The Devil Wears Prada

Prada y prejuicios: La compleja ética que me enseñó Miranda Priestly


Por ANGÉLICA QUIÑONEZ | TINTA BLANCA

Cuando me gradué y comencé mi carrera profesional aprendí que no hay una verdadera recompensa en regalarle todas mis ideas y esfuerzos a la cuenta bancaria de alguien más.


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Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Es difícil que el cine mainstream produzca historias interesantes sobre mujeres. Es aún más difícil que estas mínimas producciones sean exitosas con la crítica y el público. Y raya en milagro o magia negra que esas películas trasciendan en la frágil y quisquillosa memoria del folklor pop.

Cuando se estrenó en 2006 The Devil Wears Prada (conocida en el mercado latinoamericano como El diablo viste a la moda) se publicitó como esa trillada comedia romántica que las parejas ignoran mientras se manosean en el cine. Después de todo, partía de la novela comercial homónima de Lauren Weisberger y recibía la clasificación de chick-lit (un término bastante sexista que asume la superficialidad de las novelas femeninas).

Sin embargo, la dirección conjunta de David Frankel y Wendy Finerman, la magistral actuación de Meryl Streep y el profundo guion de Aline Brosh McKenna propiciaron una historia memorable que incluso hoy abre importantes conversaciones sobre el éxito desde la óptica femenina.

Fuera del éxito taquillero y la avalancha de premios, The Devil Wears Prada es la clase de película que mejora cada vez que vuelves a verla. Cuando era adolescente yo simpatizaba con la Andy inocente: detestaba la frialdad de Ms. Priestly, me asustaba la crueldad corporativa y celebraba el final feliz cuando Andy renuncia, consigue su trabajo de ensueño y recupera a su adorable novio. Pero luego entré a la Universidad y poco a poco entendí que los sueños suelen quedarse en el proyecto de Seminario y los novios pueden ser ruines y envidiosos. Comencé a admirar la disciplina y determinación de Miranda Priestly y aspiraba a convertirme en jefa para no depender de nadie y disfrutar mi vida sin ataduras ni carencias. Repudiaba a la romántica Andy y me parecía cada vez más estúpida por abandonar la vida de glamur con la que yo fantaseaba.

Cuando me gradué y comencé mi carrera profesional aprendí que no hay una verdadera recompensa en regalarle todas mis ideas y esfuerzos a la cuenta bancaria de alguien más. Aún peor: sin importar lo buena o dedicada que seas, cualquier gerente puede encontrar una razón para atormentarte o despedirte. Fueron años de equivocaciones y enseñanzas duras. Tuve que dejar trabajos que amaba para huir de un jefe acosador o una sentencia de bancarrota corporativa.

La gran lección que conservo y debo repetirme es la misma: «es solo un trabajo». En parte, me refiero al entendimiento de que tu vida tiene experiencias más significativas que elaborar reportes y presentar presupuestos. Pero también me refiero a la inseguridad que a veces me hace creer que estoy al borde del fracaso: es solo un trabajo, y puedo hacerlo si confío en mi propia destreza e inteligencia para cumplirlo con la mayor habilidad.

Fue así como dejé de identificarme como una Andy o una Miranda y entendí que ambas me estaban preparando para madurar. La relación entre ellas sale del molde de jefe-subalterno para explorar la lealtad y la motivación entre mujeres profesionales, principalmente en un mundo donde aún existen dominancia y privilegio masculinos.

Admiro la meticulosidad e intelecto de Miranda tanto como la honestidad e integridad de Andy. Todas las Andys y Mirandas (y hasta las Emilys) del mundo tenemos que alentarnos a ser mejores y más fuertes, juntas.

Será lindo decir algún día que la envidia y el rencor entre mujeres están más pasados de moda que aquel suéter de lana celeste.

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