Rosario Murillo: poesía versus política

Carlos M-Castro_ perfil Casi literalRosario Murillo es autora de una docena de libros de poesía, de los cuales, sin embargo, solamente la mitad ha sido publicada en formato impreso. En 1990, según Helena Ramos, la poeta nicaragüense, ahora célebre por ocupar la vicepresidencia de su país natal —con su esposo simultáneamente en la presidencia—, mandó destruir el tiraje completo de Como los ángeles. A partir de entonces, de acuerdo siempre con Ramos, Murillo dejaría de publicar, aunque no de escribir. A principios del presente siglo puso a disposición en un sitio web varios de sus poemarios, incluido el que acaba de citarse.

No se hablará aquí por el momento de Como los ángeles, escrito entre junio de 1989 y junio de 1991 (o sea entre su vigésimo octavo y su trigésimo cumpleaños, o sea mientras fue directora del Instituto de Cultura, o sea en medio de la vorágine que para ella debió de ser el fin de la revolución sandinista en 1990). Se puede ver entre paréntesis lo interesante que podría resultar esa lectura. Haremos por ahora un breve comentario introductorio sobre los relieves que ha tomado hoy la poesía de la que seguro es la mujer más poderosa de Nicaragua.

En medio de la profunda crisis sociopolítica en que se encuentra este país centroamericano, un poema suyo se pudo oír en todas las pantallas del territorio. Se trababa de la «Canción de Navidad», un texto de 17 versos incluido en Gualtayán (Amar), primer libro publicado por Murillo (de 1975), que dedicó a un hijo cuya vida se cobró el terremoto de Managua de 1972. La lectura tenía una connotación especial, si se considera que fue hecha por uno de los jóvenes que le pedían a ella y a su marido la renuncia inmediata y que ocurrió frente a las cámaras durante la instalación de un diálogo nacional convocado por el Gobierno para encontrar salida a un conflicto que por entonces, en mayo, había ya causado la muerte de varias personas, la mayoría menores de 30 años. Acaba así el poema:

llevo el dolor del parto en cada paso

siento al hijo que brota de la sangre

siento la piel colgando

tengo las venas en un solo nudo

hay un hijo derramado en la noche.

Huelga decir que nadie esperaba ese golpe y que hasta la misma Murillo se vio luego descompuesta, su rostro transfigurado, seguramente retrotrayéndose su mente a aquellos juveniles años, dolorosos años. Un par de meses después aparecería un libro electrónico en el que una decena de jóvenes poetas iba a reescribir otros tres poemas de la vice, «los más conocidos que ha escrito», dice un prólogo firmado por un evidente pseudónimo: Álvaro Conrado, nombre de un quinceañero que recibió una bala en abril mientras ayudaba con el suministro de agua a un grupo de estudiantes atrincherados en un céntrico recinto universitario de Managua, muerto según reportes a las afueras de un hospital que le habría negado la debida atención médica, a donde había sido trasladado.

Poesía y política. Literatura y poder. Relaciones estas muy constantes en la vida pública nicaragüense, aunque es difícil encontrar un caso más problemático que el de Murillo. Los de Ernesto Cardenal, ministro durante los ochenta, y Sergio Ramírez, también vicepresidente en su oportunidad, serían tal vez los más próximos. Y si bien la obra literaria de esta sexagenaria mujer no ha recibido ni de lejos la misma atención que las de los otros dos, tanto dentro como fuera de Nicaragua, es dable preguntarse cuánto de la poeta sobrevivirá, llegado el momento, a la política en que se ha convertido. A Ezra Pound el tiempo le ha perdonado su más que simple coqueteo con el fascismo. En Versus. Chayopoesía confrontada, título del libro digital mencionado antes, hay una entrevista imaginaria firmada por Emila Persola que sirve como epílogo. En ella el escritor ficcionaliza con lo que propone como el fin del «reinado» de Murillo y casualmente, igual que Pound, la ve en sus últimos días recluida en un manicomio, mientras su esposo huye en un helicóptero.

Lo que sucederá con Nicaragua y con la poesía de su aún vicepresidenta es imposible de vaticinar. La crisis parece apenas comenzar. Y esta columna, mientras tanto, llega a su momentáneo fin.

¿Quién es Carlos M-Castro?

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