Lo que me hace «machis»

Javier Stanziola_ Perfil Casi literalYa lo sospechaba. Mis años soñando con conocer a mi propio José Bardina de Lupita Ferrer no fueron en vano: soy un machista, o «machis», como dicen las personas que en lugar de tranquilo dicen «tranqui» y en lugar de obvio, dicen «obvi».

Recientemente conversaba con un grupo de conocidos sobre las cifras de desempleo en Panamá, mismas que sugieren que alrededor de 26 mil 490 personas han dejado de buscar trabajo porque «no encuentran quien se ocupe de los niños» y de las cuales 0 son hombres y 26 mil 490 son mujeres. Esto se refleja en la tasa de personas económicamente activas: 79% de los hombres trabajan o están buscando trabajo en Panamá, comparado a un 53% de las mujeres.

Esta estadística es evidencia de los problemas estructurales que enfrentan las mujeres para entrar y permanecer en el mercado laboral. En esta reunión con conocidos, se me ocurrió sugerir que para entender realmente las dinámicas de desigualdad de ingreso en nuestro país, uno de los primeros temas que deberíamos abordar es el de género. Soy de la opinión —compartí— que una manera de comenzar a resolver este problema es con inversión pública en más y mejores guarderías.

En ese momento me pareció que mi idea fue recibida con el acostumbrado desinterés que enfrentan todas mis genialidades. Semanas después, por una amiga que conoce a una de las conocidas en la reunión, me enteré de que en realidad mi intervención había cimentado mi fama de «machis». Además de mostrar el peor caso de mansplaining, las guarderías son herramientas del sistema para obligar a las mujeres a entrar al mercado laboral y al yo sugerir esta idea tan anticuada me convertí en un retrógrado con el que toda feminista —según le advirtieron a mi amiga— debería lidiar con mucho cuidado.

Confieso que sé muy poco de feminismo, pero lo que sí sé es que me preocupa inmensamente que estemos llevando a nuestras conversaciones cara a cara el estilo voraz, cortante y bloqueador de las redes sociales. Me preocupa muchísimo que mi idea haya sido considerada tan ridícula y que no mereciera una respuesta. Quizá, como parte de la conversación que no ocurrió, hubiese llegado a entender mejor que la prioridad debería ser extender la licencia de maternidad, que en Panamá a duras penas llega a los tres meses de nacida la criatura. O quizá esa no sea la solución, no sé, pues no pude tener la conversación.

Me preocupa que al decir algo que revele ignorancia sobre complejas dinámicas sociales una persona sea privada de la maravillosa experiencia de mantener una conversación y aprender del otro. En su lugar, en asuntos de feminismo, diversidad sexual y otros importantes temas sociales y culturales, pareciera que solo disfrutáramos conversar con personas que han leído e interpretan de manera similar los mismos textos y las mismas experiencias de vida. ¿Por qué? Me parece que a veces tenemos que dar la bienvenida a que el otro hable de lo que no ha vivido, para así poder entendernos mejor. Obvi que, si luego de explicar un par de veces aún vive la ignorancia, no hay más remedio que reportar y bloquear.

¿Quién es Javier Stanziola?

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Javier, ya que te gusta conversar con personas que tienen otras experiencias, te cuento la mía: lo primero que tengo que decirte es que no soy centroamericana, soy sudamericana. Luego, que estoy retirada después de haber trabajado durante 44 años y, por lo tanto, no soy de la generación del obvi, ni del machis, ni mucho menos del tranqui…
    Cuando salí a trabajar, muy joven, lo hice por necesidad. Luego, ya adulta, por afirmación personal. Y cuando mi esposo perdió por primera vez su trabajo, lo hice para garantizar la comida de mis hijos.
    En esas ocasiones aprendí que una de las cosas que debemos mejorar para la inserción de la mujer en el trabajo, además de las licencias más prolongadas en favor de la crianza de los niños, es la educación de los varones. Y me refiero a la educación familiar y no escolar.
    No tuve problemas mayores, aún teniendo hijos pequeños, porque mi esposo asumió las tareas domésticas y la crianza de los hijos con alegría y fortaleza. No sabía cocinar, pero aprendió; no sabía cambiar pañales, pero llegó a hacerlo mejor que yo; no tenía idea de cómo hacer la compra de alimentos, pero llevaba a los niños al súper y les preguntaba “¿Esta marca es la que compra mamá?” y así, divirtiéndose los tres como locos, teníamos asegurada una vida tranquila. Y yo llegaba a la noche y tenía un plato de comida rica y caliente, esperándome en la mesa servida por mi esposo. Su madre no le había enseñado nada de las tareas domésticas, pero sí acerca del amor y la valoración del esfuerzo del otro.

  2. Javier Stanziola dice:

    Me ha impactado mucho tu historia. Se me hicieron lágrimas los ojos. Gracias por compartir.

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