Irene es una piedra santa


Michelle Juárez_ Casi literalEn agosto de 1990, dos meses antes de graduarme como maestra para párvulos, llegué a las oficinas que se convertirían en mi hogar, mi escuela y mi refugio. En ese momento no lo sabía. Simplemente era el lugar donde trabajaba la mamá de una de mis mejores amigas. “Muchis, en la editorial necesitan contratar promotoras”, dijo Esperancita y yo acepté ir a la entrevista.

Necesitaba dinero para independizarme inmediatamente después de mi graduación. ¿Por qué? Porque era una niña de dieciocho años con una promesa por cumplir: probar que era autosuficiente.

Esa tarde de miércoles, en el tercer nivel del edificio ubicado en la 5ta. calle 7-55 Zona 1 de la Ciudad de Guatemala, me quedé dormida mientras esperaba que me atendieran. Cuando me despertó la amable secretaria yo moría de la pena. Me puse de pie, alisé un poco mi falda de colegiala del Belga y entré en la oficina de mi querida Rubí González. Estoy segura de que me contrataron solo porque era amiga de la hija de la gerente de producción, pero el caso es que salí de allí con cinco libros que debía promover en las universidades del país.

Unas semanas después conocí a Irene. Sí, a Irene Piedrasanta, la leyenda, la gestora editorial, la incansable, la promotora de la ley del libro, la creadora de la Gremial de Editores de Guatemala y de la FILGUA, la empresaria, la mujer más decidida, visionaria y generosa que conozco. Ella regresaba de Madrid, donde había firmado contrato con Carmen Balcells para convertir a Piedrasanta en la primera editorial guatemalteca en publicar a nuestro Premio Nobel de Literatura.

«¿Cómo ha ido la promoción de los libros?», preguntó. Mis dos amigas y yo, acostumbradas a responder preguntas directas, comenzamos a explicar con pelos y señales todo lo que los catedráticos de las universidades nos decían. Irene nos escuchó como si le hablaran las asesoras más experimentadas del mundo. Tomaba notas y al final nos dio una cátedra que me dejó con la boca abierta. Para diciembre de ese mismo año solo yo quedaba del grupo inicial de “promotoras practicantes”. Me había enganchado el mundo editorial.

No quiero sonar cursi, pero considero a Irene como mi mamá intelectual. Con ella aprendí a ser editora, ella me conectó con mi pasión y mi propósito. Con su particular estilo pragmático, sin bombos ni platillos y sin aspavientos me enseñó a nadar tirándome al agua sin salvavidas.

Ella siempre me propuso retos. Saqué mi licencia de manejo porque Irene me dijo que debía llevar a un colombiano por todo el suroccidente del país. Tramité mi pasaporte porque Irene me pidió que viajara a promover libros por Centroamérica. Me convertí en experta en técnicas de lectoescritura porque Irene me mando a México a dar una ponencia frente a quinientos maestros. Fui la coordinadora editorial de mi primer libro ilustrado para niños porque Irene se iba de viaje a Israel y me dejó el manuscrito sobre mi escritorio. Estudié edición en el extranjero cuando mi hijo tenía cinco años porque Irene me dijo: «Mira esta beca, deberías aplicar».

Ahora, tres décadas después y toda una historia de aventuras entre libros, yo, una de sus pupilas, talvez la más errática y la menos disciplinada, rindo un humilde reconocimiento a mi querida Irenilla, la roca fuerte y sagrada sobre la que se fundamenta el quehacer editorial de la región.

Ver todas las publicaciones de Michelle Juárez en (Casi) literal

¿Cuánto te gustó este artículo?

Califícalo.

5 / 5. 12


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

desplazarse a la parte superior