Pequeña crónica de China (II)_ Casi literal

Pequeña crónica de China (II)


Por EDUARDO VILLALOBOS | NO NAME

Dicen que a Marco Polo, en su lecho de muerte, le pidieron que quitara de sus historias lo que había inventado. Él respondió: «Si solo he contado la mitad de lo que verdaderamente vi». Y seguramente no se refería solo a los edificios y a los templos, sino a cierta atmósfera, a una estética que lo envuelve todo. Habíamos llegado a un territorio de maravillas. Y de eso nos dimos cuenta bastante pronto.


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Eduardo Villalobos_ perfil Casi literalPensé en la gente de hace mil años cuando estuve frente a la Gran Pagoda del Ganso Salvaje. Su imponencia grácil y esbelta recortaba el cielo y, entre la llovizna, las campanas de sus esquinas agitaban el silencio para someternos a misteriosos llamados. ¿Qué habrá pensado el viajero de aquellos siglos al presenciar semejante prodigio, al mismo tiempo adusto y majestuoso? ¿Qué emociones dormidas agitarían sus ojos? Uno, acostumbrado a las catedrales, se da cuenta ante monumentos como este que la grandeza también reside en la sencillez y la contención.

La fila para subir era interminable, así que descansamos un poco y paseamos entre las numerosas estancias del Templo de la Gracia Maternal, construido unos sesenta años antes de la primera fundación de la pagoda; es decir, en el año 589. Ahí, entre el humo del incienso, se escuchan las oraciones budistas construidas de murmullos y de ritos. Percibí entonces, debajo de amenazantes dragones que descendían del cielo, frente a curiosas escenas de la vida de Buda, cobijado por delicadas lámparas de seda o de papel; la misma intensidad y fuerza que he sentido en las comunidades ancestrales de mi tierra. Hay algo muy potente en esos rezos que son milenarios: una verdad que se asoma entre la densa calma, el fuego, la tierra y el aire, más allá de la historia.

Cuando salimos era ya mediodía y una plaza abarrotada se abrió ante nosotros. Era hora de comer y vimos a lo lejos lo que parecía un complejo comercial. Hacia allí nos dirigimos, puesto que se divisaba el cartel de lo que parecía ser un restaurante, pero al llegar la decepción fue instantánea: era un local de hamburguesas. «¿Quién viene a China para comer hamburguesas?», pensé, al divisar a dos clientes rubios frente a sendos platos de papas fritas.

Entramos en el centro comercial y descubrimos que era enorme y que contenía las mismas marcas y simulaciones de cualquier centro comercial del mundo. Era increíble cómo habíamos pasado en minutos de un recodo medieval a esta modernidad apabullante y sosa. «¿Quién viene a China a comprar un bolso Gucci?», pensé, pero esta vez ni vi a ningún rubio en la tienda que tenía a la vista sino a puros ciudadanos orientales. Salimos de ahí apresurados.

Finalmente —luego de callejear un poco sobre una avenida flanqueada por edificios gubernamentales y enormes pantallas que reproducían ad infinitum las escenas del reciente desfile por el 70 aniversario de la fundación de la República Popular— encontramos un hermoso restaurante que simulaba una elegante casa china. Ahí conocimos lo que en Occidente llaman hot pot, una olla donde se cocinan diferentes carnes y verduras.

La mesera hizo lo que pudo para explicarnos las opciones en un inglés que abarcaba unas veinte palabras y que la sonrosaba estrepitosamente. Aún hoy no podría meter mis manos al fuego y decir que pedimos carne de res. De lo que sí tengo más certeza es de los hongos y las verduras que también ordenamos. Me tomaría seguramente una entrega de esta crónica explicar este plato complejo y sutil, así que solo diré que cuando uno come un reverbero —que así también se le llama a veces en español— asiste al maravilloso rito de la construcción de una sopa.

En eso pensaba más tarde, frente a los olores más extremos del barrio musulmán (sí, hay musulmanes en China. Llegaron ahí hace siglos por la Ruta de la seda), cuando ya la noche se había instalado sobre Xi’an. Entre una multitud efervescente, mirábamos con gozo los coloridos puestos donde se vendían dulces, calamares adobados, panecillos, generosos trozos de cordero y otras viandas cuya explicación, aunque se pregunte, no hay traductor actual que logre trasladarla del chino a nuestra lengua.

Y los olores, unos olores que, de tan fuertes y desconocidos, me llegaron a producir arcadas. Yo que siempre me vanaglorié de ser un aventurero en eso de las comidas, no pude sino sentirme un poco avergonzado. Me da pena, pero debo decirlo: entre tanta novedad apenas me atreví a probar un par de dulces. Mea culpa. Haré durante mucho tiempo un acto de contrición por eso.

Cuando me tomaba fotos con Karla en ese barrio tan animado y diferente para nosotros, no solo posábamos para el lente de nuestra cámara, sino para los de las cámaras de paseantes que aprovechaban la ocasión para llevarse nuestra imagen de recuerdo. Había niños que nos señalaban, adultos que nos observaban impunemente. Entre tantas miradas, entre los olores agrios o picantes, esquivando motocicletas que nos sorteaban con velocidad y destreza, nos fuimos adentrando y perdiendo cada vez más.

Buscábamos la Gran Mezquita, pero ese día no tuvimos suerte. Poco a poco la multitud fue decreciendo. Llegamos a unas calles solitarias y decidimos volver, pero no sabíamos bien cómo. Preguntamos, pero los traductores y los gestos no producían una respuesta clara. Eso sí: muchas sonrisas. De pronto, al preguntarle a un grupo, señalaron a una mujer. Nos preguntó si necesitábamos ayuda. Fue la primera persona que encontramos en China —si no contamos a los empleados del hotel que hacían lo que podían— que hablaba un inglés entendible.

Luego de analizar nuestra situación, nos dijo que era más práctico y barato que, en lugar de regresarnos, un mototaxi nos llevara a una estación cercana del metro. Asentimos como quien no tiene otra opción, así que paró uno y negoció el precio por nosotros. Por diez yuanes por cabeza nos subimos al vehículo y emprendimos un viaje que no fue tan corto.

Ahí estábamos nosotros en un barrio que ya no era tan pintoresco, en un tuk tuk destartalado que esquivaba los charcos como si se tratara de peatones distraídos, pensando (es inevitable hacerlo cuando uno viene de donde viene) que de pronto el conductor pararía en algún callejón oscuro y nos desvalijaría. Pero no. Nos dejó con una amplia sonrisa en la entrada del metro. Tomó sus yuanes y se fue.

Media hora más tarde estábamos en la puerta de nuestro hotel, enfrente de la muralla de Xi’an. Bajo la noche, su visión era arrobadora. «¿Cómo es posible que estemos aquí?», pensé, «tan lejos de casa». Más allá unos rascacielos iluminaban el cielo recordándome que todo cambia y que aquella muralla que alguna vez había resguardado una de las ciudades más espléndidas de su época, punto culminante de la Ruta de la seda, había resistido los siglos.

Las cosas evolucionan. Para bien o para mal terminan transformándose, pero lo que las sostiene en el tiempo no solo es el caprichoso azar, sino la voluntad de aquellos que, agradecidos por una visión o por una experiencia, las conservan para la memoria de manera concreta o con la imaginación.

Dicen que a Marco Polo —famoso por sus crónicas de China— en su lecho de muerte, le pidieron que quitara de sus historias lo que había inventado. Él respondió: «Si solo he contado la mitad de lo que verdaderamente vi». Y seguramente no se refería solo a los edificios y a los templos, sino a cierta atmósfera, a una estética que lo envuelve todo. Habíamos llegado a un territorio de maravillas. Y de eso nos dimos cuenta bastante pronto.

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