Hasta siempre, Warren Lee

Hasta siempre, Warren Lee


Por ELIZABETH JIMÉNEZ NÚÑEZ | LA PALABRA CARMESÍ

Qué difícil sostenerse en las memorias, no poder escribirte un mensajito, no poder planear algún encuentro y decir a lo unísono: «Cuando todo esto termine».


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Elizabeth Jiménez Núñez_ perfil Casi literalTe conocí, Warren Lee, una noche de no recuerdo qué mes. Llegué a la Biblioteca Nacional de Costa Rica, Paseo de las Damas en el Carmen de San José. Yolanda Bertozzi, abogada, escritora y gran amiga en las letras me comentó sobre lo que estabas haciendo.

Ese día leíste uno de tus cuentos con esa voz característica, algo ronqueta, con un halo de misterio, un cuento sobre un tipo que acaba con su vida, se tiraba de un sexto piso (creo). Te vi, un hombre alto, de apariencia saludable, un tipo alegre que siempre o casi siempre llevaba su gorra puesta. Al finalizar la actividad Yola nos presentó, me contaste que habías creado el grupo Voces de la Prosa Nacional. Intercambiamos correos electrónicos y números de teléfono y quedé en enviarte algo de mi trabajo literario. A partir de ese momento comenzó un camino en el que nos vimos muchas veces, en muchísimos lugares.

En el momento que inicié con lecturas de mis textos lo hice de manera insegura, tímida y un tanto torpe. Recuerdo que me dijiste que uno con el tiempo mejoraba la lectura en voz alta. La primera vez que me enfrenté al micrófono tenía mucha ansiedad, la incertidumbre de no saber cómo hacerlo. Para ese día me tocó leer con otros escritores y escritoras, algunos ya consagrados que además de escritores tenían las artes dramáticas provenientes de la academia.

A mi lado estaba otro escritor, Marco Cañizales, quien me sugirió tomar el micrófono dejando cuatro dedos de distancia para que los participantes me escucharan mejor. Al finalizar nos quedamos un rato, todos juntos, compartiendo: Rodrigo Durán Bunster, Arabella Salaverry, Marco Cañizales, Indiana Vergnani, Andrey Araya, Andrey Sequeira y algunos otros nombres que quizá se me escapan de aquella tarde.

Era la primera vez que leía en público y que además me daban algo de comer y de tomar de cortesía por escribir sin ser escritora. O al menos, sin tener un libro publicado para aquel momento. Porque no me sentía escritora, me sentí muy rara.

El tiempo fue pasando, vinieron más y más presentaciones, no sé cómo hiciste para reunir a tantas personas del medio artístico costarricense, muchas que no se habían visto, otras que no se habían conocido jamás. Fue una rareza que venía de un tipo como vos, también raro. Quienes te seguimos en el camino, apoyándote mientras nos apoyabas (no me dejarían mentir) siempre supimos que hubo un empuje indescriptible que te hizo merecedor de un título pocas veces usado de manera correcta, quizá un gestor cultural, pero más allá de la gestión, lograste abrirle camino a la prosa nacional produciendo lo que nunca antes se había producido: la lectura en voz alta de la prosa (y no solo de la poesía costarricense).

Lograste que el escritor leyera fragmentos de su obra, un reconocimiento palpable para sí. Leímos en bares, en teatros y en centros comerciales; desde los lugares más comunes y ruidosos hasta los más serios como La Biblioteca Nacional o El Teatro Nacional de Costa Rica. También llegaste a los hospitales.

Pasamos tantos y tantas por las Voces de la Prosa Nacional, que uniste a los escritores consagrados con los que todavía estábamos en la búsqueda de un lugar, si es que eso existió alguna vez. Todavía recuerdo cuando muy intrigada le pregunté a Yolanda Bertozzi por vos: «¿Qué hace Warren Lee, además de esto; de dónde salió este señor?». Esto se lo preguntaba mientras estábamos guareciéndonos del agua; sí, del agua.

Resultó que mientras leíamos en un centro comercial el agua torrencial empezó a inundar el espacio. Ahí estábamos Manuel Delgado, María José Yglesias, Yes Maio, Yolanda, vos y yo. Te fuiste antes por algún asunto y entonces Yola me contestó: «Warren alias Pericles Ábalos estaba en un grupo de poesía, luego enfermó de cáncer y cambió radicalmente su vida y ahora está en este patín».

Nunca pregunté nada más, nunca te pregunté nada más. ¿Te acordás cuando nos sentamos en la barra de Jazz Café Escazú mientras llegaban los demás escritores? Nos tomamos una cerveza. Siempre fuiste observador, intuitivo y misterioso. Hablamos de lo importante que era sacar a la prosa de los libros, dejarla en la boca de sus autores, darle ese sentido más allá del anaquel de biblioteca. Ese día leímos varios —se me escapan algunos—, entre ellos Roxana Castro, Anacristina Rossi, Esteban Mata, Joyce Zürcher, vos y yo.

Umberto Eco, en su libro A hombros de gigantes, nos dice que el fuego se presenta de inmediato como instrumento de transformación y cuando se desea que algo cambie se apela al fuego; impedir que se apague. El fuego exige de nosotros un cuidado similar al que requiere un recién nacido; en el fuego se pone en evidencia las contradicciones fundamentales de nuestra vida. Es elemento que da vida y que da muerte.

Creo que durante el tiempo que nos acompañaste fuiste ese fuego del que Umberto eco habló. Transformaste la prosa y uniste a un montón de seres dispersos que logramos darles sentido a nuestras propias creaciones más allá del acto creador no acabado, pudiendo mejorarse con la repetición o al menos desarrollarse más. Porque al leernos en voz alta pudimos dignificar una y otra vez nuestra voz siempre silenciosa, siempre en volumen bajo en un país donde la literatura se sostenía y se sostiene de estructuras débiles que penden siempre de ciertos hilos.

Qué difícil sostenerse en las memorias, no poder escribirte un mensajito, no poder planear algún encuentro y decir a lo unísono: «Cuando todo esto termine». Todavía tengo aquella imagen, ¿te acordás? Aquella presentación lindísima en la Biblioteca Nacional. Estábamos varios, entre ellos nada más y nada menos que Lara Ríos, Yves De La Goublaye y algunos otros y otras escritoras que hicieron de aquella noche una maravillosa velada.

Siempre estuviste de verso, pluma y flor en cada presentación. Lograste incluso que la lectura de la prosa llegara al foyer del Teatro Nacional. En una ocasión fue con la puesta en escena del Sueño de una noche de verano de Shakespeare. Tenías un ingenio y también un genio especial.

Gracias a Voces de la Prosa Nacional empecé a leer con más seguridad. Conocí a Yes Maio, una argentina maravillosa que no solo escribía de manera impecable sino que también cantaba milongas con todo el peso de su sangre argentina; a María José Yglesias, quien hoy es más que una hermana; a Marco Cañizales, Gonzalo Castellón, Gonzalo Páez Montalbán, Roxana Castro, Geovanny de Sosa, Max Soto, Marieta Oviedo, Rodolfo González, Héctor Gamboa, Abril Gordienko, Dorelia Barahona, María Pérez Yglesias, Mimi Prado, Aida Fishman, Anacristina Rossi, Andrey Araya, Yes Maio, David Monge y Esteban Mata, entre otros escritores.

En fin, podría seguir porque fueron muchos los que pasamos por tu gestión y por tu abrazo. Seguro se me escapan muchos nombres. Hiciste una antología con Editorial Letra Maya, ahí están muchos de los escritores y las escritoras que estuvieron por tus presentaciones. Emilia Fallas —la editora— puede dar fe del empuje que tuviste, la fortaleza de sacar adelante una empresa donde quizá casi nadie habría querido meter la nariz para apoyar, para mover, para organizar una antología. Tu aporte quedó como prueba de tu esfuerzo.

¿Te acordás cuando nos peleamos? Sí, era el aniversario de las Voces de la Prosa Nacional y yo te hice un par de sugerencias y nos agarramos del moño, cancelaste la actividad, el tiempo pasó y nos volvimos a encontrar. Siempre te estimé muchísimo, admiré tu entrega, tu espíritu de lucha, la manera desinteresada en la que acogiste un proyecto así, dignificándonos como escritores, sobre todo en tiempos donde apostar por la literatura podría resultar algo disparatado y poco sensato.

Nuestro último encuentro fue en la Facultad de Música de la Universidad de Costa Rica. Nos recibió María Marta López, nada más y nada menos que la soprano fabulosa, la que ponía los pelos de punta cuando abría la boca; pero en esa ocasión nos recibía en calidad de profesora. Sus alumnos agudos y observadores en aquel momento calificaron varios aspectos de nuestras voces. Participaste como autor. Recuerdo que los alumnos de María Marta nos dieron durísimo y María Marta puso en la pizarra todos los errores de nuestros escritos que iban señalando los estudiantes de música. Al finalizar la actividad caminamos por el campus de la Universidad de Costa Rica con otro de los autores (ahora se me escapa su nombre), y hablamos, de todo y de nada.

Llevaste la prosa donde las bibliotecas no pueden entrar. Reestructuraste el rol del que escribe para darle voz abierta, sonora y colorida. Despertaste de un lugar raro sin decir mucho, pero haciéndolo todo por un gremio fragmentado, egoísta y disperso. A mí me diste muchísimo y no me caben las palabras para agradecerte. Nos dijiste a algunos que estarías de viaje, el viaje sin retorno. No lo supe, quizá era mejor no saberlo, fingir que la muerte estaba más próxima a la despedida me habría puesto muy triste.

Umberto Eco, entonces, mi querido Peri, nos dice que «siendo seres contingentes y, por tanto, destinados a morir, tenemos una desesperada necesidad de pensar que podemos anclarnos a algo que no perezca, a algo absoluto. En lo absoluto nos identificamos con Dios, somos parte de algo que todavía no se ha realizado plenamente: proceso, desarrollo, crecimiento infinito e infinita autodefinición».

Gracias por tanto y espero que, estés donde estés, tengás un espacio en la creación pictórica de Gaetano Previati, La creación de la luz (1913) porque creaste luz más allá de las tinieblas, más allá del egoísmo, más allá del silencio. Hiciste mucho por el arte a través de Voces de la Prosa Nacional.

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