El año sin verano: el gótico en el Romanticismo


estuardo-prado_-perfil-casi-literal1816 es conocido como «el año sin verano» debido a la nube de ceniza que bloqueó el sol en toda Europa provocada por la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, un año antes. Bajas temperaturas y días lúgubres fueron el escenario de la reunión de escritores que modelaron la segunda etapa del gótico a orillas del lago Ginebra, en Suiza; específicamente en la Villa Deodati.

Allí se reunieron Lord Byron —que se encontraba allí huyendo de los problemas que había tenido en Inglaterra natal a la que nunca volvería: el abandono de su esposa, los rumores de una relación incestuosa con su medio hermana Augusta, sus poemas antipatrioticos y acusaciones de sodomía—; John Polidori, su secretario y médico de cabecera; y Percy y Mary Shelley, pareja que también llegaba huyendo de Inglaterra dado que él había abandonado a su esposa legítima y a su hijo para fugarse con Mary. También les acompañaba Claire Clairmont, medio hermana de Mary y amante de Byron. De esta reunión poco convencional surgieron dos de las más importantes obras del género gótico: Frankenstein, o el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley; y El vampiro (1819), de John Polidori.

El mal tiempo y el clima lluvioso los hizo enclaustrarse en la villa. Esto, aunado con las lecturas de Christabel (1816), de Samuel Coleridge —la primera obra de vampiros en lengua inglesa—; y de Fantasmagoriana (1812) —una antología francesa de historias alemanas de fantasmas traducida por Jean-Baptiste Benoit— inspiraron a Byron a proponerle a los presentes en la reunión escribir la historia más aterradora que pudieran concebir, dando inicio así a esas obras. Asimismo, nutrió el imaginario de los presentes la visita de Matthew Lewis, autor de El monje (1796), una de las obras más importantes de la primera etapa del gótico, plagada de pactos demoníacos y espectros.

El gótico como género literario surgió dentro del Romanticismo, movimiento que se contrapuso a la Ilustración y su predominio de la razón; es por ello su particular interés en las pasiones humanas y el exotismo. Fue con la publicación de El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, que a este género se le incluyó por vez primera el subtítulo de «Una historia gótica», utilizando el concepto de gótico como sinónimo de bárbaro. Aquella primera obra se trataba, en pocas palabras, de una novela que fusionaba el tema medieval con el terror.

El vampiro de Polidori, cuyo personaje principal es Lord Ruthven, fue la primera narración en donde se perfilaba la figura que conocemos del no-muerto y en el que se aleja del folklor europeo tradicional, donde hasta entonces un personaje, en vez de regresar de la tumba a beber la sangre de sus familiares en poblados agrícolas, se convierte en un aristócrata seductor. Cabe decir que Polidori se inspiró en Byron para la creación de Ruthven, presentando al vampiro como un ser más allá de las ataduras morales: un personaje posicionado culturalmente afuera de la sociedad, y que, al introducirse en el mundo civilizado, violenta los códigos sociales, sexuales y morales. Un ser transgresor en todo sentido dado que se encuentra más allá de la vida humana.

Este mismo perfil vampírico lo recogen posteriormente Sheridan Le Fanu en Carmilla (1872) y Bram Stoker en Drácula (1897).

Frankenstein, de Mary Shelley, narra la historia de Víctor, un personaje intrépido que quiere ir más allá de los límites humanos del conocimiento y encontrar la fórmula de la inmortalidad, llegando a crear y a darle vida a una criatura formada de distintas partes humanas. Shelley plantea aquí los mismos cuestionamientos que el Romanticismo le hace a la Ilustración en cuanto a la desconfianza ante el conocimiento científico.

Fue así como surgieron estas obras fundamentales de la literatura gótica, personajes que incluso hoy enriquecen el imaginario cultural de nuestros días. Tuvieron como origen días oscuros y lluviosos —tal como los plasma en sus pinturas William Turner— y el encuentro (¿casual?) de escritores brillantes que huyeron de sus fantasmas personales para imponer su sello en nuestras propias pesadillas.

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