Matricidios (III): Mujer y masa

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No se trata de que la poesía escrita por mujeres evite hablar sobre los problemas sociales. Este es un tópico que se extiende hasta nuestros días entre quienes critican la literatura femenina desde la ignorancia patriarcal, que pretenden excluir a la mujer de la toma de decisiones políticas, asignándole un rol puramente decorativo. Decir que la poesía femenina habla solamente del paisaje, el amor, la familia, o el sexo, es excluir las reivindicaciones de género de las distintas agendas políticas, tanto de izquierda como de derecha.

Poemas como los de Magdalena Spínola, Luz Méndez de la Vega, Delia Quiñónez o Isabel de los Ángeles Ruano nos muestran un profundo compromiso social. Sin embargo, debemos recordar entonces a las mártires: Irma Flaquer, Rogelia Cruz, Alaíde Foppa y tantas otras que se integraron a las reivindicaciones políticas, pagando con sus vidas por creer en una revolución que no era solamente por el cambio en los roles de género.

Ana María Rodas publica en 1973  Poemas de la Izquierda erótica, libro en el que además de su rechazo frontal a los roles tradicionales de la mujer, debiéramos leer una denuncia contra los conservadores que podían llegar a ser los “revolucionarios” al negarse a integrar a su proyecto las reivindicaciones de género: “Dijeron que un poema/ debía ser menos personal/ que hablar de tú o de yo/ es cosa de mujeres/ que no es serio// Por suerte o por desgracia/ todavía hago lo que quiero.// Quizá algún día utilice otros métodos/ y hable en abstracto./ Ahora sólo sé que si se dice algo/ debe ser sobre tema conocido.// Yo solo soy sincera, —y ya es bastante—/ hablando de mis propias miserias y alegrías/ puedo contar que me gustan las fresas/ por ejemplo/ y que algunas personas/ me caen mal por hipócritas/ por crueles/ o simplemente porque son estúpidas./ Que no pedí vivir/ y morir no es algo que me atraiga.

La postura oficial de la izquierda —y esto no solamente en Guatemala— fue asignar a la mujer los roles tradicionales, proteger sus derechos laborales, la seguridad materno-infantil y el derecho a la educación. Aunque de fondo el plan era continuar con la idea patriarcal de familia, continuándose con las sanciones morales a la expresión sexual de la mujer y la limitación de su participación política.

El feminismo pasó a ser considerado entonces como potencialmente peligroso, no solamente por atentar contra las bases de la sociedad, sino porque era un movimiento gestado por mujeres “resentidas” de la “burguesía”. Tal fue el caso de Irma Flaquer y Alaíde Foppa, ¿pero acaso era posible que las “proletarias” analfabetas, rodeadas de hijos y bajo control de la iglesia, la policía y el esposo tuviesen lugar y tiempo para plantear estas cuestiones? El problema llegó a ser mucho más serio que una simple discusión interna dentro de los frentes revolucionarios. Hoy sabemos que las mujeres que fueron capturadas, torturadas y desaparecidas por la represión estatal en realidad fueron traicionadas por sus camaradas. Y sí, ciertamente las sobrevivientes cuentan entre quienes tenían los recursos, o los lazos sociales para poder escapar.

Es así como por medio de estos dos frentes que irónicamente no trabajaban juntos, el conservaturismo prácticamente consigue su objetivo: por un lado, desvirtuar el feminismo, y por otro, escindir su discurso, separando la exigencia de derechos sexuales del clamor por justicia en las luchas populares.

Sin embargo, esto no siempre fue así. Luz Méndez de La Vega, cuyo lugar en el periodismo y la sociedad guatemalteca tampoco garantizaban su seguridad, nos dice indignada, a través del Diario La Hora, algo sobre la masacre de Panzós en 1979: “Panzós devorando distancias/ Vía satélite, televisión o radios/ Panzós en la primera plana/ de los diarios y en los/ informes diplomáticos// Panzós en los debates/ sobre derechos humanos// Panzós en la denuncia/ de amnistía internacional/ y como punto de agenda/ en las conferencias mundiales.// Panzós en las indignadas protestas/de discursos y proclamas/ y en las explicaciones/ de los informes oficiales.// Pero… ¿Panzós?/ El del rancho abandonado/ El del tapexco de la india solitaria/ El del azadón y el machete inusados/ El de la tierra y milpa usurpadas/ El de las lágrimas/ De mujeres y huérfanos en desamparo// Panzós, el panzós de la masacre/ Después de todo aquello/ Nada nada nada!!!

Así también Margarita Carrera, catedrática por esos años, publica Del noveno círculo y Poemas de sangre y alba en los que denuncia las persecuciones de que eran objeto los estudiantes y docentes en la Universidad de San Carlos: “Huele a sangre/ a muerte/ una sombra derrotada/ corre por el campo/ desde su altura/ lloran los árboles/ Alzó los ojos…/ Y era tarde”.

Claro, no cualquiera decía ese tipo de cosas y continuaba vivo. Delia Quiñónez, licenciada en Letras por la Universidad del Valle, jefa del departamento de Letras en la Dirección General de Bellas Artes, publica en 1970 con el grupo Nuevo Signo su poema titulado “La Visita del Maniquí”, en el que expresa la cólera y desprecio que producía en ella la guerra interna: “Dos hombres abatidos intercambian rencores/ su esperanza se nutre de años-luz/ inalcanzable/ sin medición posible/ en esa angustia sin límites/ donde no caben los cuentos de hadas/ la fantasía sensual/ o el ritmo acomodante de las palabras gastadas.// Hoy los visita el Maniquí/ su fría certidumbre/ hace temblar las lágrimas/ y el túetano de sus huesos./ Modernos Ulises/ escuchan el canto de sirena./ El maniquí llamea./ Es fuego sobre sus corazones inermes./ Y caerán Abatidos./La enajenación devora/ la breve chispa de luz de sus ojos dormidos.”

Y es que también en 1970 Roberto Obregón, uno de los integrantes más comprometidos de Nuevo Sígno, fue secuestrado por el ejército mientras volvía de un intercambio con escritores salvadoreños. Este grupo de sobrevivientes es quizá uno de los referentes más fieles de la valentía con que se refirió al clima de temor, manifestando de su rechazo a la injusticia y la esperanza de cambio que los motivaba.

Ejemplo de esta sobrevivencia adolorida es María Isabel de los Ángeles Ruano, que si bien es cierto, fue incluida en la antología Las nueve musas del parnaso guatemalteco, es más conocida como personaje que como escritora. Su obra de juventud, publicada en el libro Cariátides mereció un prólogo de León Felipe y en ella expresa su fe en el futuro, la esperanza de una época mejor que según el discurso revolucionario se estaba construyendo. Esa esperanza se ve opacada con el asesinato de Rogelia Cruz, activista guerrillera secuestrada por el ejército; es María Isabel quien dirige su denuncia hacia los compañeros de combate: “Nadie abrió la boca/ nadie dijo nada/ Y ese silencio, hermanos/ nos ha vuelto culpables./ Nos quedamos callados/ ni una protesta/ ni una sola palabra/ se pronunciaron/ Nada se dijo/ y todos fuimos cómplices/ de los canallas.” (El Silencio Cerrado). Quizá por este tono tan confrontativo y también porque empezó a padecer trastornos mentales en 1980, su obra permaneció invisibilizada hasta el año 2001, cuando le fue concedido el Premio Nacional de Literatura; Su poesía actual es un eco petrificado en las calles y avenidas de la Ciudad de Guatemala: “Perdida estación ulular loco de los trenes/ es un viaje al pasado ese gritar de las locomotoras.// Todos teníamos una respuesta en la lengua/ todos íbamos sobre rieles oxidados/ en los viejos vagones deslucidos y amarillos/ y había en el día soles sin porvenir/dolores aullantes/ dolores desgarrados/ dolores como el humo de los trenes/profundo e intenso itinerario/ perdiéndose en la noche/ perdiéndose en chirriar de lejanos convoyes/ carriles en sombras/ casas derruidas/ sueños destrozados/ andenes poblados de gritos y recuerdos,/ escombros de aquél tiempo/ sueños vagando en ruinas desquiciadas/ derruida armazón/de esta estación en penumbra/ llena de viejas máquinas/ descompuestas y vacías/ desteñidas y abandonadas” (Itinerario Salvaje).

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