¿El final de las guerrillas en Latinoamérica?


Darío Jovel_ Perfil Casi literalEn la década de 1980 fue muy común la aparición de carros bomba o tiroteos en todo Perú llevados a cobo por Sendero Luminoso, una guerrilla que operaba mayormente en la selva, pero que realizaba sus mayores proezas en la zona metropolitana de Lima. Su líder, Abimael Guzmán, falleció el sábado 11 de septiembre. Llevaba casi 30 años de permanecer en una prisión de máxima seguridad luego de haber sido condenado por terrorismo.

Aquellos años «dorados» de Sendero Luminoso coincidieron con algunos años de diferencia con otras guerrillas que surgieron por toda América. Algunas, como la misma Sendero Luminoso, se dedicaron más realizar actos terroristas, pero sin llevar a su país a una guerra civil como tal. Caso contrario fueron las de naciones como Guatemala, El Salvador o Colombia, quizá la más mediática.

¿Qué fue de aquellos grupos? En algunos casos, como en Nicaragua, lograron llegar al poder (y ahí siguen); en otros, como en Uruguay, fueron derrotados, aunque varios de sus integrantes acabaron formando un partido político y ganaron la presidencia años más tarde. En otros no fueron victoriosos ni vencidos, como en El Salvador. Pero en todos los casos, a cuarenta años de su auge, en su esencia están desaparecidos, se volvieron una dictadura o solo se han convertido en una opción política más.

El día que publico este artículo Centroamérica cumple dos siglos de independencia y su experiencia particular con dichas organizaciones oscila entre la vergüenza y el terror. En Nicaragua, los mismos que reclutaban estudiantes para luchar contra una dictadura son los que ahora matan estudiantes que luchan contra otra dictadura; mientras que El Salvador ha vivido suficiente para ver cómo exguerrilleros salían marchar contra sus viejos comandantes quienes les dejaron en el abandono.

El sábado murió Abimael Guzmán y con él la última figura emblemática de las guerrillas de América Latina. Cuatro décadas han servido para enterrar poco a poco a ideas que decían ser inmortales. Una muestra de que, contrario a la creencia popular, las ideas sí mueren: las mata el tiempo, sobre todo cuando quienes las promulgan en el fondo no creen en ellas.

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