Redescubriendo The Catcher in the Rye y a mi hijo

Redescubriendo The Catcher in the Rye y a mi hijo


Por JAVIER STANZIOLA | EXPULSANDO A COELHO

«Una desventaja de pensar en inglés y sentir en español es no poder ser buen crítico de «textos escritos», o por lo menos eso me enseñó mi hijo de catorce años cuando discutimos The Catcher in the Rye (o El guardián entre el centeno)».


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Javier Stanziola_ Perfil Casi literalUna desventaja de pensar en inglés y sentir en español es no poder ser buen crítico de «textos escritos», o por lo menos eso me enseñó mi hijo de catorce años cuando discutimos The Catcher in the Rye —traducido al español con el título El guardián entre el centeno— hace un par de semanas. Esta discusión sobre el clásico de J. D. Salinger tuvo varios momentos de descubrimiento para mí.

Mi hijo y sus dos papás estamos descubriéndonos nuevamente desde el COVID-19 por medio de la lectura. Cuando mi hijo llegó a nuestras vidas comenzó a escuchar en su cuna historias salidas de libros de papel; algunas en el español de su papa y otras en el inglés de la tierra donde nacieron él y su daddy. Al crecer organizábamos planes de lectura semanal, con la escogencia de los «Top 7» de la semana o la reapertura de los libros olvidados (desvergonzado robo al título del best-seller cumbre de Ruiz Zafón).

Pero cuando mi hijo llegó a los 12 años todo cambió. Una cara de vómito retroactivo al sugerir un libro antes de dormir marcó la llegada de aquel despertar de primavera. De manera altamente forzada, con el distanciamiento social hemos retomado la lectura colectiva. Esta vez nos hemos deslizado al siglo XXI con un club quincenal entre los tres, usando esa fría innovación llamada Kindle.

Las discusiones sobre los libros escogidos han brindado una cremosa pausa a las tensiones pandémicas que nos permiten hablar de temas censurados por la cotidianidad, pero las impresiones de mi hijo sobre The Catcher in the Rye han sido incómodamente reveladoras al hacerme ver que no sé leer y, por consiguiente, tampoco sé escribir. Parece ser que puedo admirar la estructura y las imágenes que evocan los textos en inglés, pero no siento nada al leerlos. Eso puede deberse a que me tocó una vida académica de más de dos décadas exclusivamente en inglés. Eso mismo contribuye que al leer textos en español solo pueda sentirlos, pero no analizarlos.

Cuando sugerí The Catcher in The Rye para el club de lectura lo hice convencido de que mi hijo se identificaría con las preocupaciones del personaje principal, Holden Caulfield, sobre las personas falsas (o phony en inglés). Pensé que este texto escrito hace más de 70 años seguiría siendo relevante en una época donde los privilegios de los que goza Holden (ser blanco en Manhattan con cierto atractivo físico y asistiendo a un exclusivo internado escolar) están siendo reexaminados. Supuse que un personaje cuya salud mental estaba afectada por su deseo de ser siempre él mismo y esperar que la gente que lo rodea hiciese lo mismo sería de interés para un adolescente explorando su identidad.

Pero no fue así.

Mi hijo podía entender todas mis descripciones frías sobre cómo J. D. Salinger logró uno de los mejores hilados de textos con los que goza la humanidad. Y no es que no entendiese lo que propone el libro. Claramente veía que se plantea que la madurez es dejar de ser tú mismo. Mi hijo exploró sin pausas que Holden pudiese representar la inocencia que siempre está perdiendo los Estados Unidos.

Sin embargo, palabras bien hiladas y conceptos claros no hacen una buena novela. Mi hijo no pudo conectarse con el personaje. Resulta que se dio cuenta de que a veces los libros pueden ser «too clever for their own good». Al poder entender y sentir estructuras de palabras, él descubrió muy rápidamente las intenciones del autor y perdió interés. «Nunca le vi la cara», concluyó mi hijo sobre el personaje principal. Y es que Salinger no cuenta la historia de Holden; él arma un sólido y frío entramado para compartir ideas de manera eficiente.

The Catcher in the Rye estuvo libre de sorpresas para un adolescente en estado eterno de descubrimiento. Y sin sorpresas no hay gozo en la lectura.

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