Shtisel, la normalidad y la condición humana_ Casi literal

Shtisel, la normalidad y la condición humana


Por GABRIELA GRAJEDA ARÉVALO | DIVERGENCIAS

Además de que está de moda bastardear a las religiones, recargarles el peso de las miserias humanas es fácil. Lo difícil es tratar de entender a cualquier ortodoxo; esas personas que nacieron con el compromiso de los ritos y bajo la sombra del pecado como guía de imperfección ineludible.


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Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalHablar de lo absurda que puede resultar una religión, mientras no se ha nacido bajo su ala, siempre tiene un dejo de superioridad impregnado. Además de que está de moda bastardear a las religiones, recargarles el peso de las miserias humanas es fácil. Lo difícil es tratar de entender a cualquier ortodoxo; esas personas que nacieron con el compromiso de los ritos y bajo la sombra del pecado como guía de imperfección ineludible.

La serie israelí Shtisel, que se centra en la vida cotidiana de una familia de judíos jaredí, se estrenó en 2013 —aunque yo la vi hasta hace un par de semanas atrás en Netflix— e irrumpió en mi vida con su estricta y aparente sencillez. Como las paredes de sus casas, desvestidas, quizá solo desprovistas de todo lo que nos han vendido como bello. Esos muebles oscuros que no llegan a viejos, más bien obsoletos. Esas faldas largas, esas pelucas extrañas y las barbas enraizadas de los hombres. Al principio cuesta entender los porqués, por ejemplo, de que una mujer no pueda mostrar su verdadero cabello.

Y es que, comparándolo con nuestras sociedades aparentemente libres y modernas, a las sociedades ultraortodoxas cuesta asociarlas con algo normal hasta que llega esa palabra como si fuera el final de una calle sin salida. ¿Qué es normal? Para ellos, que una mujer use una falda corta o que esté casada y enseñe el cabello, no solo es anormal, sino algo bajo. Los hombres se visten todos de la misma forma, como si quisieran mostrar la uniformidad de su pensamiento espiritual dentro de esa aparente simplicidad.

Shtisel te toma de la mano y te sumerge en su normalidad en su falta tecnología y en la lectura de la Torá como principio y fin de la vida circundante. Los anuncios en las paredes, y la desapasionada forma en la que se enfrentan a esos matrimonios arreglados en los que se casan como en el medioevo, te sumergen en los ojos claros de Akiva Shtisel, el personaje principal, y encarnas esa agonía de no poder hacer lo que necesitas, lo que te desborda.

Pero también encuentras pequeñas felicidades, de esas que ya no existen en mi mundo. Como el gozo de alguien ante la textura de un cuaderno nuevo, las reuniones de barrio o una llamada desde un teléfono monedero.

Uno descubre que la inocencia es un bien precioso que nuestras sociedades «normales» parecieran desechar con rapidez. Aquel que es más como niño resulta también mucho más auténtico; esa gente que de alguna manera se quedó detenida en el espacio —de esos pocos que existen en este mundo— y logran disfrutar de las espontaneidades de la vida con menos preguntas retóricas.

Entonces luchas junto a Kive, sientes esa inconformidad que nace desde sus entrañas como un grito que se quedó ahogado por encontrar su voz. Luchas por defender su arte y comprendes que «poder» muchas veces no viene derivado de «hacer», sino de ir en contra.

¿Cómo podemos ir en contra de lo que está establecido como normal?

Dicen que los artistas desbaratan la normalidad y la moldean a su antojo. No en vano muchos se han adelantado a dicha norma y la han hecho suya siglos adelante, cuando en su mayoría fueron despreciados. Akiva Shtisel intenta acoplarse a una normalidad que le aprieta y que entra en conflicto con sus deseos porque en su mundo no es indigno que un par de primos se casen, pero es un descalabro que un hombre adulto solamente quiera dedicarse a pintar.

Debo decir que son todas esas palabras que nunca se dijeron las que más me cautivaron en Shtisel, serie que yo catalogaría de altísimo nivel. Esas que se quedaron en los ojos, en los gestos, en la forma de caminar y en todos esos silencios. Pero cabe destacar que más allá de religiones y ritos está la condición humana, esa que es la misma en todos lados aunque quiera vestirse de superioridad moral, religiosa o intelectual.

El amor, la mezquindad, la infidelidad, el machismo, la envidia y la incomprensión son lo mismo aquí y allá. Las mujeres aun seguimos luchando por el respeto y la igualdad y por eso el dolor de Gitti Shtisel nos inflama. La lucha por encontrar el camino correcto, por sobrevivir a pesar de lo que ya se fue y no va a regresar. La lucha por separar lo que vale de lo que no.

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