«Uno es migrante incluso en su propio territorio»


Por GABRIELA GRAJEDA ARÉVALO | DIVERGENCIAS

El psicólogo argentino Nicolás Fernández Garbin relató su experiencia trabajando con jóvenes refugiados de Pakistán y Kosovo en una sociedad que tiene la apertura para alojarlos.


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Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalEl psicólogo argentino Nicolás Fernández Garbin relató su experiencia trabajando con jóvenes refugiados de Pakistán y Kosovo en una sociedad que tiene la apertura para alojarlos.

Además de haber trabajado en el Hospital General Piñero en al área de salud mental desde 2013 y en el Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de Buenos Aires, Fernández Garbin trabajó en una cooperativa social en la ciudad de Trieste, Italia, encargada de alojar a menores inmigrantes de países como Pakistán, Kosovo, Albania y Bangladesh, entre otros, y compartió su experiencia para La Estrella de Panamá, dada la similar problemática en Darién.

¿Cómo fue que llegaste a Trieste y qué te llevó a trabajar en estas casas de recepción y alojo?

Me fui a Italia por razones personales y estuve ocho meses trabajando como encargado de una de las casas, coordinada y regida por esta cooperativa social que se encarga de alojar a chicos que están solos, que son menores de edad y de los cuales el Estado por ley se tiene que hacer cargo y garantizar que no tengan ninguna vulneración en sus derechos y que se cumplan por los convenios internacionales.

¿En qué rango de edad se encuentran los menores y cuáles son las condiciones en las que viven en las casas de acogida?

Tienen entre 15 y 18 años. El 99% es de sexo masculino y las condiciones en las que viven alojados —lo que me consta a mí— son las mejores. No llegué a ver maltrato o, por ejemplo, un lugar que no los quisiera alojar. Eso en Trieste no pasa, aunque no podría afirmar en el resto de Italia.

¿Cuál es la función de las casas de acogida?

El objetivo de estas casas es que puedan convertirse en ciudadanos italianos. Ellos deben aprender el idioma e insertarse en la vida cotidiana del país, pero se trabaja desde las organizaciones de derechos humanos porque son chicos que están solos y debe haber un adulto que los reciba y que los acompañe en ese proceso, ya que generalmente vienen huyendo de guerras, falta de trabajo, familias que no los pueden mantener y de la violencia. La pregunta también sería «¿qué se les ofrece?», porque la idea es no seguir con esa cadena de expulsiones a la que vienen sometidos desde su propia casa.

¿Cómo es el proceso de acogida, por ejemplo, cuando encuentran a un menor de edad?

Desde que los encuentran, inician una serie de mecanismos que se interrelacionan, por ejemplo, entidades de salud tanto gubernamentales como comunitarias que trabajan todo el tiempo en conexión. Entonces pasan por un periodo de recepción y luego los identifican. Después los aloja el Estado y los alojan a estas casas donde los chicos viven. Ellos se encargan de que tengan garantizados todos los derechos de los convenios internacionales, por lo tanto, el trabajo está supeditado al servicio social como a los tutores de los niños. Hay un listado de tutores voluntarios que rinden cuentas a la casa en donde viven y al seguro social; a la vez, los tutores también cumplen cierto rol familiar. Sin embargo, lo elemental del funcionamiento es la interrelación entre instituciones y el modo el que se resuelven los casos de una manera particular.

Cuando hablas de convenios internacionales, ¿hay alguna ley específica que regula este tipo de actividad?

Sí. La figura tipificada es la de «Menores Extranjeros No Acompañados» y está regulada en Italia desde 2017 por la ley Zampa, que establece qué comunas y municipios deben hacerse cargo de estos menores. En la región que yo estaba, ellos trabajaban con niños de la ruta de los Balcanes. Cada país debe respetar esta ley dictada por el Congreso General de la Unión Europea y, aunque lo traten distinto, siempre deben estar alineados en respetar los derechos de los niños, niñas y adolescentes.

¿Cuál es la apertura de la sociedad ante estos jóvenes extranjeros refugiados?

Trieste es un territorio bastante permeable a la interculturalidad. Es un lugar de frontera que históricamente estuvo en disputa bajo distintas soberanías, pero siempre contenido bajo una mezcla de culturas, tanto eslavas como europeas. Esta interculturalidad permitió que en la década de 1970 se desarrollara una reforma psiquiátrica muy paradigmática en cuanto a la salud mental mundial, la cual parece que tiene bastante influencia en la capacidad de recepción frente a lo diferente en relación con otros lugares. Eso permite abordar la problemática que se presenta con estos muchachos que llegan y están solos.

Entonces, ¿qué elementos, en dicha reforma psiquiátrica, llevaron a Trieste a tener más apertura como sociedad?

En Trieste, justamente la concepción del manicomio como institución de encierro, llegó a colapsar. Entonces se propuso «derribar las paredes del manicomio», tanto metafórica como literalmente, pero con una decisión política de incluir el manicomio en la vida cotidiana. De esta forma el circuito y tratamiento de salud mental debió formar parte del circuito de salud de la sociedad y la comunidad en sí; devolviendo la posibilidad a los pacientes de estar en su propio lugar con sus propias cosas y echando por tierra la estigmatización del «paciente psiquiátrico». Claro que con sus niveles, pero empiezan a suplir la lógica médica victoriana con la que se pensaba en los manicomios para convertirlos en parte del tejido social.

Me interesa ahondar más sobre lo que mencionas de «la recepción frente a lo diferente» ya que vivimos en un mundo en el que precisamente lo diferente es rechazado. En este contexto, ¿qué más podrías agregar sobre ello?

Por ejemplo, en Latinoamérica lo padecemos mucho ya que la estrategia política consiste en tomar una figura —en este caso, los migrantes— como si fuera enemiga de la posibilidad de mantener un estatus quo estable y situarla como una amenaza al bienestar común. Es ahí donde se ve el rechazo. La diferencia es que, en esta región, el rechazo no es particular porque cuando en una sociedad empieza a cobrar relevancia el rechazo, en lo cotidiano, en el transcurrir del día a día, ese rechazo empieza a tener forma de violencia. El hecho de que no pase eso en dicha región de Italia lo veo muy emparentado a la posición tanto geográfica como política y cultural, porque favorece determinada postura que aloja y recibe a comunidades diferentes.

Como profesional, ¿cuáles son las problemáticas con las que te encontraste al tratar con estos jóvenes?

Las problemáticas que se presentaron en el trabajo cotidiano como psicólogo eran de adolescentes un poco exacerbadas. Me tocó casos de mutismo selectivo, que no es la decisión de no hablar sino que, de repente, la persona se queda muda y no se sabe por qué, no hay un diagnóstico para ello. También casos de autoagresión con chicos que se cortaban los brazos. Otros con ataques de pánico, problemas de conducta y uno trabaja en función de acomodar eso teniendo en cuenta de dónde vienen, qué es lo que hacen allí; y uno se maneja a partir de la diferencia de idiomas y un montón de elementos que se ponen a jugar allí y que presentan mucha complejidad. El trabajo de uno está en poder leer de qué se trata esa complejidad y trabajar en función del entrecruce de factores propios de esa población.

¿Qué agregarías de la parte humana de esta experiencia conjugada con tu labor como psicólogo?

Que es imposible disociarla. Y es, en definitiva, el lugar al que uno apunta para resguardar las situaciones por instituciones o sociedades que rechazan. En particular con esta población, que más allá del sufrimiento sociológico, son menores de edad extranjeros. Uno es migrante incluso en su propio territorio.

¿Quién es Gabriela Grajeda Arévalo?


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