Entre el pub y la pluma (III): Los isabelinos


Rodrigo Vidaurre_ Casi literalAntes de los eduardianos y los victorianos existieron los isabelinos, quienes de cierta manera trazaron el camino para todos los que vendrían después. No sería exagerado decir que toda la producción artística e intelectual británica está directa o indirectamente marcada por esta época.

Isabel I ascendió al trono en 1558, coincidiendo su reinado con la Reforma protestante, el Renacimiento europeo y la unión de Inglaterra con Escocia. En las entregas anteriores hemos discutido cómo el florecimiento cultural tiende a coincidir con períodos de paz, estabilidad y afluencia doméstica y la era isabelina no es la excepción. Tras el descubrimiento de América, Inglaterra comenzaba a hacerse de posesiones coloniales, su moral nacional se elevaba con la victoria sobre la Armada Invencible en 1588 y, ya consolidada la imprenta, los libros que se volverían clásicos comenzaron inevitablemente a aparecer.

Antes de hablar sobre Shakespeare, poeta y dramaturgo isabelino por excelencia, es necesario hablar sobre quienes le precedieron. Aparece en este tiempo por primera vez el verso blanco, de métrica regular y sin rima, empleado por Henry Howard en su traducción de la Eneida. Este sería luego usado por Shakespeare, Wordsworth, Shelley, Keats, Tennyson y hasta Lope de Vega al otro lado del Canal de la Mancha. Asimismo, Philip Sidney escribió Defensa de la poesía, considerada por muchos la primera obra de crítica literaria y cuya influencia puede ser vista en toda la historia de este género.

En la década de 1580, se da una explosión creativa en las dos grandes universidades inglesas —Oxford y Cambridge— cuyos protagonistas luego serían conocidos como los University Wits. Este grupo incluyó a grandes de la prosa, el teatro y el ensayo como lo fueron Robert Greene, Thomas Nashe, John Lyly, Thomas Lodge, George Peele y Christopher Marlowe. Este último fue el primer gran escritor isabelino y su influencia en Shakespeare fue tal que algunos llegaron a especular que se trataba de la misma persona. Todos estos escritores batallaron con preguntas sobre ética, humanismo y religión que marcarían profundamente la forma de pensar occidental.

En cuanto a William Shakespeare, su legado habla por sí mismo. Prácticamente todo el mundo conoce su nombre ya que su obra ha perdurado a través de los siglos, ha sido traducida a casi todos los idiomas y se estudia en todas las clases de literatura inglesa. Shakespeare expandió las posibilidades literarias al jugar con la caracterización, la trama y el lenguaje. Fue el primero en explorar el romance como tragedia (Romeo y Julieta) y en usar el soliloquio como monólogo interior (Hamlet). La lista de grandes escritores influenciados por Shakespeare es virtualmente infinita, pero incluye nombres de peso como William Faulkner, Charles Dickens, Herman Melville y hasta el psicoanalista Sigmund Freud. Quizás nadie expuso el impacto de Shakespeare de manera más contundente que Harold Bloom cuando dijo que “Shakespeare fue más grande que Platón y San Agustín” y que fue él quien “inventó lo humano”.

En mi experiencia leer a los isabelinos, así como a Miguel de Cervantes o Dante Alighieri, puede ser retador. El vocabulario y las formas pueden parecer extrañas y anticuadas para quienes estamos acostumbrados a la literatura moderna. Sin embargo, sería un enorme error pensar que esto los vuelve inaccesibles o, peor aún, irrelevantes. La apuesta de revisitar los clásicos es que, al leerles con esfuerzo, dedicación y cuidado, podremos descubrir que detrás de estas diferencias superficiales encontramos una íntima familiaridad. Esto se debe a que gran parte no solo de nuestra literatura sino de nuestra forma de ver el mundo fue establecida por el incalculable evento que fue la época isabelina.

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