Cottagecore, o la idílica desilusión


Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2No pasa un solo día aburrido en el Internet. Después de unos veinte meses en moderado a extremo aislamiento hemos convertido el ciberespacio en nuestra segunda nación con su propio lenguaje, sus propias leyes y sus propios problemas coyunturales que más o menos reflejan las faltas de la humanidad. Por eso no deja de fascinarme cómo, con cada vez más frecuencia, surgen culturas y filosofías de vida totalmente basadas en la inmanente posibilidad de los bytes.

El cottagecore, también llamado countrycore, farmcore o amishcore es una de esas subculturas creadas por la comunidad juvenil sin un exacto fundador, sino con varias tendencias de contenido que coincidieron en el momento perfecto. Pienso en la prevalencia del emo en los mediados de los 2000 o en los hipsters de la década posterior. Normalmente, estas subculturas prosperan con la controversia: abrazan el rechazo social y la incomprensión como indicadores de una mentalidad superior. Pero el cottagecore es muy distinto, y acaso un poco más siniestro que sus antecesores.

Como su nombre y apodos sugieren, el cottagecore es una revalorización de la vida rural. Inspirada por propiedades como Outlander, Anne with an E, The Hobbit y las Little Women de Greta Gerwig, esta tendencia mira al pasado con lentes rosa. La etiqueta en TikTok e Instagram revela suntuosos paisajes de granjas y bosques, chicas con modestos vestidos de encaje y trenzas con listón, chicos musculosos con camisas de franela… La juventud se ha encantado con la era de sus tatarabuelos, cuando el hombre y la naturaleza convivían en armonía y las personas prosperaban con el honesto trabajo de la tierra.

En un radical rechazo del capitalismo, los influencers han desechado los manicures, los bares y las rachas de compras para presumir panes recién horneados, candelas de cera hechas a mano, proyectos de carpintería y arreglos de flores silvestres. Es algo como Walden, pero con selfies y duetos acústicos de Bon Iver con Taylor Swift.

Es fácil entender el encanto del cottagecore. La Generación Z ha crecido en una crisis sanitaria, ecológica y económica, y la posibilidad de vivir en una apacible cabaña, lejos de los excesos y riesgos de la ciudad, es tentadora. La transparencia de «vivir de la tierra» también ha resonado con una generación cada vez más desilusionada con el sistema educativo y profesional. Incluso la sensación de comunidad aislada ha resonado con las personas de la diversidad sexual que ven en el cottagecore una oportunidad para reinterpretar el pasado sin los tabúes de sus ancestros. Sin ataduras (ni mascarillas), la Generación Z presume una silenciosa y pacífica sabiduría que la aleja de la modernidad y su ímpetu revolucionario.

Pero de nuevo, no existe una sola cosa pura en Internet. Por tierno que suene el espíritu del cottagecore es importante notar que su estética y filosofía evocan a la época colonial, con la figura del colono que somete a una tierra silvestre para prosperar. Como evidencian las referencias que he mencionado, esta tendencia se centra en narrativas de personas blancas y moderadamente privilegiadas. La vida rural, especialmente en Latinoamérica, dista del paraíso y suele acarrear carencias que convenientemente escapan de la atención de las personas. Además, no existe el cottagecore de las personas de color porque tendríamos que llamarlo plantationcore. Es por ello que el cottagecore es un territorio de supremacía para las personas que fácilmente pueden visualizarse en el lado ganador de la historia.

Como en Midsommar de Ari Aster, cabe cuestionar qué es tan bello y constructivo de una sociedad que romantiza convenientemente su pasado para justificar su aislamiento. Debajo de las flores y el encaje de crochet hecho a mano acaso arden verdades que no queremos enfrentar y que la modernidad, aun con circuitos y vacunas, tampoco ha sabido (o querido) resolver.

Mientras tanto, sigamos bailando en el maypole, convenientemente en círculos.

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