La batalla de Chalchuapa


Darío Jovel_ Perfil Casi literalEn abril de 1885, dentro del contexto de la «Intentona de Barrios», se llevó a cabo la batalla más grande jamás disputada en tierras centroamericanas: la batalla de Chalchuapa. El conflicto devino de un intento del por aquel entonces presidente de Guatemala, Justo Rufino Barrios (sí, el del billete de cinco quetzales) por «reunificar» a Centroamérica.

Para tal hazaña contaba con la aprobación del gobierno de Honduras, pero no con los de El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. No obstante, el 28 de febrero de 1885 se emitió un decreto que declaraba la creación de la nueva unión centroamericana, teniéndolo a él como máximo jefe militar y dando al resto de repúblicas la orden de enviar delegados para redactar una constitución y hacer gobierno común (pero siempre bajo su sombra). Ante la negativa de los tres países mencionados y con el apoyo de Honduras, Rufino Barrios se dispuso a llevar a cabo su empresa por la fuerza.

De esta peculiar anécdota —que como casi la totalidad de nuestra historia, ha sido enterrada— vemos que esa idea de la unión no dejaba de dar vueltas (con diferentes intenciones) por las cabezas de los políticos del siglo XIX y de los primeros años del XX. ¿Qué cosa cambió e hizo de aquello algo onírico y que hoy en día suene hasta absurdo? Quizá deberíamos preguntarnos si la pérdida de dicha causa es fruto de una evolución política, que se entiende, basada en las nuevas circunstancias; si dicha unión no posee el grado de importancia que algún día se le quiso dar, o si la extinción de esa idea solo es la muestra de una derrota histórica, una renuncia no formal a aquella visión regional de una unión política.

El caso es que las tropas de Barrios ingresaron en El Salvador y tuvieron una pequeña serie de victorias que parecían proyectarlo como ganador de la guerra. Previo a tales actos, el gobierno salvadoreño, presidido por Rafael Zaldívar, declaró que todo aquel que apoyase de cualquier forma a Guatemala sería un traidor y pagaría con la vida. Tal medida provocó que muchos acusaran al vecino que les caía mal de ser una especie de James Bond al servicio de Rufino Barrios y con ellos los correspondientes fusilamientos absurdos.

Pese a estas medidas, y contra todos los pronósticos, para el 2 de abril de 1885 el ejército salvadoreño, comandado por un par de oficiales alemanes traídos años antes para modernizar la institución, no solo había logrado reorganizarse e incluso ampliarse, sino que ese día se llevó a cabo la batalla de Chalchuapa, consiguiendo El Salvador un inesperado triunfo. La broma le costó la vida a unas 2 mil personas, entre ellas el propio Justo Rufino Barrios, y llevó a que unos meses después las cinco repúblicas celebraran en Honduras un acuerdo para el respeto a la soberanía de los respectivos estados.

La batalla de Chalchuapa, de forma medio milagrosa, está más o menos bien documentada. Todo aquel que sienta curiosidad por los detalles y su desarrollo tiene en internet material para su deleite. Pero en las pocas líneas que me quedan me gustaría volver a lo que mencionaba antes: ¿por qué tenemos este afán por olvidar nuestra historia? ¿De qué forma debemos leer los cambios en las corrientes e ideas políticas que lideraron la región? ¿Cómo debemos entenderlas? Quizá —si realmente se aspira un futuro donde el rumbo esté claro y los derechos humanos sean incuestionables e inalienables— podríamos empezar haciéndonos responsables de nuestra historia.

[Foto de portada: propiedad de Prensa Libre de Guatemala]

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