La paroniria del lenguaje corporativo


Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2No hace mucho recibí un currículum de una persona que, sin siquiera haber cumplido los veinticinco años, ya había desempeñado dos coordinaciones, una de ellas para una entidad privada de exportación. Mi curiosidad ardía por conocer a semejante prodigio, así que le ofrecí una entrevista y antes de que yo extendiera mis preguntas esta persona recitó sus dos páginas de historial de trabajo sin parpadear. Volaron palabras como insights, accionabilidad, upgrade, optimización e innovación. Su cara se torció en un incómodo silencio cuando le pedí que explicara su opinión respecto a temas que, aparentemente, dominaba con la soltura de un hermeneuta. Ahora, su papelería está en mi basurero.

Trabajo en publicidad desde hace casi una década y quizá por eso tengo alta proclividad a esa nueva jerga de los profesionales, a ratos deportiva («Toquemos base»), a ratos militarista («Nos anticipamos al ataque») y a ratos puramente sexual («La metimos completa») que ahora inunda las salas de reunión. Ya se ha parodiado la manera en que adoptamos barbarismos para nuestro lenguaje corporativo: no son hallazgos, sino insights. No son llamadas, sino calls. No son solicitudes, sino briefs. Pero lo que realmente cristaliza la jerga corporativa es su capacidad para comunicar cada vez menos, irónicamente, en un espacio que vive y muere por la productividad.

Entiendo que los idiomas son constructos en constante evolución. Incluso estoy dispuesta a perdonar alguno que otro barbarismo cuando definitivamente no existe equivalente (RAE, por favor, necesitamos la traducción precisa de cringe.) Sin embargo, cada vez que vuelvo a conectarme a una videoconferencia debo anotar la retahíla de modernismos que disfrazan las acciones más mundanas del proceso con elocuencia ambivalente.

Ya no existen los reportes: ahora son report cards. Aun redundante, el término nos evoca una experiencia de aprendizaje escolar. No estamos hablando de una inversión millonaria en pauta, sino del desempeño infantilizado de la marca. No buscamos un propósito de la campaña, sino un true north, como si lleváramos una travesía espiritual para vender pavos congelados en el supermercado.

¿Por qué lo hacemos? Creo que no existe una respuesta o razón particular, tal como no existe una constante en la magnificación o minimización del lenguaje real en los ejemplos anteriores. Pienso que estamos tratando de crear un significado más tangible o relevante de lo que sugieren incontables correos, presentaciones de PowerPoint y hojas de Excel. No todos los trabajos tienen la ostentación de un paciente curado, una novela impresa o un edificio imponente, pero hay algo muy humano (es decir, trágico) en esa obsesión del legado: queremos sentirnos útiles y necesarios, sí, pero también deseados. Queremos que haya valor en lo que nos desvela y atormenta más allá de pagar la renta y la luz. O bien, en el caso de aquel desafortunado candidato, queremos aparentar un valor que no existe.

Lo que pocos sospechan es que esta improvisada danza semántica no está construyendo ni mejorando nada: júbilo hervido con trapo y lentejuela. Quizá es esa la filosofía del profesional moderno: una reinterpretación de la maza como un power punch que auspiciosamente nos permita olvidar la cantera.

Bien dicen que si no puedes (con)vencerlos, al menos confúndelos.

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