Murámonos Federico. Más tiempo para pensar


Diana Campos Ortiz_ perfil Casi literalPero yo quiero ser triste porque cuando uno es triste queda más tiempo para pensar.

Antes de dar una respuesta Federico se meció quince veces en su poltrona. Los abogados de la compañía bananera enviados por el gringo para que firmara la venta de su finca en Siquirres, en el húmedo Caribe costarricense, lo veían con desesperación. «¿Qué le pasa a este viejo loco?», se preguntaban mientras sudaban chorros y empapaban sus citadinas camisas. La pregunta no era compleja: era de decir si sí o no. Nada más. Si recibió las cartas o no. ¿Cuáles cartas? Algo así fue lo que respondió Federico.

Desesperar es un arte. Y para relatarlo Joaquín Gutiérrez, el autor de la novela Murámonos Federico narra: «1, 2, 3 veces. Hasta que pasan 15 mecidas. Es un método infalible para irritar a cualquiera, así le enseñó su abuelo a Federico, un viejo más loco, cascarrabias y chichoso que él. Así, con mecidas que parecen interminables y el silencio sepulcral, estremecidos por el calor, los ruidos desconocidos de la selva tropical, y los zancudos —siempre inclementes— poco a poco, abogados, tan fieles a su patrón, desesperados, se dan por vencidos».

Murámonos Federico es una novela del escritor costarricense Joaquín Gutiérrez, publicada por primera vez en 1973 y galardonada ese año con el Premio de la Editorial Costa Rica (en su primera edición). En la contraportada de la edición que tengo explican la trama así: «Aúna en ovillo de muy bien combinada trama y desarrolla un problema agrario de fuerte impacto antiimperialista, conflictos familiares y personales tratados con perspicacias psicológica, en que como al aguafuerte se retratan capas de nuestra burguesía».

Yo estoy de acuerdo con esa descripción tan florida, típica de los años 80, pero creo que la novela es más interesante y profunda que un problema agrario y un retrato de la burguesía terrateniente de mediados del siglo XX en Costa Rica. Creo que es una novela sobre la locura y el amor-desamor romántico enmarcada en los conflictos de un modelo de desarrollo capitalista y extractivista, y en el contexto de enormes cambios culturales en el país vinculados a procesos tanto globales como locales.

También creo que antes de escribir Murámonos Federico, Joaquín Gutiérrez se meció muchas veces en su poltrona, como probablemente le enseñó su abuelo. No para desesperar, pero sí para no escribir cualquier cosa. Es una obra pensada, conmovedora, reflexiva y llena de rinconcitos, recovecos y laberintos narrativos.

Es la historia de un hombre que no quiere vender su finca a los gringos y los gringos le hacen la vida imposible hasta que queda en la ruina. Es la historia también de una mujer que transita, de forma decidida y locuaz, hacia la locura. Es una historia de desamor, de una pareja que se rompe (como tantas otras parejas) en medio de los imposibles y las contradicciones de las economías agroexportadoras y los amores románticos, que sucede al tiempo de los cambios culturales y económicos de la segunda mitad del siglo XX: una historia nada nueva en América Latina. Pero muy bien contada.

Leo Murámonos Federico desde hace un año, casi sin querer, por segunda vez. La primera fue cuando tenía 20 años y algunas de las frases sobre la locura me habían parecido brillantes, casi monumentales. Pero tampoco es que las recordara tanto. Desde entonces lo estoy leyendo con interés, pero con pausa. Lentamente, pero con fluidez. Y siempre con cautela. Leer a Joaquín Gutiérrez no es una tarea sencilla.

La relectura sucedió por casualidad. Mi hijo apilaba libros en una torre como si fueran sus tuquitos de colores. En medio del caos que significa que una persona de un año construya con libros, apareció Murámonos Federico. Casi sin querer leí una, dos, tres, cuatro páginas. Quizá por su narrativa, que es veloz e inteligente, a veces se pausa, se convierte en un paisaje llano, para llegar a hacer una comparación del tipo que la mente de una mujer se vuelve un hormiguero.

Ajedrecista y novelista, político y viajero, y con mucha imaginación y manejo del lenguaje, Joaquín Gutiérrez califica como un buen escritor. Esto lo digo porque he estado recordando otros libros suyos, como por ejemplo Puerto Limón o Los azules días, su autobiografía. Por esta última conocí más a Eunice Odio y a Yolanda Oreamuno. También descubrí que el bisabuelo de una de mis mejores amigas resultó ser un general de la revolución mexicana de lo más particular, que llegó exiliado a Costa Rica y que con ello recuperé para mi amiga un pedazo de su historia no oficial.

Tengo mis sospechas, infundadas y no comprobadas, de que buena parte de la información de La fugitiva de Sergio Ramírez salió de la autobiografía de Gutiérrez. Novela que por lo demás disfruté muchísimo y me parece un gran logro. Además, sigo sin entender cómo un señor nicaragüense de Masatepe logró construir personajes que hablaran igual que mi abuela, con ese tonito de señora de bien costarricense, criada entre caminos de tierra y café con leche.

Además, es que Joaquín Gutiérrez ha estado en medio de importantes debates en Costa Rica. Yo, como todos los niños y las niñas de Costa Rica de mi generación, leí Cocorí, un texto infantil de este autor, porque era una lectura obligatoria en la escuela. Pero los niños y las niñas ya no lo leen de forma obligatoria gracias a un grupo de mujeres afrocostarricenses lúcidas y valientes que demostraron cómo esta obra expresa y difunde prácticas racistas en niñas y niños.

De Cocorí a mí solo me gustaban, y mucho, las ilustraciones que el libro tenía, pero me chocaba la historia de fondo del niño negro y pobre, enamorado de la niña rubia bien vestida con zapatitos de charol y vestido rosado. Con toda esta polémica, sin hacerlo muy consciente, yo también dejé de leer a Joaquín Gutiérrez.

Sin embargo, he estado pensando que Cocorí no es una obra aislada. Sus temas y sus paisajes los encuentro en tantas otras novelas e historias del mainstream latinoamericano. La misma narrativa que ha poblado años de años los boleros y telenovelas. O sea, los romances imposibles atravesados por la raza y la clase, y las narrativas construidas desde el privilegio de raza, de clase y de género de quienes han tenido mayor posibilidad de escribir, y mayor publicidad y visibilidad de sus obras: los hombres blancos (no racionalizados, digamos) de las élites de América Latina.

Joaquín Gutiérrez fue un talentoso narrador con una capacidad a veces sorprendente de comparar personajes, pasajes y emociones con los objetos y situaciones más insospechados. Por ejemplo, con conversaciones que suceden como hojas de árbol cayendo o con sus descripciones crudas y atinadas de cuerpos, de paisajes, de ideas, de emociones y de políticas. Pero también fue un hombre de su época: con un marcado compromiso social y político, y una obvia falta de tacto para el manejo de temas que ahora nos parecen fundamentales: la raza y el género.

Releer un libro, por otro lado, es la mejor manera de darse cuenta de que nunca somos las mismas personas: ¿Cómo es posible que cuando tenía 20 años no me escandalizó de manera más contundente la forma en que se construyen los personajes femeninos en esta historia?

Releer es como verse en un espejo. El reflejo muestra quienes somos y quienes fuimos. En ese espejo de la relectura de este libro he ido reconociendo algo que me hace sentir orgullosa: la sensibilidad cada vez más aguzada para dejar de normalizar a las mujeres que aparecen en las novelas escritas por hombres, en las que tienden a ser objetos, cosas que se roban y se cogen, máquinas que producen chiquitos, mentes que reciben la moral de los padres de la Iglesia sin chistar, robacorazones cargadas de perfidia, víctimas que sufren el abandono de la pareja, hijas que transitan entre la obediencia, el deber y la culpa o sirvientas para descargar las iras y los deseos. No niego que también haya mujeres liberadas y emancipadas, pero son las menos. De hecho, fue inspirada en una de Murámonos Federico que decidí comprar una moto para ser como ella e ir en vespa a pasear al volcán.

Cuando seguí leyendo Murámonos Federico decidí hacerlo como un ejercicio consciente de este espejo: ¿Se puede obviar el racismo y aun así encontrar en Joaquín Gutiérrez a un buen narrador? ¿Se puede separar al autor de sus prácticas? ¿Se puede separar la obra de un autor entre la racista y la no racista, entre la machista y la no machista, entre la clasista y la no clasista? Esta discusión, por supuesto, no empieza ni termina con este autor. Las mismas interrogantes —es una obligación— me las hago con tantos artistas y pensadores de las letras, la música, el cine, la pintura y la política.

No espero que este autor tenga una sensibilidad feminista con carácter retroactivo, aun así, lo sigo leyendo. No quiero privarme de sus hazañas narrativas o de su capacidad de imaginar el diario de un niño que escribe esto: «Cuando uno es triste queda más tiempo para pensar».

Lo disfruto: es un narrador potente. Sus textos están cargados de sensibilidad social y humana, y de reflexiones que me interpelan, me sorprenden, me conmueven. Pero tampoco es que me encante.

Así recomiendo releer los clásicos universales, latinoamericanos y criollos. Y los no clásicos también: con curiosidad y, sobre todo, con cautela.

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