Un país de mentiritas

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Leo

Así como para fin de año se comienza a sentir el ambiente festivo de bulliciosos comercios llenos de luces y colores navideños, el septiembre gris y lluvioso, con olor a tierra mojada y cosquilleo nasal, nos recuerda otro año de la agonizante patria. Se miran desfiles que evocan pasadas glorias y brillos de otros tiempos, o bandas escolares que marcan el paso a ritmos desaforados de merengues y salsas. Con paso marcial avanzan los redoblantes que marchan en las calles de concreto, pulido a fuerza de tanta charca, bajo un manto profundo de nimbos cargados de lágrimas a punto de reventar, quizá de tanto dolor por este remedo de patria, por este feto de nación, por este ensayo malhadado de país.

Y por ahí se miran las casas, los vehículos, los locales comerciales, atestados de esos banderines que debieran simbolizar el terruño querido porque así lo dispusieron nuestros santos padres próceres que, sin duda, lucharon un día para amacizar su riqueza y su conciencia de clase dominante. Pues bien, como buenos guatemaltecos que solemos ser, atrapados entre la inocente superstición provinciana y la tendencia hacia la idolatría heredada de la “Real Capital del Reino”, terminamos creyendo ciegamente en esos amuletos y somos propensos a atribuirles poderes casi sobrenaturales. En verdad creemos, casi como niños, que tenemos el himno más bello del mundo; o que nuestra ave indiana puede remontar el cielo más que el cóndor o el águila real; o que la bandera es una especie de manto sagrado que representa la pureza núbil de nuestra tierra. Y por si no fuera suficiente, además de esta simbología cargada de retorcida retórica e instituida por los padres de la patria, nuestra ingenua conciencia colectiva va construyendo el espíritu de corpus a partir de marcas comerciales, dígase Campero, Gallo o Arjona, que degradan aún más ese concepto de nación.

¿Habrá, en realidad, motivo alguno para celebrar en estas fechas? Solo basta echar un vistazo descuidado a nuestra historia para darnos cuenta que esta noción abstracta llamada patria, no es sino la misma patria del criollo que Severo Martínez retrató en su célebre libro; es decir, la finca en la que todavía pervive un sistema feudal de explotación y que se resiste tanto a dar el salto a la modernidad; la patria en la que aún reina el hambre, la ignorancia, la desigualdad extrema, la estrechez de miras, el oportunismo, la marrullería.

¿Cómo celebrar el día de la patria si la patria misma ha fracasado, si la patria misma no te ha dado ese apoyo emocional, ese refugio? Que todas las patrias del orbe tienen sus problemas, pues claro que los tienen, pero tal vez uno siente más la propia porque es el semillero de la experiencia inmediata, donde se llegan a descubrir esos hilos subrepticios que impiden el desarrollo, que se oponen completamente a él. Y no me refiero solo al desarrollo en el orden material, sino también en las esferas espirituales. En vez de ser sustento, es tierra fértil donde prosperan los nidos de víboras, escenario de explotación, abandono e impunidad. Es la lepra que todo lo corroe, que todo lo pudre; patria de corruptos, malinchistas y serviles. Patrias de Judas, Patria de vende patrias. Razón tienen los abuelos al decir que de tanto andar en la mierda algo se pega.

Guatemala, tristemente, es un país de farsas: primero, la farsa de la independencia española —como si nos hubiera ido mejor después de eso—, que solo fue el pretexto para que nuestros propios próceres cedieran nuestra nación a otras formas insospechadas de colonización. Luego, las farsas de los gobiernos conservadores y liberales, para quienes el poder representó la mina de oro y la oportunidad de rapiña que estabilizó la pequeña oligarquía que tanto daño le hace hoy a este esperpento de país. De ahí, la farsa de nuestra breve primavera democrática, que para frustración de nuestra gente, fue una breve probadita de la miel que nunca llegamos a saborear. La farsa del progreso americano y del milagro de los préstamos que nos hicieron entidades internacionales, con el fin de mantenernos siempre debajo de la piedras, como sapos que pareciera le gusta ser a muchos “chapines”. La farsa de la firma de la paz, que tan solo representó un show diplomático ante la comunidad internacional y un medio gracias al cual algunos advenedizos —que nunca faltan en este país— se pudieron llenar de nuevo las bolsas. La farsa de un juicio contra genocidio que solo mostró para probar que los patrones, llámense finqueros, empresarios u oligarcas, son infalibles. La farsa del empresario, que se complace en el tributo que nos cobra por derecho a vivir en esta farsa de farsas.

Después de esto, uno se vuelve a preguntar ¿podemos celebrar algo en esta farsa de país? ¿En este país construido de mentiritas? ¿Donde el rico y el pobre, el indio y el ladino, el ilustrado y el ignorante quedan profundamente separados por quintales de prejuicios? ¿Donde el prejuicio es el mecanismo que asegura el sistema de cosas establecido? ¿Donde nuestras autoridades ven el ejercicio de gobierno como una oportunidad para escalar posiciones? Lo más seguro es que esta fiestecita sea otra mentirita más con la que nos sigan dando atole con el dedo.

¿Quién es Leo De Soulas?


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