. Igual admito mi sorpresa al estar en un zoompanel al inicio de la pandemia con un escritor de ese país y escuchar que su español fluía en una versión arrulladora del áspero acento ibérico de la mal llamada madre patria. Y no fue hasta enterarme del trabajo de Words Without Borders —que traduce al inglés a autores que ni los Alfaguara ni los Penguin Books de este mundo se atreven a publicar— que encontré la novela de Trifonia Melibea Obono, La bastarda. Esta organización tradujo uno de los capítulos de este texto hace ya más de cuatro años y de allí saltó a ser traducido por completo al inglés por Lawrence Schimel.

Lo que me atrajo originalmente de La bastarda fue la posibilidad de leer literatura en español de África con ese acento arrullador. Desafortunadamente el texto original no tiene el apoyo de distribución de una casa editorial como Planeta y fue imposible conseguirlo. La novela traducida al inglés sí cuenta con los canales necesarios de distribución y llegó a mis manos al ritmo de dos comandos de mi computadora. La traducción de Schimel no me regaló ese acento que deseaba escuchar, pero sí me abrió las puertas a un mundo que al principio creía desconocido.

La protagonista, Okomo, es «la bastarda sin madre» que vive en casa de su abuelo y sus dos esposas a principios del siglo XXI. Desde la primera página hasta su abrupto final la adolescente parece estar hipnotizada por una pregunta recurrente: ¿por qué me abandonó mi padre?

Al llegar a los dieciséis años, su familia comienza a hostigarla para que cumpla las obligaciones que le corresponden como mujer. Como su abuela, su madre y sus tías, ella debe maquillarse, sonreír, vestir faldas muy cortas y coquetear. Su meta es conseguir un esposo (o un hombre) que la mantenga y apoye económicamente a su abuela, quien tiene la prerrogativa de «beneficiarse del cuerpo» de la adolescente. Y mientras más joven comience, mejor; pues, después de todo, «¿qué es una mujer sin un hombre?»

El problema es que Okomo está enamorada de Dina, a la que conoció en medio de una de las tantas tragedias que enfrenta la protagonista y con la que termina teniendo sexo «por quince minutos”» en la selva junto a otras dos adolescentes. Por su parte, Marcelo —uno de los tíos de Okomo que es un «hombre-mujer» y vive con una trabajadora sexual— es marginalizado y castigado cruelmente por no cumplir su rol de hombre y en particular por no usar «su miembro» para preñar a una mujer cuyo esposo es infértil. De hecho, esta infertilidad, la sequía y la falta de peces en el río que enfrenta el pueblo son causadas, según el abuelo y la abuela de Okomo, por la irreverencia de Marcelo.

Al enterarse de que su nieta mantiene una relación con otra mujer (algo para lo cual la comunidad ni siquiera tiene un nombre, asegurándose de invisibilizar a las lesbianas), Okomo y Dina huyen a la selva con Marcelo y el resto de los sediciosos sexuales que transitan la novela. En este sexilio, ellos parecen encontrar un espacio donde pueden ser lo que son y cementar su puesto en el «club de la indecencia», como lo llaman en el pueblo. Fuera de la presión de la comunidad, los miembros de este club viven una economía de subsistencia donde los animales son tan valiosos como los humanos y no son usados para asados o fritangas.

A pesar de estar fuertemente basada en costumbres y vivencias de una comunidad rural en Guinea Ecuatorial, La bastarda es una novela sobre el podrido entramado que mantiene enfermas a todas nuestras sociedades. En la superficie, este texto de no más de cien páginas nos describe las vivencias de una adolescente en busca de su padre, pero en realidad nos hace confrontar crudamente cómo muchas de nuestras tradiciones y reglas, por muy sofisticadas que nos parezcan, están diseñadas para asegurarse de que las personas que menstrúan sigan pariendo y el resto podamos seguir consumiendo más de lo que necesitamos.

[Foto de portada: Joan Tussel para El País]

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