El 2666 de Roberto Bolaño y por qué no salimos a protestar_ Casi literal

El 2666 de Roberto Bolaño y por qué no salimos a protestar


Por JAVIER STANZIOLA | EXPULSANDO A COELHO

Como en el caso de la montaña de muertas que lista Bolaño en 2666, a nadie le ha importado la decena de abusos a los derechos humanos que en Panamá se han evidenciado a diario durante esta pandemia.


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Javier Stanziola_ Perfil Casi literal«En junio murió Emilia Mena Mena. (…) En el informe forense se indica que fue violada, acuchillada, y quemada, sin especificar si la causa de la muerte fueron las cuchilladas, o las quemaduras, y sin especificar tampoco si en el momento de las quemaduras Emilia Mena Mena ya estaba muerta». Así nos cuenta Roberto Bolaño una de las tantas muertes sin sentido que se acumulan en cada línea de la cuarta parte del libro más extraño que yo haya leído: 2666.

En mundos que se me antojaban autárquicos, las más de 1,100 páginas de 2666 me fastidiaban porque presentía que eran producto de un descarado solipsismo. Entre tantos malabares de palabras, historias sin conflictos y personajes contagiados por la desidia, esta novela me parecía un lujo que solo alguien de las élites se puede permitir. Después de todo, con un buen equipo de promoción y mercadeo y un jugoso adelanto monetario de alguna de las editoriales nadando en el oligopolio, cualquiera se puede sentar a escribir lo que le dé la gana. Debo admitir que si seguía leyendo esta pesada novela era porque la esnobería intelectual que me hunde me prometía que esta acción me garantizaría la renovación de la membresía al club de los semi-escritores que nadie conoce.

«El 11 de mayo a las 3:30 de la tarde, residentes de Calle O, en San Miguelito salieron a ejercer su derecho constitucional a la protesta debido a que las ayudas prometidas no aparecían. Su justa demanda no fue atendida por autoridad alguna, al contrario, el eco de su reclamo encontró una respuesta violenta por parte de la Policía Nacional. (…) Luego de los gases lacrimógenos, toletes y descargas eléctricas llegó el turno de la violencia institucional. El sistema de administración de justicia (…) les imputaba cargos [como] “Delitos Contra la Salud Pública”…» Esto nos lo cuenta Antónima, un grupo de activistas que en redes sociales se describe como «Comunicación para transformar la sociedad». Como en el caso de la montaña de muertas que lista Bolaño en 2666, a nadie le ha importado la decena de abusos a los derechos humanos que en Panamá se han evidenciado a diario durante esta pandemia.

Al ver el video de Antónima, la tortura bolañesca autoimpuesta rindió fruto en mi cabeza. 2666 es un texto disruptivo no solo porque reta la historia que nos contamos entre nosotros para calmar nuestra ansiedad y hacernos creer que la razón, la tecnología, Angela Merkel, Donald Trump, Nicolás Maduro, el Mesías, el científico social y la bióloga nos están encaminando al inevitable desarrollo sostenible que merecemos. 2666 es devastador porque ilustra en cada oración cuán indiferente somos a la humanidad de las personas que no conocemos a piel. Cada historia nos hace ver cómo los derechos humanos pesan por inconvenientes, por burocráticos, por invisibles.

Me tomó cinco años leer 2666 y un semestre de pandemia para entender cómo los seres humanos somos capaces de compartir el sulfuroso hedor del horror de los abusos a los derechos humanos. Y si no nos afecta directamente o no podemos formar una campaña con patrocinadores multinacionales nos ponemos una mascarilla sobre la boca y seguimos adelante con el tufo ardiendo detrás de nosotros.

Nuestra sociedad —lo veía claro Bolaño— no surge de la fraternidad. A nosotros nos da vida la violencia. Bolaño y los videos de Antónima van más allá de trilladas críticas al neoliberalismo y a los supuestos poderes ocultos. Ambos me hacen cuestionar el batido que surge del disfrutar y sentir indiferencia al leer y ver violencia desde la comodidad de un sillón con aire acondicionado y notificaciones de Twitter.

Estoy seguro de que muchos salen de sus casas y van a las calles indignados a alzar su voz. Y si tienen la suerte de no ser aprehendidos por las personas que deberían estar protegiendo la democracia regresarán a sus casas, leerán más libros, recibirán más notificaciones y seguirán la trama de violencia de más de 1,100 páginas.

Y están los que, como yo, nos quedamos en casa siempre, pensando en la inmortalidad del cangrejo que recurrentemente ocurre en la esquina donde la irresponsabilidad se junta con la complicidad. Era más fácil saber qué hacer, me dice la nostalgia irresponsable y cómplice, cuando los opresores abiertamente se etiquetaban como opresores. Pero como en 2666, las caras de los personajes que vemos ahora no son las de los opresores. Los policías y funcionarios públicos que vemos destruyendo la humanidad de otros están bien pagados y tienen acceso a carros alquilados (sin ribetes inconvenientes que anuncien que solo deberían ser para uso oficial) y choferes para que lleven a sus madres y tías de shopping.

Pero ellos no saben para quién trabajan. Ellos solo son títeres que miran hacia el frente, nunca hacia arriba. E igual que los personajes de 2666 podremos pasar horas caminando y manejando bajo el sol del desierto buscando a los culpables que nunca encontraremos.

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