El Borges de Vargas Llosa


Por JAVIER PAYERAS | INTERZONAS

Una cualidad que siempre he admirado de Mario Vargas Llosa es su enorme capacidad para transmitir sus amores y odios, sus codependencias reflexivas y las consecuencias de las mismas. Su sinceridad es parte vital de su estilo, algo que le hace en momentos hostilmente sabio o ingenuamente peyorativo.


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Javier Payeras_ Perfil Casi literal_No es fácil pasar por alto un título como Medio siglo con Borges cuando uno ha vivido media vida atento al autor más celebrado, peor imitado y más perforado por la crítica posmoderna.

Decir «Jorge Luis Borges» termina adscribiendo a quien lo cite en una suerte de nomenclatura aspiracional y cultureta, o, cuando menos, en un relamido generador de códigos literarios que se suponen borgeanos por el simple hecho de acercarse a los laberintos, espejos, sueños o metafísicas dentro de un esnobismo ingenuo y participativo. Mario Vargas Llosa retoma casetes con entrevistas añejas y las transcribe apuntando varias reflexiones acerca del gélido streaming del presente.

Una cualidad que siempre he admirado de Vargas Llosa es su enorme capacidad para transmitir sus amores y odios, sus codependencias reflexivas y las consecuencias de las mismas. Su sinceridad es parte vital de su estilo, algo que le hace en momentos hostilmente sabio o ingenuamente peyorativo.

Medio siglo con Borges, publicado por Alfaguara en plena pandemia mundial —algo que ameritaría el colofón «Año Mundial del Encierro» en su última página— es un ejemplo de cómo la percepción de un autor va creciendo o disminuyendo en nosotros según el paso del tiempo. Sus visiones abarcan visitas a su casa, entrevistas, comparaciones y notas al pie de página en los libros a los que fue volviendo. Su prosa es antiborgeana, sonriente, coloquial y nos deja con la sensación de no tener más ambición que conversar acerca de un autor que admira, pero con el que no tiene nada en común.

Suprimiendo un terrible poema que incluye al inicio, Vargas Llosa entra directo en la vena cuando describe la vida austera de Borges dentro de una casa cancerada por la humedad, con breves menciones a sus escasos libros colocados en una esquina y la cama «de niño» en la que duerme. Luego retrata al personaje, subrayando la paciencia con que recibe a sus entrevistadores para luego dejarlos convencidos de que no son más que principiantes.

Hay apuntes en este libro que abarcan una ternura inédita, el tema de su relación con María Kodama o la presencia constante de un gato llamado Beppo. Por otro lado, el autor desnuda algunos aspectos que muchos lectores hemos aceptado en silencio; plantea esa añoranza que, a falta de una raíz cultural profunda, sintoniza mal en la Argentina de las migraciones y los parentescos enraizados en Europa esta celebración de parientes pobres que a veces se vuelve superficial e innecesaria.

Quizá el aporte más interesante que encuentro en Vargas Llosa sea que existen obras sedimentadas en un conocimiento muy profundo de la teología, de la metafísica o de innumerables narrativas, pero que también hay escritoras y escritores que pueden pasarse la vida en el taller de los buenos relatos sin tener nada en la cabeza más que su experiencia y sus pasiones.

Puede que dentro del espacio literario actual —redundante de sexo, neo-moralismo sectario, oportunismo ideológico, obsolescencia programada y prosistas que se arrodillan ante las series de televisión— visitar esas viejas literaturas borgeanas sea mucho más interesante que adentrarse en nuestro fastidiado presente lleno de emergencias literarias y condenado a la inmortalidad del olvido.

Medio siglo con Borges_ Cover_ Casi literal

[Foto de portada del artículo: Levan Ramishvili]

[Foto de cover: Penguin Random House]

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