Centroamericanos: hablemos del matrimonio

Centroamericanos: hablemos del matrimonio


Por GABRIELA GRAJEDA ARÉVALO | DIVERGENCIAS

En Centroamérica es preferible que a una mujer el marido la golpee a que sea una divorciada.

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Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literal

En nuestros países centroamericanos el tiempo cambia y la gente se casa. Las bodas se empiezan a planificar de noviembre a marzo, cuando el cielo se vuelve rosado por las tardes y abunda la brisa fresca. Pero al platicar con europeos, gringos y sudamericanos sobre la forma en que la mayoría de los noviazgos eternos terminan en matrimonio puedo notar que se escandalizan de la manera cuadrada en la que la gente decide unirse a otra como en el medioevo.

Hace unos meses un amigo me dijo que se iba a casar y agregó algo que se me quedó grabado: «Es que ya toca». Su situación es la misma que la de mucha gente joven, en la que la presión social los obliga a casarse. Las mujeres de más de 30 que no se han casado sienten que las «deja el tren» y socialmente no es bien visto que no esté comprometida o por lo menos tenga novio si tiene más de 33; porque —como dirían las viejas en los pueblos— «se va a quedar para vestir santos».

En el caso de lo hombres, si sus amigos ya se están casando y son varias las veces que han sido padrinos de alguna boda, significa que la suya es la siguiente, así quieran a su pareja o no. (No serían padrinos si no fueran candidatos a boda porque nadie quiere al eterno solterón de padrino, es mala influencia). Cuando le pregunté a mi amigo si sentía que había llegado la persona indicada, me contestó con un «Sí, sí lo siento», como si se estuviera convenciendo.

Él no es la primera persona que conozco que esté desesperada por contraer matrimonio y, de hecho, abundan en Centroamérica.

Hay un patrón que seguimos y para el que nos crían desde pequeños, sobre todo a quienes estudiamos en colegios católicos, y consiste en ver la vida como un mapa ya trazado, como esos dibujos hechos de patrones cuyos puntos se deben unir con líneas para que aparezca la forma: estudiás, conseguís pareja y te casás. Por eso he llegado a notar una suerte de superioridad de las mujeres que están comprometidas por sobre las que no. Como si hubieran alcanzado por fin una cima, el punto culmina el mapa, el tesoro. Tienen ese brillo en los ojos de «Me escogieron, que pena que a vos todavía no».

Pero esa superioridad se extiende también cuando ya están casadas porque la mujer casada es respetable, tiene un estatus y un nombre compuesto. Es la «señora de» tal y no solo una fulana. Por eso lo primero que cambian, al día siguiente de haberse casado, es su nombre en Facebook. He visto casos de mujeres que se casan solo por tener ese estatus y no se divorcian ni aunque su pareja sea una porquería. Entonces, para «remediar» esto, optan por tener hijos. Porque en países como los nuestros es preferible que a una mujer el marido la golpee a que sea una divorciada.

El problema no es la edad, tampoco la decisión. Al fin y al cabo, cada uno decide hacer con su vida lo que le dé la gana. El problema es la forma en la que la sociedad te excluye o te incluye si estás casado o si no lo estás.

En Guatemala, por ejemplo, son muy pocas las parejas que conviven antes del matrimonio. De las «familias decentes» salen mujeres casadas porque una mujer que convive con un hombre, sin casarse, es una puta. Sacan sus cosas en una maleta, vistiendo el traje de novia aún, y ese día se dan cuenta de que el marido que escogieron, que le caía bien a la familia y tenía un buen apellido (el «buen partido») no hala la cadena del retrete y no es el hombre respetuoso y romántico que aparentó ser.

He conocido parejas de novios donde él la va a dejar a la casa de sus papás, como todo un caballero, pero solo luego de haber tenido relaciones sexuales en el carro. Él se despide con un beso en la puerta para que los vecinos no vayan a hablar mal. Entonces ella llega a su habitación y se pregunta cuándo él se hincará para «darle el anillo» (mejor si es grande la piedra, así se ve más claro en Instagram). Ahí empieza ese ciclo de «ya toca».

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