Historia personal del Güegüense


Diana Campos Ortiz_ perfil Casi literalColores, música; parlamentos en náhuatl, monedas que brillan con el sol, capas que se enfrentan al viento, sombreros rojos, máscaras de madera simulando españoles, mestizos o burros, pañuelos, instrumentos ancestrales, mujeres con vestidos, cajas con monedas. Enramadas bajo las cuales se reparten alimentos o chicha de jengibre. Generaciones que han recibido de sus ancestros la tradición: el Güegüense es una experiencia total que se vive con todos los sentidos.

La ciudad de Diriamba, ubicada en el Departamento de Carazo en el Pacífico nicaragüense, es conocida por ser la «cuna» del Güegüense, una reconocida expresión cultural de ese país. En esta ciudad, que fue fundada como un «Pueblo de indios» por los españoles en el siglo XVI, todos los años durante los meses de enero se celebra a San Sebastián, su santo patrono.

La devoción a San Sebastián, que se caracteriza por su originalidad, misticismo y vistosidad, da cuenta de la enorme diversidad y riqueza cultural ancestral de Diriamba. Se trata de una devoción mestiza y sincrética que incluye elementos con influencias indígena y española, así como de otras latitudes que conforman el crisol cultural de esta comunidad. El Güegüense refleja y celebra esa diversidad.

Así, cuando San Sebastián (ataviado de cintas de los promesantes) sale de su Basílica Menor en Diriamba, ya sea para visitar las comunidades vecinas o los barrios del pueblo, nunca sale solo. Lo acompañan siempre (y desde siempre) el Real Cabildo Indígena y los bailantes del Güegüense. Va con sonidos de tambor, violón, flauta, monedas y pasos rítmicos —muy rítmicos— sobre el pavimento, los adoquines o la tierra. Son los pasos de los bailantes sus guardianes.

Declarado Patrimonio de la Humanidad en 2005, el Güegüense es difícil de explicar: ha sido definido como un ejemplo de literatura indígena, como arte escénico (teatro indígena o baile), como obra musical, como expresión tradicional de la fe católica de esta comunidad e incluso como metáfora de la sátira de la cultura nicaragüense.

El Güegüense es todo esto al mismo tiempo: es ritual, teatro, dramaturgia, baile, música, procesión y devoción. Es, fundamentalmente, una expresión viva de la identidad de una comunidad que se ha desarrollado desde tiempos coloniales alrededor de la devoción a San Sebastián y que ha resistido el paso del tiempo, de los terremotos, de los huracanes, de las dictaduras y de las guerras.

El nombre Güegüense proviene del personaje principal de la obra de teatro que es interpretada en náhuatl (y cuyos parlamentos han pasado por la vía oral a través de generaciones), un personaje indígena que hace gala de su capacidad de mofarse de las autoridades españolas y que en la tradición popular nicaragüense ha sido muy celebrado, precisamente, por su astucia para salirse con la suya.

El Güegüense, que es devoción, teatro indígena, baile, ritual, fe y resistencia, es también para mí el legado de una mujer que no solo me invitó a recorrer bajo el sol de enero las calles de su pueblo en medio de las más lindas algarabías, sino que también me introdujo en algo mucho más significativo y enigmático: su corazón de guerrera, de casi madre y de pilar de esta familia rara, linda y transfronteriza a la que con orgullo y alegría pertenezco.

[Foto de portada: Selene Yang]

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