Los poetas que perdimos en la peste_ Casi literal

Los poetas que perdimos en la peste


Por EDUARDO VILLALOBOS | NO NAME

Tiziano, Gustav Klimt, Egon Schiele, Sor Juana Inés de la Cruz, Chaikovski, Michel Foucault, Apollinaire, Cortázar… Este es un recorrido por los poetas a quienes mató la peste.


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Eduardo Villalobos_ perfil Casi literalLo primero que quiero decir parece obvio, pero quizás no lo sea tanto. La gente suele confundir la poesía con el poema. Sin embargo, lo poético rebasa la forma en que puede contenerse (el poema) y alcanza de manera muy natural todas las manifestaciones artísticas.

Quizás por eso dudé en incluir acá a Tiziano, aquel pintor renacentista que, para escapar de la rigidez de los temas religiosos, se inspiró en los autores clásicos para crear sus hermosísimas escenas mitológicas, como Venus y Adonis o Dánae recibiendo la lluvia de oro, plenas de color, de sensualidad y de movimiento; y a las que él mismo, consciente de sus posibilidades de expresión, llamó poesías. Murió este poeta de la imagen a causa de la peste negra en 1576. Dicen que el día de su muerte saquearon su casa, no solamente para robar sus tesoros materiales, sino sus espléndidos cuadros.

También dudé en mencionar a Gustav Klimt, cuya poesía visual estilizó las formas y las colocó sobre un vacío cálido y vertical, abiertamente sexual, íntimo y contenido. Su obra fue catalogada como inmoral y blasfema, entre otras cosas, porque rodeaba con oro sus figuras entregadas al éxtasis amatorio. Murió por la gripe española en 1918.

Lo mismo me pasó con Egon Schiele, su discípulo, quien expresó las pulsiones del cuerpo como nadie hasta entonces. Su obra, plena de una descarnada y visceral impudicia, desnuda las secretas pasiones, los escondidos deseos a través de una poética arriesgada y desmitificadora. Un juez quemó uno de sus dibujos y confiscó más de cien por considerarlos pornográficos, durante el proceso que se le siguió por seducir a una muchacha. Fue hallado culpable. Murió a los 28 años —la mitad de los que tenía Klimt— también por la gripe española y también en 1918.

Y qué decir de ese poeta del sonido que fue Piotr Ilich Chaikovski, denostado por sus contemporáneos debido a la libertad formal con la que creaba sus piezas. Le achacaron —siempre pasa así con los críticos que suelen ser muy reaccionarios y cuadrados— su falta de «estructura». Ocurre que no lo consideraban «académico» y por ello lo tildaron de vulgar. Sin embargo, construyó hermosos encadenamientos rítmicos que son historias y poemas sonoros al mismo tiempo. Es el autor de El lago de los cisnes y El cascanueces, pero también de obras menos conocidas y más sublimes como la Obertura 1812. Murió en San Petersburgo, en 1893, durante una epidemia de cólera que se lo llevó junto con 200 mil personas más.

No hablaremos de Michel Foucault, muerto en 1984 a los 57 años en París a causa del sida, y que alcanzó en algunos de sus libros como Vigilar y castigar la clarividencia de la poesía para expresar el pensamiento. Tampoco diremos nada de Julio Cortázar, muerto en el mismo año y por la misma pandemia y en la misma ciudad, y que no solo escribió poemas, sino que llevo la poesía a su prosa, plena de resonancias, nerviosa y apasionada, con la que nos contó París y Buenos Aires y el mundo entero.

Sí diremos algo de sor Juana Inés de la Cruz, una de las mentes más brillantes de la América colonial. Logró sortear las enormes barreras, las inmensas murallas de la sociedad de su tiempo para formarse y escribir una obra luminosa, en la que lo profano se cuela entre las rendijas de los temas religiosos que estaba obligada a tratar. Sor Juana es una isla en sí misma, una precursora, una profeta que aún nos enseña el futuro. Murió a causa de la peste de tifus de 1695 en la Ciudad de México. Tenía 46 años.

Pero de quien quería hablar realmente era de Guillaume Apollinaire, ese poeta que fue acusado alguna vez de robar La Gioconda del Museo del Louvre. Pero por favor no se confundan. No quería hacerlo debido a esa anécdota sino porque alguna vez mi percepción de la poesía cambió cuando leí Alcoholes, para mí, su obra mayor.

Vanguardista, iconoclasta, rebelde, quiso llevar la poesía de la forma a la poesía del poema, y por eso creó sus Caligramas. Pero antes de ello construyó textos que, aunque menos experimentales, a mí me parece que encierran el gran espíritu del surrealismo: la liberación de la imagen, la libertad formal, la imaginación desbordada, el riesgo, una nueva manera de nombrar el mundo. Desde hace años escribo un libro que debería tener este epígrafe del poeta:

«Pipas de noche pipas del día
Todo el opio oh cabelleras
Los morenos cabellos de mi amor
Y esta lentitud mientras espero
El despertar de los monstruos uno tras otro».

Aún no termino de escribirlo, pero, si volvemos a lo verdaderamente importante, Apollinaire murió a causa de la pandemia de la gripe española en 1918, a los 38 años.

Como pueden ver, quería hablar de un poeta que perdimos en la peste, uno muy apreciado por mí. Pero de pronto se cruzaron otros (y hay tantos más).

Malditas sean las pestes que siegan el mundo.

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