La lectura como verdadero placer (sin clichés)


Lissete E. Lanuza Sáenz_ Casi literalDesde pequeña vi campañas diseñadas para promover el hábito de la lectura. En la escuela —e incluso años después, en la universidad— me asignaron libros como asignatura y no todos eran textos escolares. Leer a Gabriel García Márquez o a Rogelio Sinán, aprender un poema para recitarlo al frente del salón de clases y otras actividades relacionadas a la literatura eran obligatorias. La lectura, para quienes pasamos por esas experiencias, casi nunca fue una actividad que se hiciera por placer. O al menos para mí no comenzó así.

Por supuesto, resulta que luego crecemos y, para algunos, de la costumbre surge algo más. Hoy no leo porque una maestra alguna vez me haya dicho que debía hacerlo, sino porque lo disfruto genuinamente. Para ello selecciono los libros que me interesan, los que van a hacer mi tiempo de lectura más placentero. En otras palabras, me aseguro de leer lo que sí me gusta leer y no los que otras personas esperan que lea.

Claro, también suele pasar que leo lo que las grandes editoriales «deciden» que debo leer: esas obras y autores en los que invierten dinero y, por consiguiente, influencias y publicidad. Muchas veces estas apuestas no resultan lo que esperaba y esa parte es un poco más difícil de controlar.

Sea de una u otra forma, leer es una acción que llevo a cabo diariamente por decisión propia. Sé que no todo el mundo lo hace y que —al menos en Centroamérica y particularmente en mi país, Panamá— es una actividad cada vez menos popular. Pero nada de eso influye en mi decisión de tener contacto con un libro todos los días.

Lo que se impone a la fuerza casi nunca es bueno. Así como hay gente adulta que no come brócoli porque sus papás los obligaban a comerlo desde pequeños, hay personas que no leen porque los obligaban a hacerlo en la escuela. Sin embargo, tampoco se trata de abandonar la idea de leer desde pequeños, pues si alguien no cultiva el hábito en alguna parte de su vida, jamás podría llegar a leer por placer.

La lectura es —y debería ser siempre— un escape, una forma de conectar con experiencias diferentes a las nuestras. Una forma de aprender sin que esto se sienta como una obligación. Por esta razón habría que darles a los niños un mayor poder de decisión sobre lo que leen y cuándo lo leen. Al final se trata de que lean y disfruten haciéndolo. Lo que decidan leer será cuestión de cada uno. Una vez creado el hábito, el resto de su vida tendrán mucho tiempo para reflexionar sobre lo leído para reafirmarse, o bien, evolucionar como lectores.

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