«¿Quién las manda a andar de putas?»


LeoLa existencia de un loby gay, como muchos le llaman, que se ha organizado con la intención de destruir la familia tradicional y atentar contra los valores morales del cristianismo heterosexual es una teoría conspiratoria tan absurda como aquella que afirmaba que el Coronavirus fue creado en un laboratorio chino —y por ende, comunista— con el fin de iniciar una guerra viral contra las naciones capitalistas del orbe para eliminar a la población no económicamente activa. Tan absurda, incluso, como pensar que las vacunas incluyen un chip destinado a lavarnos el cerebro para tener un control sobre la población mundial.

A las minorías poderosas les encanta propalar este tipo de teorías porque en ellas encuentran una justificación para fundamentar su intolerancia y prejuicios de clase. Sin que quepa la menor duda, estos grupos de poder están convencidos de que estas ideas encontrarán tierra fértil en la mentalidad de las masas que oscilan entre la ignorancia funcional y a superstición religiosa.

Así, la generalidad de las personas anda por el mundo convencida de que existe una oscura organización, equiparada al nazismo alemán, que disfraza sus oscuras intenciones bajo la máscara defensora de los derechos humanos. Ciertamente, estas ideas tienen relativo éxito entre las capas medias de la sociedad que han tenido acceso a la educación formal y universitaria. Por lo menos así funcionan las cosas en los países del quinto mundo, como los de América Latina. Esto solo nos lleva a cuestionarnos los valores que hoy protegen los modelos educativos neoliberales y con marcada influencia religiosa, que más allá de toda esa verborrea etiquetada bajo el título ostentoso de modernas corrientes pedagógicas hacen evidente sus terribles deficiencias.

Hace algunos días discutía con una amiga sobre las causas de la homofobia. Una de las más valiosas conclusiones a las que se ha podido llegar es que, al contrario de lo que se creía antes, la orientación homosexual no es una enfermedad y la homofobia sí lo es. Por lo común se piensa que el homofóbico es un homosexual reprimido y, sin duda, habrá muchos casos de homofóbicos que expresan su repudio a través de la violencia contra aquellos que son lo que ellos tienen terror de aceptar en sí mismos.

Sin embargo, pretender generalizar que todos los casos de homofobia obedecen a la represión de una homosexualidad termina siendo una respuesta segmentada e individualista de un problema que atañe a toda la sociedad. Imaginamos, entonces, que los homofóbicos son una especie de trastornados solitarios que salen todas las noches con un cuchillo en mano a una cacería gay. Por supuesto que en ninguna circunstancia minimizo las terribles consecuencias de los actos que cometen estas mentes enfermas; pero al final, de lo que nadie parece darse cuenta es que la homofobia es un cáncer social que ha invadido todos los espacios y ha contaminado a la mayoría de la población. El verdadero problema es social: la sociedad misma es homofóbica y sus instituciones han sido las verdaderas responsables de expandir esta pústula dentro del tejido social. No solo es homofóbico el que mata o lincha a personas de la diversidad. Lo es también quien dice que no tiene problema con la gente gay siempre y cuando no se metan con ellos; o quienes insisten en ver a las personas de la diversidad como muy friendly, aunque nunca sean tomadas en serio.

Aceptar la idea de que existen poderes oscuros conformados por empresarios, políticos y hasta por los mismos líderes religiosos es tan homofóbico como levantar de noche a un travesti para patearle el trasero. No nos engañemos ni seamos hipócritas. Negar el derecho que tiene una persona a ser feliz, a expresar el cariño a la persona que ama, a no permitirles adoptar, a no reconocer legalmente su unión, a no permitir que puedan heredar los bienes de sus compañeros o compañeras de vida, sin contar los agravios, las burlas y los motes a los que son expuestos, termina siendo una conducta tan cruel como cualquier tipo de agresión o tortura que se cometa contra esta población.

Junio ha sido declarado el mes que celebra la diversidad. Irónicamente, el viernes pasado por la noche fue asesinada de la manera más vil Andrea González, una activista de derechos de la comunidad LGBTIQ. Como cualquier hecho de violencia, es repudiable. Sin embargo, su caso pasará a los archivos de crímenes que nunca serán resueltos en Guatemala, este miserable país. Es más: un caso que, para la mayoría de las personas, no merece siquiera ser investigado. «¿Quién la manda a andar de puta?», dirán las lenguas de bien, pensando que con eso ya pueden dormir con sus conciencias tranquilas.

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