La representación teatral y los procesos de huelga en Costa Rica


Por ELIZABETH JIMÉNEZ NÚÑEZ | CUANDO LAS PALABRAS SE PONEN DE PIE

Los costarricenses no tenemos memoria. Tampoco es Carlos Alvarado el responsable de echarse al hombro una realidad histórica cuya ficción más absurda es la utilización del infantilismo como herramienta de control.


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Elizabeth Jiménez Núñez_ perfil Casi literalCosta Rica está viviendo un proceso de huelga muy convulso. El beneficio de cesantía es uno de los puntos que la Caja Costarricense del Seguro Social (C.C.S.S) y los sindicatos reactivaron como parte de la discusión que seguirá su curso en los próximos días. El 12 de agosto nació un supuesto acuerdo entre el gobierno y los representantes de estos sectores en donde se daban por terminado el proceso de huelga (acuerdo condicionado). Los sindicatos están exigiéndole al Seguro Social elevar de 8 a 12 años el reconocimiento de cesantía de sus empleados.

El rubro que corresponde a la cesantía es financiado con los aportes de los empleados y patronos que cotizamos para la C.C.S.S por medio del seguro de salud. Dentro del contexto actual han existido varios procesos de huelga que paralizaron servicios públicos esenciales. A raíz de esto surgió un plan de regulación de huelgas que dará mayor certeza jurídica a la población y actualmente este proyecto de ley se está ventilando en la Asamblea Legislativa.

La figura pública del presidente Alvarado ha ido construyéndose en medio de una dinámica peculiar que lo ha desfavorecido: huelgas, aprobación del plan fiscal, polarización ideológica y algunas otras condiciones socioeconómicas particulares. El psicólogo Ervin Goffman supone que la personalidad no es un fenómeno privado o interno, sino el efecto dramático de cómo la persona se presenta públicamente. «La vida es una representación teatral», dice. La ficción política y el contexto costarricense vigente permiten representar, de forma positiva o negativa, los rasgos que componen la personalidad de diferentes líderes políticos.

La coexistencia de ciudadanos, gobierno y sindicatos ha ido gestando una dinámica hostil con un alto grado de agresividad y violencia, dinámica que evidencia rasgos de personalidad alarmantes, elementos que escapan de la pericia y de la voluntad política de cualquier buen líder; además, una especie de desmoronamiento del sistema, una apatía generalizada ante el interés público como mecanismo de solidaridad humana: bienes de todos, bienes de nadie. Este escenario nos hace protagonistas de un contexto con sus propios efectos dramáticos, como bien lo apuntó Goffman.

Los sindicatos son una suerte de célula maligna con una representación pública y teatral, la típica generalización que suele hacer un sector de la ciudadanía: «Todos los sindicalistas son malos». El psicólogo estadounidense Philip Zimbardo planteó el siguiente cuestionamiento: «¿Qué sucede cuando se introduce a alguien bueno en un lugar perverso?» Desde su opinión, personas normales empiezan a comportarse según la función social que les fue asignada.

Así, poniendo sobre la mesa a los sindicalistas, funcionarios públicos, diputados, magistrados, comerciantes y los diferentes arquetipos andantes, podemos ver que todos los que estén en una posición de poder usarán y abusarán de la autoridad y los que se hallen en una posición de subordinación la acataran aun en contra de sus principios morales.

Los costarricenses no tenemos memoria. Tampoco es Alvarado el responsable de echarse al hombro una realidad histórica cuya ficción más absurda es la utilización del infantilismo como herramienta de control; herramienta utilizada por exmandatarios, funcionarios, sindicatos —entre otros males— y la incertidumbre de un pueblo egoísta. Si me afecta directo pego el alarido, y si no, que los otros se jodan.

Somos una sociedad enferma. Bajo el esquema de la representación teatral, si llevamos a un grupo de personas a convertirse en espectadores de una ficción bien hecha —una película sobre un mal gobierno, con una población apática y desinteresada, con moraleja y todo— experimentaríamos algo sublime: un núcleo humano sin criterio político ni fuerza ideológica legitimadora; y en conclusión definitiva, un entorno cuya ficción no generaría ninguna molestia mientras no se vean perjudicados intereses propios.

No es lo mismo el escarmiento público de un médico que dejó morir a alguien en «el deber ser» de su día a día, que el de uno que dejó morir a un paciente bajo una ideología legitimadora y una norma habilitante dentro de un proceso de huelga que discute aumentos de cesantía. Se resquebraja el derecho humano a la salud, ¡la vida es inviolable! ¿Qué diríamos del derecho de huelga de los funcionarios del sector salud? Dentro de la puesta en escena, la justificación deviene en cierta lógica de guerra: pudo ser cualquiera de los funcionarios dentro del sector salud aun cuando hay conciencia plena de la ruptura del código moral y, por supuesto, del código ético.

La obra teatral terminará para Alvarado, ya algunos se han ido del escenario. Es el caso de Rodolfo Piza (Ministro de la Presidencia), una huida perversa y legitimada por su propio anuncio: «Me voy después del año», como si «el deber ser» caducara y el niño le dijera a la maestra «Solo me interesa resolver la tercera parte del examen». Los datos biográficos de los líderes quedarán en manos de alguna pluma noble o terrible y será el azar de azares quien determine cuáles imágenes prevalecerán y cómo serán recordados. Por ahora, al cierre de la edición de este artículo, en la primera semana de cese laboral por parte del sector salud se han perdido 67 mil citas médicas, quedaron más de 1300 operaciones programadas y continúan más de 14 mil profesionales en huelga.

[Foto de portada: Ezequiel Becerra]

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