El tiempo y su autofagia


Por DAVID CRUZ | LABERINTO DE BONSÁIS

Si hasta cuando uno lee una historia de ficción, escucha una canción, mira una obra de teatro o analiza una pintura puede encontrar la falta de honestidad del artista, ahora imaginemos en una opinión de la vida real.


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David Cruz_ Perfil Casi literalTodos somos maratonistas sin saberlo. Por nuestro cerebro corre la urgencia y a cambio no esperamos ni reconocimiento ni medalla. La prisa es la herramienta para desafiar el tiempo que se fuga sin esperarnos.

Nuestro cuerpo es un universo en el que nacen, habitan y mueren organismos a los que ni siquiera les damos las gracias: 50 millones de células epidérmicas por día o poco más de 100 millones de bacterias por centímetro cúbico de saliva. El cuerpo que fuimos hace un año ya no existe.

Yoshinori Ohsumi, científico japonés, incluso fue más allá e hizo grandes descubrimientos sobre la autofagia, esa capacidad de degradación y, a su vez, de reciclaje de los componentes celulares del organismo. Podemos traducirlo como «comerse a uno mismo», o más exactamente, las células se comen a sí mismas.

Eso es a nivel corporal. Ahora reflexionemos sobre lo intangible como la mente, como los pensamientos: estos llegan y desaparecen a velocidades físicamente incalculables. Otras veces, cuando intentamos recordar, más bien se ocultan como si fueran viejos ficheros de una biblioteca, y abrimos los cajones equivocados hasta dar con el correcto para traer a flote algo pasado.

En la añeja «Era de la información» parecemos discos duros obsoletos. Cada día escuchamos que un robot estadounidense aprende a jugar ajedrez en cuatro horas y emplea movimientos que ningún humano reconoce; o que un robot ruso pinta como Monet pero si los cuadros no le quedan perfectos los destruye.

Si nos comparamos con esos ejemplos de inteligencia artificial quizá se justifique la urgencia humana, pero somos seres orgánicos analógicos y nos enfocamos tanto en la rapidez que sobrevaloramos la lentitud y la concentración como si fuera una discapacidad. Miramos el teléfono a cada instante, casi en un acto esquizofrénico, convertido en una caja de Pandora de distracciones. Desfilan notificaciones, emails, música, videos, reportajes, series… Según se estima, un 90% de toda la información que recibimos es basura, parafraseando al británico Theodore Sturgeon.

Entonces ¿en qué momento nos sentamos a reflexionar sobre nosotros mismos o sobre el entorno social donde parece que los medios de comunicación y los políticos nos miran como tontos? Al mirar los comentarios en redes sociales parece una batalla campal entre bandos: unos creen ser inclusivos y otros retrógrados. Lo único que sí podemos afirmar es que todos son intolerantes con el criterio del otro. Nuestros comentarios, sin pensar, terminan siendo el carbón que alimenta las Fake News. ¿Cuántas veces se investiga antes de comentar?

Si uno compara la vida con el arte o la ciencia puede distinguir cómo estas tienden a desacelerar la anterior y ese es el mejor antídoto para la creación. Leonardo Da Vinci estudiaba durante horas el movimiento de las aves para tratar de imitar el vuelo; pasarían algunos siglos antes de que otros lo lograran, pero él llegó a imaginarlo. Georges Perec, el magistral y pretencioso escritor francés, se sentaba en una calle parisina a escribir todo lo observado en Tentative d’épuisement d’un lieu parisien. Le impresionaba que cada segundo no fuera la misma escena —en esos instantes de asombro creo que olvidaba lo pretencioso—, como si las imágenes, los pensamientos y las reflexiones fueran huellas digitales del tiempo que jamás volverá a repetirse.

Pienso en Yuval Noah Harari cuando habla de la disposición a admitir la ignorancia: «las cosas que pensamos que sabemos son erróneas a medida que obtenemos más conocimiento». Pienso también en el arte: si hasta cuando uno lee una historia de ficción, escucha una canción, mira una obra de teatro o analiza una pintura puede encontrar la falta de honestidad del artista, ahora imaginemos en una opinión de la vida real.

El mundo es una carrera solitaria donde muchos intentan impresionar a los demás sin impresionarse a sí mismos. Solo queda hacerle caso a la intuición como mecanismo de sobrevivencia, preguntarnos para quién corremos, ¿para el mundo o para nosotros mismos? Creo que en la lentitud está el pensar antes de decir o crear.

La mente va de fichero en fichero sin encontrar la medalla, sin saber la velocidad de los pensamientos, sin entender que lo bello es lo efímero. Por eso la voz de Edith Piaf tenía que apagarse, los versos de Blanca Varela tenían que dejarse de escribir o los sueños del niño-adulto de Carl Sagan debían acabarse. La clave está en reflexionar antes de tomar el papel o el lienzo en blanco, lo que decimos luego de que los pensamientos se coman a sí mismos como las células del cuerpo lo hacen para depurarse.

¿Quién es David Cruz?


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