Trump: pan y circo

Mario Ramos_ Perfil Casi literalEn la Roma imperial, cuando se organizaban los grandes espectáculos, entre ellos los combates de gladiadores, carreras de cuadrigas y las luchas entre fieras, se comenzó a utilizar la frase panem et circenses (pan y circo), precisamente porque a través de estos espectáculos las autoridades romanas distraían a los ciudadanos a fin de mantenerlos desinformados de los asuntos importantes del imperio. Veinte siglos después, la estrategia sigue vigente.

Hoy en día la distracción sigue siendo un elemento básico de control social y, al igual que en la antigua Roma, la táctica consiste en desviar la atención del pueblo de los problemas reales de la sociedad a través de los medios de comunicación, que son el arma perfecta de distribución masiva.

Desde el inicio de su campaña, el presidente Donald Trump, de manera astuta y perspicaz, ha manipulado y manejado a los medios de comunicación para mantener al pueblo distraído y alejado de la realidad, ocultando los verdaderos problemas sociales que enfrenta el país, desviando la atención, incluso, a temas irrelevantes. Sin embargo, el problema radica en que tanto sus oponentes como los medios informativos han caído en su artimaña, subestimando su astucia.

Donald Trump se ha empeñado en atacar a los medios llamando «fake news» a sus noticias y los ha nombrado «enemigos del pueblo», creando una reacción que pareciera ser positiva a sus intenciones; y ellos —los medios— ingenuamente siguen cubriendo sus «disparatados» —y lo entrecomillo porque no creo que esto sea al azar— discursos y declaraciones con cobertura casi permanente. Cada cosa que hace o dice, por estúpida que sea, lo convierte a él en el centro de la información por encima de la noticia en sí, el mismo modelo de estrategia comunicacional de su amiga Kim Kardashian.

Asimismo, sus tweets se han vuelto un fenómeno viral, convirtiéndose en titulares noticiosos. «El mayor enemigo de nuestro país son las fake news (noticias falsas) tan fácilmente proclamadas por tontos», subrayó Trump horas después de aterrizar en Washington tras su histórica y controversial cumbre con el líder norcoreano Kim Jong-un en Singapur. Lo irónico es que si repasamos la mayor parte de las declaraciones o mensajes del mandatario son precisamente eso: una serie de noticias falsas que se repiten una y otra vez por la prensa. Según un informe publicado por The Washington Post que analizó las declaraciones del presidente, en los últimos dos meses el empresario republicano ha dicho alrededor de mil mentiras o medias verdades ―estoy hablando de cifras reales, no retóricas―, lo que hace un promedio de dieciséis mentiras —oficiales— al día. Es así como su plan funciona: desinformando.

La facilidad y poca vergüenza con la que el mandatario miente es otra ventaja a su favor; pues otra de sus estrategias de distracción es crear problemas y luego ofrecer soluciones. Es decir, se crea una «situación» para causar cierta reacción en el público y luego resolverla. Si a esto le sumamos la ignorancia y la indiferencia generalizada que existe sobre temas como cambio climático, economía, salud, inmigración, etcétera, el resultado es un plan de manipulación perfecto. Como reza el popular dicho, «Una mentira dicha mil veces se convierte en una verdad».

La desinformación que el presidente Trump genera en casi todas sus intervenciones públicas y a través de sus redes sociales incita al público a ser complaciente con la mediocridad, a creer que ser vulgar e inculto es aceptable. Esto promueve no solo la ignorancia sino también la intolerancia y el racismo.

Casi a diario escuchamos un nuevo escándalo que involucra al presidente Trump, ya sea de carácter personal o relacionado a su mandato. Aunque parezca inaudito, cada uno de estos problemas o acusaciones en su contra, al menos a corto plazo, corren a su favor. Es decir, el cambio de dirección o de atención no solo distrae al pueblo expectante del reality show en que se ha convertido su presidencia sino también desconcentra a los políticos y autoridades que intentan llevarlo a juicio, distrayéndolos con un nuevo problema.

Si hacemos un rápido recuento de la administración de Trump, no solo podemos darnos cuenta de que el magnate es un maestro de la distracción, sino que con su historial de escándalos cualquier otro presidente ya hubiera sido obligado a salir de la Casa Blanca. La lista es larga: la investigación de su presunta colisión con Rusia, las múltiples renuncias en la Casa Blanca, el despido del director del FBI, James Comey, su relación con la actriz porno Stormy Daniels, la cumbre con el líder norcoreano Kim Jong-un en Singapur, la separación de las familias en los centros de detención de la frontera con México, su controversial reunión con el presidente Vladimir Putin, las grabaciones del exabogado Michael Cohen entregadas al FBI y —la más reciente—: haber llamado «perra» a su ex asesora política Omarose Manigaut; esto sin contar sus innumerables comentarios racistas y xenofóbicos. Todo esto le permite moverse al siguiente problema antes de que el de turno sea escudriñado por completo y así comenzar un nuevo pasatiempo que entretenga al público.

Si bien es cierto que su estrategia ha funcionado hasta ahora, también es cierto que sus declaraciones y acciones han creado una crisis política y social ―no solo en Estados Unidos sino a nivel mundial― que poco a poco se le ha salido de las manos. Los medios de comunicación, más temprano que tarde, deberían abrir los ojos y enfocar sus coberturas en el trasfondo de la noticia o en temas más relevantes que aporten a cualquier investigación que le ponga fin al juego del presidente. Por su parte, los políticos y autoridades de Estados Unidos deberían hacer lo suyo y frenar el circo de Trump, quien además pareciera empeñarse en provocar la caída del imperio.

[Diseño de portada: Mario Ramos]

¿Quién es Mario Ramos?

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