Quaden Bayles, o la inesperada virtud de la ignorancia virtual_ foto de Dave Hunt_ Casi literal

Quaden Bayles, o la inesperada virtud de la ignorancia virtual


Por ANGÉLICA QUIÑONEZ | TINTA BLANCA

Es trágicamente irónico cómo funciona el ciclo de información en esta gloriosa era. Más de $400 mil dólares fueron donados a un perfil que no tiene conexión con la familia Bayles, pero que probablemente enviará a Disneylandia a un ingenioso manipulador de la ingeniería social. Supongo que necesitamos esos instantes de circo para nuestra pequeña catarsis aristotélica.


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Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Permítanme refrescar su memoria de hace dos semanas, cuando el video viral de Quaden Bayles invadió las redes sociales. Armada con su smartphone en grabación vertical, la australiana Yarraka Bayles capturó el llanto de su hijo de nueve años tras un episodio de acoso escolar a causa de su trastorno de enanismo. El niño repite varias veces su deseo de morir y la madre interpone que «estos son los efectos del bullying en un niño». El video saltó de su cuenta semiprivada de Facebook hacia múltiples perfiles de padres y madres escandalizados, suplicando que se erradique aquella conducta que muchos adultos en mi país aún califican como «bromitas, nada más».

Con el melodrama e hipocresía de ley, Quaden se hizo viral.

En cuestión de horas docenas de celebridades extendieron mensajes de apoyo al niño y poco después surgieron cuentas de recaudación destinadas a «enviar a un niño maravilloso a Disneylandia». Más de $400 mil dólares han sido donados a un perfil que no tiene conexión con la familia Bayles, pero que probablemente enviará a Disneylandia a un ingenioso manipulador de la ingeniería social.

Claro, como sucede con cualquier fenómeno digital, no tardaron en aparecer los conspiradores. Cuando ubicaron un video del niño bailando con un fajo de billetes australianos, miles de usuarios comenzaron a acusar a Quaden de ser un estafador de 18 años. Otras personas encontraron su foto en un catálogo virtual para niños actores, e incluso crearon cuentas de Instagram para respaldar sus teorías. Poco a poco, la especulación dispersó el sentimentalismo y todos volvimos a nuestras vidas. ¿Qué queda ahora? Una decena de estafadores con los bolsillos llenos, un incómodo recuerdo en Facebook y una mujer que continúa subiendo videos forzados de su hijo, acaso porque piensa que emplearlo como influencer será más rentable que enviarlo a terapia. Y así, pueblo mundial, hemos erradicado el bullying con la misma presteza que el coronavirus.

Es trágicamente irónico cómo funciona el ciclo de información en esta gloriosa era. Cada día hay un nuevo interés por erradicar, desde el carnismo hasta la gordofobia. Supongo que necesitamos esos instantes de circo para nuestra pequeña catarsis aristotélica, pero nuestras emociones no se purifican y nuestras ideas no se aclaran: más bien se perpetran.

Pienso en los noventas, cuando estudiábamos los fundamentos del Internet en el colegio y el paisaje prometía un conocimiento universal, democrático, constructivo y en constante desarrollo. Imaginaba a las personas aprendiendo idiomas o completando el catálogo de subespecies de pasálidos. Definitivamente no previmos el furor de los videos de gatos o las VSCO girls. Ingenuamente pensamos que al convertirnos cada uno en un medio creador e informativo lograríamos accionar cambios en el mundo. Y quizás deberíamos hacer las paces con eso: la Id colectiva que alimentó el superego del futuro. En la era de la información estamos cada vez más ignorantes y patéticos, menos sabios y productivos.

Cuando #TeamQuaden fue tendencia leí cientos de mensajes sobre los derechos de los niños y la importancia de la salud emocional. Vi cientos de emojis con lágrimas y corazoncitos rotos. Demasiadas personas compartieron sus palabras de aliento a un fantasma. No sé por qué imagino a estas personas sentadas en el tráfico y prendidas del teclado en su iPhone, ignorando discretamente al niño que les pide una moneda tras la ventana del auto.

[Foto de portada: Dave Hunt]

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