Cómo habría dibujado Francisco de Goya la pandemia del COVID-19_ Casi literal

¿Cómo habría dibujado Francisco de Goya la pandemia del COVID-19?


Por ELIZABETH JIMÉNEZ NÚÑEZ | LA PALABRA CARMESÍ

El hueco que imaginaría mi querido Goya entre el Papa y la silla no sería real, pero quedaría en el papel. La gama cromática de Goya sería reducida. «Llevemos un poco de ocre a la escena», le diría yo, y Goya me diría que no.


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Elizabeth Jiménez Núñez_ perfil Casi literalPodríamos arrancarnos un pedazo de piel y dibujar. Yo recurriría al Mendigo con bastón en la mano izquierda, de Francisco de Goya. El gesto está en las pupilas del mendigo, quien ni siquiera se distingue. Es la imagen de Europa, quizá el rostro de España, que no dormía. No es fácil entender cómo el dibujo atraviesa siglos y revienta certidumbres. Nace en mi cabeza después de días de recogimiento involuntario, para no llamarlo cuarentena.

Un cuestionamiento válido: ¿Cómo habría pintado Francisco Goya la pandemia? Quizá habría dibujado unas cuantas camas con hombres y mujeres adoloridos, bañados en sangre vieja, observados por su mendigo, sufriendo continuamente.

Goya me llevaría en el mundo de lo onírico a revisar algunas imágenes de la colección «Pinturas negras», con escenas donde el día muere en ausencia de luz. La visión anticipada del dibujo actual, una mezcla entre el pesimismo y lo irreal. «Expresionismo», diría mi querido Goya. Entonces contemplaríamos juntos una imagen del Papa Francisco en Roma, viendo la televisión en ese contexto religioso cuyas fronteras nos dejarían saber —como en la ficción— que no necesariamente estaríamos viendo imágenes de Italia, sino más bien un juego de dudas geográficas donde la esperanza se escondería.

Goya trazaría una línea muy bien demarcada. Abriría campo a la fuerza rasgando el papel pergamino, dibujando una Plaza de San Pedro que no existe. El rostro del Papa abatido como el mendigo que alberga la pregunta en la pupila. Un Papa ¿sin destino? ¿Es el Papa o el mendigo?

Continúa el dibujo: una silla en medio del vacío hasta ahora nunca sentido, una alfombra que aplastaba sin miramientos la silla en medio del aislamiento gris. El hueco que imaginaría mi querido Goya entre el Papa y la silla no sería real, pero quedaría en el papel. La gama cromática de Goya sería reducida. «Llevemos un poco de ocre a la escena», le diría yo, y Goya me diría que no.

Después del delirio dejaría dormir a los dos Franciscos para irme a dormir yo. Vendría mi tiempo de dibujar, sacaría dos hojas de papel blanco. En una de ellas pondría las figuras diminutas de médicos, enfermeras, mensajeros, personal de limpieza y vendedores, entre muchos otros valientes. En la otra pondría las figuras gigantes de los mendigos, las prostitutas, los niños sin infancia y los desquiciados. Pondría a Saturno devorando a su hijo y, en los ojos saltones de él, vería la monstruosidad del contexto: un enemigo invisible más allá del COVID-19.

Francisco de Goya me vendría a visitar con su túnica sin color y me diría lo que ya el diccionario de los símbolos ha dicho y redicho: la medicina es coincidencia y correspondencia, piedra y metal, la panacea, el elixir o el bálsamo. Pero también es la sustancia difícil de tomar que enferma antes de aliviar, y a la que hay que sobrevivir antes de que pueda salvarnos.

El COVID-19 representaría ese dibujo a mano alzada donde el mundo guarda reposo sin quererlo; donde el dibujo muestra duda, pobreza, sangre, desafíos políticos, recesión económica, lentitud, cierres, aislamiento, enfermedades físicas y mentales, desesperanza, colapso, hospitales sin capacidad y, sobre todo, lo más importante (el último dibujo): las casas trazadas con lápiz grafito donde aguardan muchas familias, sin saber exactamente qué depara el futuro.

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