Historia y memoria corta


Ingrid Ortez_ Casi literalHace unas semanas me tocó revisar y editar el reportaje de un amigo escritor que hablaba sobre mapas antiguos, viajes de primeros navegantes del continente, nombres y hechos no registrados en los textos de historia. Y mientras leía pensé en cómo la historia ha sido el gran campo de batalla en todos los tiempos. La gran ambiciosa y, a su vez, la pobre, manipulada y usada para cualquier fin, especialmente en Latinoamérica, donde es esa gran materia prima que ha permitido formar desde próceres, sociedades y culturas enteras, hasta dictadores y falsos salvadores.

Especialmente en política, inventar otras realidades ha sido una constante desde la antigüedad y nuestra memoria histórica dura lo que el período electoral nos lo permite. Y es entonces cuando todas aquellas palabras prometedoras se vuelven historia.

Esto me lleva a recordar un comentario que publiqué hace un par de años, al terminar de ver la famosa serie de televisión Juego de tronos. Tyrion da su discurso final para elegir al que gobernará los siete reinos: «He tenido mucho tiempo para pensar sobre nuestra historia sangrienta, sobre todos los errores que hemos cometido. ¿Qué une a la gente? ¿Ejércitos? ¿Oro? ¿Banderas? No: historia. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia. Nada puede pararla. Ningún enemigo puede derrotarla».

El gran poder de las historias. A muchos países los une las anécdotas dolorosas y desgarradoras, también la eterna corrupción sumado al mal de memoria a corto plazo. Olvidamos lo que aquellos en el poder han logrado manipulando la historia. Dejamos de lado los hechos, nos centramos en las palabras que nos venden, y eso nos hunde en abismos profundos que nos hacen olvidar la verdad. Palabras amañadas por los poderosos donde mentira y verdad se confunden reforzadas una y otra vez por los medios de comunicación.

La historia de la humanidad ha estado rodeada de enormes mentiras para disfrazar terribles acontecimientos y justificar barbaries. De Grecia a Roma; de las Cruzadas al colonialismo; de la Guerra Fría a los genocidios de nuestros días en Oriente Medio: la información manipulada a conveniencia siempre ha sido esencial para las necesidades políticas sin importar la realidad.

Información falsa para justificar decisiones políticas y económicas como la guerra de Cuba de finales del siglo XIX, la guerra de Vietnam, la invasión de Irak y sus inexistentes armas de destrucción masiva, las dictaduras nazi y soviética y su otra realidad. Y nos creímos las mentiras, como lo menciona Marc Bloch en su casi profético ensayo de 1921 titulado «Reflexiones de un historiador acerca de los bulos surgidos durante la guerra»: «Los falsos relatos han levantado a las masas. Las falsas noticias, en toda la multiplicidad de sus formas –simples historietas, imposturas, leyendas– han llenado la vida de la humanidad».

Todas esas historias necesitan de una sociedad que las crea y medios que las repitan una y otra vez hasta volverse verdad. Lo que se publica toma fuerza, controla, manipula y dirige. Terminamos creyendo todo aquello que surge de los medios olvidando quién está detrás de ellos. Por eso los dictadores toman el control de dichos medios: para contar lo que conviene a sus propósitos. Abusan de la historia, la hacen ver de todas las formas posibles y nosotros —que no solo tenemos memoria corta, sino además falta de análisis— la creemos.

Nuestros pueblos perdieron el gran poder de sus historias del mismo modo que hemos dejado que corruptos manipulen la verdad. La propaganda ha imperado.

En Honduras, mi país, no solo se ha perdido la historia y vivimos con memoria corta. También perdimos la valentía, la sensatez y hasta nuestro territorio. Ya no tenemos patria. Probablemente la historia implacable nos borre. Quizá no nos interese la verdad. Paul Veyne, en su libro ¿Creyeron los griegos en sus mitos?, dice que «los hombres no encuentran la verdad; la construyen, como construyen su historia».

¿Qué será de la humanidad con una historia forjada sobre mentiras?

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