Lêdo Ivo en el pozo


Por DAVID CRUZ | LABERINTO DE BONSÁIS

«Dejémoslo claro: Lêdo Ivo fue el poeta más importante de su generación en la lengua de Pessoa».


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I

Una vez cada siete años, los miembros de una apartada tribu cavaban un profundo agujero en la selva y hacían descender en él a su mejor flautista. No se le daba comida, apenas un poco de agua y no tenía ninguna forma de salir. Luego, los miembros de la tribu se despedían de él para no volver jamás. Siete días después, el flautista, sentado en el fondo del pozo sobre sus piernas cruzadas, comenzaba a tocar. Nadie podía escucharlo, solo los dioses.

Siempre he tenido una relación inconexa entre esta historia de la tribu brasileña que escribió Charles Simic y la voz del poeta Lêdo Ivo, que si bien no era de ninguna tribu ni tocaba la flauta, logró despojarse de todo para dar voz a su tribu.

Sus ojos eran dulces y cálidos como el clima de la ciudad costera de Maceió donde nació el 18 de febrero de 1924. Falleció el 23 de diciembre de 2012 en un restaurante de Sevilla mientras cenaba con su hijo, el artista plástico Gonçalo Ivo, quien vive en París y lo acompañó a la ciudad andaluza. Su biografía dirá: periodista, poeta, novelista, cuentista, cronista y ensayista.

II

Mi patria

Mi patria no es la lengua portuguesa.

Ninguna lengua puede ser patria.

Mi patria es la tierra blanda y pegadiza en la que nací

y el viento que sopla siempre en Maceió.

Son los cangrejos que corren por el fango de los manglares

y el océano cuyas olas siguen mojando mis pies mientras sueño.

Mi patria son los murciélagos colgados del techo de las iglesias carcomidas,

los locos que al atardecer bailan en el hospicio junto al mar

y el cielo encurvado por las constelaciones.

Mi patria es el silbido de los navíos

y el faro en lo alto de la colina.

Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante.

Son los astilleros oxidados

y los cementerios marinos donde mis ancestros tuberculosos y palúdicos

                no cesan de toser y temblar en las noches frías

y el olor a azúcar de los almacenes del puerto

y las lisas que se debaten en las redes de los pescadores

y las ristras de cebollas enrolladas en la tiniebla

y la lluvia que cae sobre las trampas para peces.

La lengua de la que me sirvo no fue ni será nunca mi patria.

Ninguna engañosa lengua puedes ser una patria.

La lengua sirve apenas para que celebre mi grande y pobre patria muda,

mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario,

mi patria sin lengua y sin palabras.

Traducción de Martín López-Vega.

III

Dejémoslo claro: fue el poeta más importante de su generación en la lengua de Pessoa. Perteneció a la Generación del 45, un grupo de escritores que se mostró contrario al modernismo de 1922, junto a João Cabral de Melo Neto y Ferreira Gullara. Lêdo Ivo en muchas ocasiones manifestó que en la poesía contemporánea existe un exceso de mirada hacia el yo. «Parece que la indignación se ha acabado, que los problemas sociales y de colectividad no son de los creadores, que más bien prestan más atención a los asuntos amorosos o sentimentales de su yo», expresó alguna vez el poeta en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Su poética siempre estuvo orientada a dar voz a los que son ignorados, más en un país como el suyo: octava potencia económica mundial a costa de la desigualdad, la falta de educación y el poco acceso real a la salud. Ivo creía que se es mejor poeta en la vejez, con mayor reflexión creativa, con un sentimiento más amplio de conciliación metafísica y por revalorizar lo cotidiano. «Yo nací poeta y entiendo que el mundo se divide entre los poetas —formados por literatos, arquitectos, pintores, bailarines o músicos, entre otros— y los que no tienen voz. Y para ellos estamos los poetas: para dar voz y música al que no la tiene».

IV

Los pobres en la estación de autobuses

Los pobres viajan. En la estación de autobuses

ellos estiran el cuello como gansos para buscar

los letreros del ómnibus. Y sus miradas

son las de quien teme perder alguna cosa:

la maleta que guarda una radio a pilas y una chaqueta

que tiene el color del frío un día sin sueños,

el bocadillo de mortadela en el fondo de la bolsa

y el polvoriento sol de suburbio más allá de los viaductos.

Entre el rumor de los altavoces y el jadeo de los autobuses

ellos temen perder su viaje, oculto en la niebla de los horarios.

Los que dormitan en los bancos despiertan asustados,

aunque las pesadillas sean un privilegio

de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas

en consultorios asépticos como el algodón que tapona la nariz de los muertos.

En la cola los pobres adoptan un aire grave,

mezcla de temor, impaciencia y sumisión.

¡Qué grotescos son los pobres!

¡Y cómo nos incomoda su olor incluso de lejos!

Tampoco tienen noción de los modales ni saben comportarse en público.

Con el dedo manchado de nicotina se restriegan el ojo irritado

que apenas retuvo del sueño una legaña.

Del seno caído e hinchado se escurre un hilo de leche

hacia la pequeña boca acostumbrada al llanto.

En el andén van o vienen, saltan y amarran maletas y paquetes,

hacen preguntas inoportunas en las ventanillas, susurran palabras misteriosas

y contemplan las portadas de las revistas con el aire sorprendido

de quien ignora el camino hacia el salón de la vida.

¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas estrafalarias,

esos amarillos de aceite de palma que hacen daño a la delicada vista

del viajero obligado a soportar tantos hedores incómodos,

y esos agresivos rojos de feria y parque de atracciones?

Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.

Tampoco saben vivir: no tienen noción del confort

aunque algunos hasta tengan televisión.

En verdad, los pobres no saben ni morir.

(Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante.)

Y en cualquier parte del mundo ellos resultan incómodos,

viajeros inoportunos que ocupan nuestros asientos

incluso cuando estamos sentados y ellos viajan de pie.

Traducción Juan Carlos Mestre y Guadalupe Grande.

V

El poeta español Juan Carlos Mestre en su célebre poema «Cavalo Morto» lo mitifica: «cuando muere un caballo se llama a Lêdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lêdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lêdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite». Ese «hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco», en una entrevista de 2011 para Folha de Sao Paulo, manifestó que le gustaría que su epitafio rezara:

            Aqui repousa

            Livre de todas as palavras

            Lêdo Ivo,

            Poeta,

            Na paz reencontrada

            de antes de falar

            E em silêncio, o silêncio

            de quando as hélices

            param no ar

 

            Aquí reposa

Libre de todas las palabras

Lêdo Ivo,

Poeta,

Reencuentro la paz

de antes de hablar

y en silencio, silencio

de cuando las hélices

detienen el aire.

Cada vez que lo releo, imagino que en algún lugar perdido de la selva, en el pozo, toca su flauta para los dioses y sus melodías representan a todos los que no tienen voz.

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