Reinaldo Arenas, Antes que anochezca y la cara oculta de un sistema


LeoCuba se ha ganado una imagen de pueblo revolucionario y militante que parece empañar la otra multitud de rostros que posee la isla. Hoy en día es imposible hablar de este país si no se relaciona con los barbudos revolucionarios que entraron triunfantes en la ciudad de La Habana en 1959, o con el socialismo, o con ese lenguaje tan característico hablado entre los camaradas y compañeros. Sin embargo, como cualquier otro país, la cubanía de hoy es el resultado de un sinfín de aristas que se han amalgamado gracias a la convergencia de distintos factores geográficos y culturales que solo se podrían formar en esta isla.

Aunque personalmente crea que una de las principales glorias de este país en su historia reciente fue la revolución a mediados del siglo XX, dado el significado ejemplar que esta tuvo para sus vecinos latinoamericanos y para el resto del mundo; y aunque personalmente reconozca que gracias a esta revolución Cuba goza hoy de un excelente sistema de salud, imparte una educación de calidad y produce una expresión cultural de primer orden; aun con todo esto, es imposible hacerse de la vista gorda ante dos aspectos que siguen causando resquemor entre sus ciudadanos: el primero de ellos, que Cuba está todavía muy lejos de ser el país que Thomas More pintó en su Utopía; y segundo, que como cualquier otro régimen, el socialismo castrista también tuvo su rostro negro y sus propios crímenes que hoy son motivo de vergüenza y que necesariamente deben salir a luz pública para ser juzgados por la historia.

Recientemente me ha dado por leer literatura de autores cubanos de los últimos 50 años porque entre sus líneas he podido comprender muchos de los entresijos que han construido la realidad cubana de hoy. Leer a Pedro Juan Gutiérrez con su Trilogía sucia de La Habana o los libros de Leonardo Padura ha sido revelador para mí. Sin embargo, y con toda la humildad del caso, reconozco que en este tema, todavía soy un neonato y quizá lo sea siempre; pues fue a finales del año pasado que cayó a mis manos la apasionante autobiografía de Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, un libro que tendría que ser fundamental para comenzar a deconstruir al mismo régimen que demostró que sí se podía mandar por el traste a la dictadura latinoamericana patrocinada por el Imperio. Decir esto ya es bastante.

El libro de Arenas tiene un valor que va más allá del drama personal de su autor. En palabras de Alfonso Guido, asiduo lector y editor de esta revista, se trata de «la mejor biografía que he leído en la vida». Y es que este relato es algo más que la historia de un escritor odiado por el régimen debido a sus ideas políticas y su orientación homosexual. Estos son tan solo aderezos que hacen de esta una historia interesante y apasionada. Sin embargo, el verdadero valor de Antes que anochezca estriba en demostrar que ningún régimen humano, por muy bien intencionado que sea, ha tenido sus propios crímenes, su propia suciedad, su propia bajeza, su propio estercolero. Negarlo, es darle la espalada a la mitad de la historia y pecar de inocencia ante una realidad que no puede más allá de lo blanco y lo negro. Pensar así solo nos puede llevar a una posición acrítica y, en extremo, fanática inaceptable.

Pretender ser ciudadano del mundo nos debería obligar a pasar por el tamiz de la crítica todos los hechos históricos, regímenes e ideologías, incluyendo aquellos por los que nos sintamos inclinados. Así funciona la dialéctica y no de otra manera.

Pero tampoco nos equivoquemos. Antes que anochezca es mucho más que un documento crítico. Es un relato muy bien hecho que no da tregua. En cuanto más se avanza entre sus páginas, más nos abstraemos de la realidad para sumergirnos en los abismos más íntimos de la vida del escritor.

Antes que anochezca está generalmente compuesta por capítulos cortos ―alrededor de setenta―. El lector se zambulle en ella sin ninguna dificultad debido al realismo esperpéntico y a la dinámica en la que se desarrollan los hechos. La primera parte de la historia, que comprende la niñez y la adolescencia del escritor, se desarrolla casi por completo en Holguín o en la campiña cubana próxima a esta ciudad. Esta primera parte, además de ser una estampa apacible de la vida rural cubana durante la época de Fulgencio Batista, muestra a Reinaldo como un niño inquieto, asombrándose del mundo y descubriendo su propia identidad.

Conforme se avanza en el relato de Antes que anochezca podemos ver los sueños de un Reinaldo enamorado de la vida y dando sus primeros pasos en los tortuosos caminos por donde el destino lo fue llevando: rebelde, escritor talentoso, amante o rumbero, pero también crítico, pero también disidente de un sistema que lo tachó y lo despreció. Sin embargo, algo queda claro en la obra: el odio hacia Reinaldo no era exactamente por ser homosexual. Era por su actitud crítica ante el sistema. Si bien es cierto que la homofobia fue uno de los grandes defectos del régimen castrista, tampoco es el régimen el que instituye este prejuicio, dado que dicho sentimiento venía arraigado desde mucho antes en la isla. Incluso, más que homofobia ―por más homofóbico que resulte, Cuba siempre ha sido un país con intensa vida homosexual, con o sin represión―, el odio hacia Arenas, su carácter rebelde, su disidencia de la ideología revolucionaria y su homosexualidad tan solo fue el pretexto para justificar su persecución y encarcelamiento en la fortaleza del Morro, el precio caro que tuvo que pagar.

Reinaldo Arenas es liberado y «perdonado» por el régimen, perdón que en realidad simboliza la sujeción y la sumisión absoluta. Las partes con mayor dramatismo son precisamente aquellas donde el artista debe arrepentirse públicamente y humillarse, renunciar a sus ideales y perder su dignidad con tal de recobrar su libertad; manifestar su falsa adhesión al sistema al mismo tiempo que buscar los medios para corregir su homosexualidad abierta, que es considerada como un defecto.

Una de las partes más interesantes del relato es el período entre el cual Arenas es liberado hasta antes de partir de su patria para siempre. Aunque todo el libro respira de cultura popular cubana, esta parte en particular destila de expresión popular cubana capaz de degustarse a través de las palabras que chorrea el relato.

Después de mi lectura de Antes que anochezca tuve la oportunidad de ver la película dirigida por Julian Schnabel y protagonizada por Javier Bardem. Aunque no me gusta hacer estas comparaciones porque el lenguaje del cine y el de la literatura son de diferente naturaleza, he de confesar ―y sin decir que la película era «mala»― que jamás había visto tanta distancia entre la calidad del escrito y la calidad de la película. Esto quizá se deba a la dificultad de llevar un libro tan rico y variado en imágenes a una película de dos horas. La película apenas alcanza a reconstruir con muchas lagunas y saltos la secuencia cronológica de los hechos.

Así que, querido lector, si usted en verdad quiere disfrutar de esta biografía, busque el libro antes que la película. Y que conste que no lo digo porque se espere que sea lo políticamente correcto que se debe decir en un caso como este.

[Foto de Reinaldo Arenas en la portada de este artículo: Sophie Bassouls para Getty Images]

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