Sub-sinfónico: un concierto y tres generaciones


Por NOE VÁSQUEZ REYNA | MALABARES & AMALGAMAS

Yo sí creo que el arte tiene una utilidad social más allá de lo que podemos nombrar o concebir. En el Sub-Sinfónico no había símbolos impuestos para una identidad, pero había un público conectado con el conjunto de sonidos y sus propias historias, las de tres generaciones que se saben las letras de Bohemia Suburbana.

Anuncios

No hay comentarios

Noe Vásquez Reyna_ Perfil Casi literal.jpgEl miércoles 8 de agosto, el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias anidó el concierto sinfónico de una de las bandas guatemaltecas que se ha mantenido en el imaginario de por lo menos tres generaciones: Bohemia Suburbana. Ya en este espacio se habló un poco de su renovada propuesta en 2015 y de la escena del rock guatemalteco.

Como mal hábito chapín y que no me gusta, llegué tarde. No encontré parqueo dentro del Centro Cultural; las puertas habían cerrado, supongo, horas antes. Las entradas se agotaron no sé desde cuándo. A veces olvidamos lo que el arte da a la gente, lo que da la música, lo que da corear y ver un espectáculo en un lugar adecuado para ello. La Gran Sala estaba llena y había melancolía en cantar-recordar la adolescencia para unos, había necesidad de cantar letras bien escritas en medio de un mundo hostil, volátil y finito.

Con buen juego y dinámica de luces, con 40 músicos académicos en el medio del escenario ―el lugar simbólico y presencial que deben tener en un espectáculo así― y un sonido que tuvo solo dos deslices perceptibles que afearon el ambiente por segundos, los fans y asistentes vibraron.

Pienso que a veces la solemnidad del Teatro Nacional vuelve pasiva a la gente acostumbrada a no romper protocolos pendejos. Y como nadie estaba de pie, saltando o bailando, tuve que hacer lo que todos hacían, retorcerme un poco en la silla y gritar las canciones que me gustan y aplaudir y aplaudir, porque se trataba de un concierto con emociones mezcladas, con recuerdos, con nítidos sonidos que empalmaron (en todas sus acepciones) y marcaron vidas.

La versión sinfónica de Aire estuvo de lujo. Cuerdas y vientos envolvieron esa icónica letra que se conectó ―o se conecta aún― con nuestra necesidad de respirar en este país donde sentimos que se nos coloca bolsas plásticas en la cabeza.

Quiero seguir buscando

Quiero seguir llorando

y no sentirme mal…

Aire me falta el aire

Miedo me sobra el miedo

Para respirar

Para poder luchar

y para respirar

Para poder luchar

Soy de las personas que agradecen los momentos. La vida no es otra cosa y es tan breve, como breve se sintieron las dos horas y media del concierto. También he empezado a agradecer, y más conscientemente, los procesos de crecimiento personal y artístico en este suelo amargo que mira el arte como privilegio inalcanzable o innecesario. Bohemia sigue creciendo, comparado con el último concierto al que fui y que me dejó sabores raros en el 2014.

Yo sí creo que el arte tiene una utilidad social más allá de lo que podemos nombrar o concebir. Despejar el tiempo y el espacio con sus nudos. Expandir sensaciones y procrastinar la vida. Cantar sin saber cómo y gritar porque sí sabemos. En el Sub-Sinfónico no había símbolos impuestos para una identidad, pero había un público conectado con el conjunto de sonidos y sus propias historias, las de tres generaciones que se saben las letras de Bohemia Suburbana. Había mucha melancolía en la mía y en la anterior a la mía, pero también había muy buena música que las generaciones que vienen podrán hilar en sus discografías e historiografías de vida.

¿Quién es Noe Vásquez Reyna?

¿Cuánto te gustó este artículo?

Califícalo.

0 / 5. 0

Anuncios

Deja un comentario