Mujercitas (o la virtud de los clásicos)

Mujercitas (o la virtud de los clásicos)


Por ANGÉLICA QUIÑONEZ | TINTA BLANCA

Lo que quizá hemos olvidado en esas anticuadas Mujercitas es el amor seguro y considerado que las mujeres formamos cuando no existen etiquetas para las gordas, las estúpidas, las zorras, las creídas, las mantenidas, las santurronas, las ridículas o las intensas.


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Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Recientemente me hallaba en una abarrotada sala de cine llorando silenciosamente la agonía de Beth en la última adaptación de la brillante Greta Gerwig. Más de alguna vez me he desahogado en este espacio porque no veo diversidad ni innovación en el imaginario popular, pero antes que una tibia retracción, esta experiencia me recordó por qué llegamos a elegir clásicos literarios y qué valor continúan regalándonos muchos siglos después cuando pasan al dominio público. Y claro, desde este momento extiendo la alerta de spoilers para una novela publicada en 1868.

Recibí mi primera copia de Mujercitas cuando tenía 11 años. La verdad es que sabía muy poco sobre el libro: específicamente que era una historia vieja sobre cuatro hermanitas. Supuse que era la experiencia más afín al melodrama bucólico de Candy (el famoso animé que mis padres me habían prohibido) y mi tío abuelo me regaló la copia traducida e ilustrada con el estilo del Barco de Vapor.

Devoré el libro en cuestión de días, ansiosa por comentarlo con alguien que nunca me encontró. Francamente, las aventuras domésticas de cuatro señoritas blancas y cristianas no sugieren un viaje apasionante a tierras indómitas y hostiles. No hay un gran crimen por resolver ni una intriga por desarticular, sino una colección de tareas de limpieza, tardes de bordado, obras de teatro y bailes de salón. Ni siquiera hay un álgido intercambio de repartées a-la Jane Austen, ni un pasado de secretos traumáticos como le gustaba a Charlotte Brontë.

Salvo unos astutos cambios en la línea de tiempo, la película de Gerwig sigue al pie de la letra la novela de Louise May Alcott. Y así lamentaba el fan de Dom Toretto en el asiento al lado mío: «En esta película no pasa nada». Pero ahí, amigo desconocido, diferimos enormemente. Lo que atesoraba de Mujercitas en esa primera lectura era lo valioso que parecía ese pequeño mundo de amiguitas, oficios caseros, pasos playeros y lecciones para ser hija y mujer. Por supuesto que Mujercitas suena como una pesadilla feminista, pero el punto de la novela no está en la celebración del machismo opresor y matrifocal.

Louise May Alcott escribió esta obra semibiográfica para representar las redes de solidaridad y soporte que las mujeres, confinadas a la maternidad y al matrimonio, debían formar entre ellas para alcanzarse sueños, metas y necesidades. La autora estadounidense prescinde de las ya trilladas narrativas del adulterio emancipador y la hembra mercenaria para dignificar algo más fuerte: la sororidad.

El afecto puro y sincero que rodea a las niñas March, con sus pleitos, berrinches y travesuras, es la mejor representación de una cultura feminista constructiva, una que no excluye, sino que empodera y resguarda. Meg, Jo, Beth y Amy me enseñaron que el valor de una mujer no estaba en su maternidad o en su dote, sino en su coraje, determinación y desprendimiento.

El amor de las hermanas March no es una escuela para romance, sino para vivir un feminismo inclusivo. Y en un mundo donde cada vez encuentro más grupos de odio antinatalista, chistes sobre mamás luchonas y frecuentes intercambios de la palabra puta, siento que probablemente necesitamos más limas confitadas que paredes con grafiti.

Por supuesto que tenemos una gran ruta por recorrer en materia de igualdad de derechos: las injusticias socioeconómicas y la violencia intrusiva que enfrentamos demandan un nuevo orden mundial. Pero lo que quizá hemos olvidado en esas anticuadas Mujercitas es el amor seguro y considerado que las mujeres formamos cuando no existen etiquetas para las gordas, las estúpidas, las zorras, las creídas, las mantenidas, las santurronas, las ridículas o las intensas.

Algunas de nosotras probablemente no tenemos latas de aerosol y pasamontañas, pero sí la capacidad de empoderarnos con nuestras hermanas, aun en esos aburridos días de lecturas y charlas de salón. Tal como le repite una crecida Amy a Jo hacia el desenlace: «El momento en que escribes sobre estas cosas es el momento en que las vuelves importantes».

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