Liberen a Britney Spears


Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literalEn 1998 llegó a mis manos el primer disco de Britney Spears: …Baby One More Time. Mientras Britney se transformaba de inocente colegiala a encantadora de serpientes, yo interpretaba mi madurez con su música. Como ella, yo no era niña ni mujer. Quería ser más fuerte y estar menos sobreprotegida. Britney le daba un sonido y sentido a mi incipiente, ingenua y forzadamente reprimida sexualidad. Contrario a lo que mi padre auguraba sobre locas y putas, yo quería sentirme tan liberada, hermosa y universalmente adorada como Britney.

En un mundo donde La combi completa y WAP suenan en el estéreo del supermercado cuesta creer que Britney fue llamada controversial en su momento. Recuerdo lo obsesionada que estaba la humanidad con sus pechos, su virginidad y el contenido de sus letras. Los tabloides la celebraban y atacaban por igual. Un día era una galardonada artista del pop; y al siguiente, una amenaza para las mentes impresionables de nuestras niñas. Aún no lo sabíamos, pero Britney era un ícono feminista. Ella entendía mejor que nadie el escrutinio opresivo que acompaña a una mujer, y su respuesta era una inspiradora desfachatez. Pero como sucede con todas las cosas bellas de este mundo, nos encargamos de destruirla.

Framing Britney Spears es el título de un documental producido por The New York Times y dirigido por Samantha Sparks que explora la carrera de la Princesa del Pop hasta la fecha. Vemos cómo Britney fue criada para proveer el sustento del violento matrimonio Spears, iniciándose en clases de danza y canto desde los tres años y viajando sin descanso a audiciones y concursos antes de cumplir los diez. No es sorpresa que Britney haya logrado una carrera musical después de sacrificar toda su infancia en los escenarios para alimentar a sus padres y hermanos. Pero lo que ella no anticipaba era la cultura de fama que el nuevo milenio había construido.

Sin la cándida intimidad que nos sugieren hoy las redes sociales, los tabloides y revistas rosas eran el único medio para acercarnos a los artistas e interpretarlos como personas. Irónicamente, estos también eran los mejores medios para deshumanizarlos. En algún salón de belleza de mala muerte debe haber unas cuantas People o Us Weekly donde se estudian sus fluctuaciones de peso y se documenta minuciosamente su pedido de McDonald’s.

El documental Framing Britney Spears elabora sobre esta obsesiva rama del periodismo con incómodas secuencias donde Spears camina al borde de las lágrimas esquivando a los paparazis o responde a entrevistas donde abiertamente la insultan. El mundo se burló despiadadamente de Britney cuando sucumbió a esa infame crisis nerviosa en 2007. Todos recuerdan la cabeza rasurada, pero suelen olvidar que esta mujer estaba lidiando con un divorcio y una amarga batalla de custodia a los 26 años. También olvidan que solo un año después Britney volvió con uno de los discos más icónicos de su carrera.

El documental culmina en la lucha que la artista sostiene para librarse de la curatela a la que su padre la sometió después de aquella crisis. Jamie Spears controla las finanzas, cuidado médico y proyectos profesionales de Britney. En 2020, la cantante sometió la moción para alterar el estado de su curatela y remover definitivamente la intervención de su padre en favor de una fiduciaria calificada: su mánager Jodi Montgomery. Hacia mediados de este febrero, la primera victoria de Britney consiste en que un juez ha concedido que Jamie Spears sea un socio de la curatela, no el titular, y que reciba orientación del Bessemer Trust. Las audiencias judiciales continúan mientras el público ha adoptado #FreeBritney como un llamado a reconocer el daño que la sociedad ha infringido colectivamente sobre la artista y reconocer su legado en la escena pop contemporánea.

Britney Spears cumplirá 40 años este 2021 y no deja de amargarme que su propósito en estas audiencias legales sea que otra persona dirija su vida porque ella misma se considera incapaz de lograrlo. Sin embargo, quiero pensar que esta historia nos motivará a crear una sociedad más compasiva y empática, tanto para las chicas en las pantallas como para las que crecimos mirándolas. Quién sabe, si somos realmente afortunadas llegará el día en que ninguna de nosotras llore inexplicablemente por las noches mientras se pregunta qué le han robado a su vida.

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