El arte de elegir un calzón


Por ELIZABETH JIMÉNEZ NÚÑEZ | LA PALABRA CARMESÍ

En ese recorrido, justo ahí en la intimidad, en la capa más profunda de la psique, la elección de un calzón es un acto de extrema libertad, una elección personal difuminada entre la comodidad y la elegancia, entre la composición erótica y la fuerza, la fiesta de saber que lo femenino es atravesado por un complejo sistema de emociones, válidas todas, pero sobre todo necesarias.

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Un comentario

Elizabeth Jiménez Núñez_ perfil Casi literalComprender las formas, estilos de tela y diseño de esos elementos cotidianos es, sin duda, un arte que no solo les compete a los especialistas en mercados textiles, sino que involucra un interés individual que repercute no tanto en las preferencias sino más bien en las intenciones. Dejar de hablar por un momento de tanta coyuntura política para hablar sobre el arte de elegir un calzón vale la pena. ¿Por qué no?

En el vaivén de memorias recordé alguna vez una pregunta que le hizo una compañera de viaje a otra en un aeropuerto: «Mira, [Fulanita], ¿cuántos calzones debería llevar para este viaje?» No alcance a oír la respuesta porque la señorita de la aerolínea estaba indicando la hora de abordaje. Una vez encaramada en el avión reflexioné ante la pregunta de la desconocida y se me vinieron a la cabeza las posibles respuestas: un calzón por cada día de viaje, dos por cada cuatro días de viaje, en fin…

Lo cierto es que los calzones generalmente se almacenan en cajas, gavetas o bien en espacios únicos. Supe de una señora que guardaba con recelo un calzón por cada divorcio después de sus cuatro maridos: una vez divorciada se dedicaba al ritual de la observación de lencería para matar el tiempo que no tenía. También de otras tantas que escondían los billetes en ese universo íntimo, en los espacios más inusitados.

Hay que entender la función o la intención de los calzones más allá del contexto de sus propietarias. Habrá quienes los tenga amontonados sin proceso de selección alguna. Habrá quienes atiendan a elementos propios de clasificación: forma o color según el círculo cromático: calzones de color blanco, beige, pálidos y oscuros; con diseños y/o con estampados de todo tipo; para usar a diario, para ocasiones especiales; térmicos, para dormir en días de ovulación, para descansar, para fines íntimos… En fin. Pero también habrá quienes prefieran no usarlos del todo.

En Roma, por ejemplo, las medias y las bragas tenían una historia entrecruzada: formaron parte del calceuso borceguí que cubría el pie y la pierna. Una prenda protectora. Al principio los romanos la tuvieron por atuendo de gente incivilizada, así que cuando en teatro representaban a un dios bárbaro lo vestían con bragas anchas y flotantes. También la historia reconoce a las chemises, prendas interiores a la altura del torso usadas tanto por hombres como por mujeres en la Edad Media y las cuales no se quitaban nunca.

En todo pueblo, en toda ciudad y en todo microcosmos hay tiendas de lencería grandes, medianas y pequeñas. En todas las cabezas femeninas y masculinas la lencería puede ser el objeto que incentive el reportorio erótico o provoque alguna forma de ejecución moral con fuertes juicios. Lo interesante es el acceso restringido que existe para llegarle a estos objetos.

Bastaría con adentrarse al universo femenino para entender ese objeto íntimo, secreto de nuestra vestimenta, ahí donde acontecen cosas. Hay una suerte de ruleta donde —sin recato de nuestro ciclo hormonal— flotan diferentes épocas. El calzón viejo, el usado y el nuevo. ¿Adónde van a parar tantos calzones?

En Costa Rica solemos llamar «calzones de abuelita» a las prendas íntimas, muchas veces de algodón, cuya comodidad rebasa los límites establecidos. Generalmente es un tamaño de calzón que cubre por completo el trasero y que no goza ni de encajes ni de finos diseños incómodos. Pero el nombre que se les da a esta categoría de calzones es un tanto prejuicioso ya que también habrá abuelas que sorprendan con sus cajones íntimos, algunas cuyo atrevimiento, incluso, supere el recato de los primeros años. Abuelas decididas y muy valientes, acostumbradas a desafiar los embates del tiempo con las piedras de su camino.

En ese recorrido, justo ahí en la intimidad, en la capa más profunda de la psique, la elección de un calzón es un acto de extrema libertad, una elección personal difuminada entre la comodidad y la elegancia, entre la composición erótica y la fuerza, la fiesta de saber que lo femenino es atravesado por un complejo sistema de emociones, válidas todas, pero sobre todo necesarias.

He visto mucha ropa tendida al sol en pueblos, en balcones de ciudades, en recorridos azarosos; pero los calzones se tienden en lugares más íntimos o detrás de las sábanas blancas. Será por pudor, por miedo, por decisión o por omisión. Supongo que en los pueblos los calzones se tienden en el patio de atrás y si por asomo el patio colinda con vecinos curiosos o chismosos habrá motivo de charla en la sobremesa: «¿Viste el calzón de Marujita? ¡Pobre, todo roto!», «¿Viste qué barbaridad: Perenceja usando calzones de hilo en el ocaso? ¡Una anciana tirada a chiquilla!»

Y habrá señoras viudas, mujeres jóvenes, mujeres de aquí y de allá recordando el motivo y el fin de sus elecciones. Calzones, al fin y al cabo, símbolos. Quizá solo símbolos.

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Singular: 1 comentario en “El arte de elegir un calzón”

  1. ¡Excelente, Elizabeth! Es maravilloso cómo una buena escritora puede poner «al sol» emociones, sensaciones y motivaciones. Para la próxima (y para hacer chillar un poco a las ultra-feministas)…, ¿podrías hablar de las corbatas?

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