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La niña y los cigarros (o ¿qué celebramos el 15 de septiembre?)


Por DARÍO JOVEL | FLORILEGIO DE UNA MEMORIA ACCIDENTADA

Hasta ahora hemos fallado al intentar crear un motivo por el que valga la pena celebrar en septiembre, o que al menos dicha celebración realmente signifique algo.


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Darío Jovel_ Perfil Casi literalEn El Salvador, en un centro comercial muy reconocido del antiguo Cuscatlán, a la entrada de la «Zona de comida», una mujer siempre llegaba para repartir afiches de promocionales. Lo que casi nadie veía es que siempre llevaba una pequeña mochila rosada y a una niña con zapatos de escuela que siempre estaba sentada en una mesa o jugando.

Un día la señora dejó de llegar, pero unas cuantas calles más arriba empecé a ver a esa misma niña llevando la misma mochila rosada y vendiendo chicles y cigarros. La última vez que la vi fue en este septiembre, casi el 15. ¿Qué cosa celebramos ese día? ¿Qué justicia hacen las pulseritas que dicen «libertad»? ¿Será que en Managua hay espacio para festejar la independencia? ¿Tendrán en Tegucigalpa tiempo de hacer poemas sobre democracia? ¿En San José se llegarán a escuchar los desfiles de la Ciudad de Guatemala?

La niña se acercaba a los autos y extendía su mano junto a una caja de cigarrillos. No parece haber rastro de la mujer que solía acompañarla. Este año no habrá desfiles y ello refleja de maravilla el verdadero valor del 15 de septiembre.

En Estados Unidos el 4 de julio es una fecha en la que todos se sienten orgullosos y un espíritu patriótico abraza a una gran mayoría de ciudadanos, pero acá no es así. A veces nuestra historia parece carecer de heroísmos y detrás de la emancipación de Centroamérica no hubo grandes batallas ni discursos motivadores. De hecho, la independencia de nuestra región fue algo más parecido a un trámite burocrático que a un acto revolucionario y, hasta cierto punto, de esa forma se vive.

La niña tomó sus cosas, su sonrisa que hace días brillaba jugando entre las mesas de aquel centro comercial parecía apagada, poseedora de unos ojos huérfanos de esperanza. Ella se acabó perdiendo de la vista de los automovilistas, su imagen se alejó y todos siguieron su camino. Con las respectivas diferencias, los países de la cintura de América tienen entre sus brazos a una niña que vende cigarros o, mejor dicho, tienen lo que ella representa: una muestra de que como sociedad nos hemos fallado a nosotros mismos, que estamos lejos (unos más que otros) de alcanzar ese ideal que reposa en nuestras banderas.

Nuestra región, desde el Petén en Guatemala hasta el Darién en Panamá, está compuesta por naciones jóvenes con apenas doscientos años; mientras que otras, como Panamá, con poco más de cien y menos de cincuenta en el caso de Belice. Dos siglos no se dicen fácil, es verdad, pero en comparación a Francia, que tiene más de mil años de existencia, se podría decir que hasta hace no mucho nuestras repúblicas aún andaban en pañales.

Hasta el momento hemos fallado al intentar crear un motivo por el que valga la pena celebrar en septiembre, o que al menos dicha celebración realmente signifique algo. Pero mientras tanto, la niña que vende cigarros es un recuerdo de lo mucho que queda por hacer. Nuestras naciones, nacidas de la burocracia, siguen lejos de ser lo que sus himnos, banderas y escudos representan.

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