Lo retrógrada está de moda

Diana Vásquez Reyna_ Perfil Casi literalEl diablo se vistió Prada y ahora con piel naranja. También se pudo haber vestido de señora dura. Total, la “maldad” es humana y se maquilla todos los días para estar presentable ante los medios de comunicación. Tal vez lo vintage hipster sea una alegoría a la añoranza de los tiempos pasados que —dicen— siempre fueron mejores. ¿Mejores cómo? ¿Mejores para quién?

Esto es globalización. Estar embebidos en telerealidades que no solo alimentan frustraciones y paranoias individuales y colectivas, sino que lavan cerebros con los mantras de los privilegios. —Les recomiendo la lectura exquisita «Eso que se llama privilegio», de Ramón Urzúa-Navas—. Pero claro, solo los privilegios de los que realmente los gozan y ejercen: el Moby Dick, el demonio blanco: el hombre heterosexual blanco, aunque ahora ese monstruo tiene variaciones nimias con el cerdoelefante naranja.

Pero vamos más allá, o acá. Peña Nieto, Jimmy Morales, Daniel Ortega, el conservadurismo en Europa, guerras eternas en Medio Oriente… en picada vamos por lo retrógrada en mainstream. Está de moda, está in. Las mayorías sienten que los cambios desestabilizan y vuelven a la barbarie.  ¿Es que alguna vez hemos salido completamente de ella? Si el suelo no está donde estaba, aumentan las crisis nerviosas de quienes no han sido preparados para lo humano, con su única constante: el cambio.

La avalancha de pesimismos nos cubre todos los días y olvidamos que la punta del iceberg siempre ha estado ahí. La gran mole de hielo debajo solo se deja ver un poco  porque tiene el megáfono resonando y los reflectores. ¿Podemos pedir que sea más evidente? Sí, pero no queremos ver lo obvio. Lo obvio son los retrocesos que se dan a zancadas, pero que convenientemente nadie percibe.

Fantaseo con que Mobi Dick se desangra al embestir frontalmente al iceberg en forma reiterada. Lo hace por instinto, con lujo de fuerza, es parte del ciclo: todo lo que sube, todo lo que empieza… Los privilegios dejan una mancha rojiza sobre el mar, pero no se disipan. El tinte llega a nuestros ríos, tarde a temprano, en forma de migrantes desterrados, contaminación y otras violencias. El tinte se “empodera” gracias al “desarrollo económico” en países tercermundistas como el nuestro. Ese mítico desarrollo que admite como intrínseco y natural el matar deliberadamente porque se puede, así como en las series de TV.

En esto de la globalización hay implicaciones para todos. Sigamos pensando que el cambio empieza por uno mismo, en el calor de nuestro corazón individualista. Hagamos yoga y sigamos comprando en Starbucks (el café hipster). Oremos y sigamos creando ídolos de reality, trabajemos horas extendidas y consumámonos para acariciar la avaricia, la envidia, la apatía.

Noam Chomsky apunta a sociedades quebradas por la pérdida y el miedo gracias al sistema neoliberal. Aunque no entendamos de qué va la cosa, se seguirá predicando la propiedad privada, el libre mercado y la libre locomoción, como se cantan en tierras como esta que no pueden ver la gran fotografía de su dogma.

La atención se pierde cuando los monstruos blancos-naranjas quieren mantener su linaje y quieren pasar por alto que la globalización también rompió hace rato los colores, las sexualidades, los límites terráqueos, que somos mezclas fascinantes de genes y cromosomas. Ojalá evolucionáramos en algo mejor, pero quizá solo es la era de la involución, como dijo alguien. La meta del siglo XXI: continuar en la matriz, remendarnos el cordón mientras nos acurrucamos en posición fetal y vemos en directo los juegos del hambre o de tronos.

¿Quién es Diana Vásquez Reyna?

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